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Acapulco; no me la compares con nada

 A mi no me vengas con Cancún; yo me planto en Acapulco a mirar como los  pelícanos se clavan en picada en busca de su almuerzo.

Irrumpo en el agua increíblemente cristalina y luego espero  la ensalada de frutas, con su correspondiente mazo de pepinos, regada con sal en lugar de azúcar.  ¿Qué más necesito? ¿Una revista, un pareo para mi mujer o un short para mí? Ni te levantes, ya llegan los vendedores playeros que por momentos atosigan, pero luego se acostumbran a verte y te traen solo lo que saben que te gusta.

Además, todo es baratísimo puesto que no está de moda. La nota que escribió Viridiana Ramírez para El Universal (GDA) no refiere a la inseguridad que terminó por hundir a Acapulco, pero todo se sabe.  Hace muchísimos años que Jhonny Wissmuller no anda por allí a las brazadas y el penúltimo que anduvo paseando músculos cinematográficos por allí, fue Sylvester Stallone, casualmente durante una de mis inolvidables visitas al lugar. Fue hace bastantes años, ya tengo síndrome de abstinencia.

Un balneario de fama universal como Acapulco se puede derrumbar porque el negocio inmobiliario cede a la tentación del narcotráfico… o porque los otros balnearios mexicanos se aprovechan de una mala fama. Aseguran que las cosas cambiaron y ahora hay seguridad, al menos en la zona turística y durante el día. De cualquier manera, antes de anotarte, preguntá en tu agencia de viajes cómo anda todo en el exacto momento en que pensás llegar.

Yo hubiera puesto aunque fuera un párrafo referido a la pesca del pez espada, , en la cual el barco no vuelve hasta que te traigas uno. Pero realmente no es lo único que se puede pescar en Acapulco.

Viridiana fue a perseguir recuerdos de la década de los 50, cuando la “pandilla” hollywoodense elegía este destino para vacacionar con todo lujo y glamour. Retro y kitsh podrían ser los adjetivos actuales de la bahía. No importa, el ambiente costeño y nostálgico sigue ahí y se resiste a morir.

Pero antes de entrar a la nota, no puedo soslayar un recuerdo personal. Hice snorkel en la Roqueta y me advirtieron que no saliera a mar abierto, por los tiburones. Andaba entonces sin noción de dónde estaba,  persiguiendo peces multicolores que parecían al alcance de la mano, cuando de pronto todos giraron 180 grados y pasaron a mi lado como una tromba.  Pensé ¡tiburón! y salí nadando tan rápido como ellos, trepé a una roca llena de mejillones y me corté por todos lados. Los expertos se reían mirándome y me instruyeron: “dentro de la bahía no hay tiburones porque aquí alimentamos a los delfines. Y cuando hay delfines, no hay tiburones vivos, los matan a todos para proteger a sus crías”. Haceme el favor de explicarle esto a los imbéciles que terminaron con nuestras toninas.

 1. JUEVES POZOLERO
En la década de los 50 nace la tradición del jueves pozolero. Desde entonces, el restaurante del Hotel Flamingos -una construcción de color betabel sobre un acantilado que sirvió como punto de reunión a la “pandilla” hollywoodense de Johnny “Tarzán” Weissmuller, John Wayne y su agente Bö Roos- rinde honor al maíz con caldo. La mejor mesa está en la terraza, con vista a la isla Roqueta. Antes de ordenar un pozole blanco o verde, se abre apetito con un jarrito de mezcal de la sierra guerrerense. El servicio es lento, aunque la espera habrá valido la pena cuando llegan los complementos del pozole: trozos de queso, chiles cuaresmeños rellenos y capeados, chicharrón, taquitos de requesón, cebolla y chiles verdes picados. Mientras, la vista se deleita con el romper de las olas y el oído con las notas de un piano en vivo. Consumo promedio por persona: 250 pesos. hotellosflamingos.com.

 

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2. LA QUEBRADA
En 1930, cuando Acapulco no figuraba como atractivo turístico, nació un juego entre muchachos. Éste consistía en lanzarse desde un acantilado a 35 metros de altura. El reto pasó de boca en boca hasta crearse la primeraAsociación de Clavadistas que este año cumplió 78 años. El espectáculo se repite cinco veces al día. El último salto (con antorchas) es a las 22:30. El nicho de laVirgen de Guadalupe marca lo más alto del salto. También tienen la opción de lanzarse desde 15 y 28 metros. Después de encomendarse, levantan los brazos y esperan a que la marea suba seis metros de altura. El sonido de la ola es su indicador. Una pirueta y en dos segundos están en el agua. Para observarlos hay dos miradores: al pie del risco y desde La Perla, el restaurante del Hotel Mirador (Plazoleta La Quebrada 74), famoso por tener la habitación en donde María Félix y Agustín Lara pasaron su luna de miel y donde él compuso María Bonita.

3. FUERTE DE SAN DIEGO
Si pudiéramos ver desde arriba su traza geométrica, apreciaríamos que tiene forma de estrella de cinco picos. En el actual barrio de Petaquillas, en el corazón del viejo Acapulco, está la fortaleza marítima más grande del Pacífico y el monumento más representativo del puerto, el Fuerte de San Diego. En 13 salas de exhibición, una de ellas ambientada como si fuera un galeón, se hace un recuento de los primeros pobladores acapulqueños, la conquista de los mares del Sur, el comercio con el Oriente, la piratería en el Pacífico, la hazaña militar de José María Morelos y Pavón y otros aspectos relevantes. Una de las piezas más importantes es un mascarón del siglo XVIII, un apache tallado en madera preciosa al que se le atribuía la magia de ser ahuyentador de los malos espíritus en los barcos. Acceso: 30 pesos. Calle Hornos s/n.

4. BOCA CHICA
Un hotel de diseño retro y arquitectura cincuentera, en Caletilla. El estilo vintage se respira por todos sus rincones, empezando por el refrigerador de acero oxidado, pero funcional, que enfría las Yolis. Todas sus habitaciones presumen un blanco impecable, con la cortina verde de la regadera que hace contraste. Los balcones con vista al mar y hamaca, la alberca de borde infinito, su pequeño malecón y los chilaquiles rojos de su restaurante compensan que los teléfonos de las habitaciones fallen y el sistema de aire acondicionado suene como locomotora. Tiene un spa y un área húmeda donde están los jacuzzis de agua caliente y fría. Aquí consienten al huésped con un bar de tequila y mezcal. También hay una tienda de ropa vintage y recorridos como el picnic, con todo y mantel de cuadritos rojos, en la Roqueta. Habitaciones desde 800 pesos por noche.www.hotel-bocachica.com

5. CALETA
Los trajes de baño con lunares y los bañadores ajustados de los hombres, al estilo “Latin Lover” fueron los primeros testigos de la belleza de Caleta, una playa de arena amarilla. Los años han pasado y su fama no se apaga, aunque en Semana Santa la veamos repleta de gente. Caleta tiene algo y es que aquí está la esencia del Acapulco viejo. Aún está la palapa del restaurante La Cabaña, donde se comen los mejores tamales retacados de cazón y se inventó el coco loco (ron, vodka, tequila, zumo de limón, crema de coco, hielo picado, limón en espiral y guirnaldas para decorar). También sigue la renta de cámaras de llanta como salvavidas, no faltan las donas de chocolate que se derriten bajo el sol, los masajes con aceite de coco y el paseo en lancha con fondo de cristal. Aquí se redescubre por qué Acapulco es el favorito de los puentes vacacionales.

6. LAS BRISAS
Desde 1957 el lujo y el glamour caracterizan a este hotel. No está en la zona del Acapulco tradicional, pero es un icono de los años 50 por ser el pionero en ofrecer habitaciones en forma de casitas con alberca privada y terraza. A lo largo de su historia ha velado los sueños de personalidades como Frank Sinatra, Rod Stewart, Morgan Freeman, Cantinflas, Kevin Costner, Madonna, John Travolta, Sylvester Stallone y otros que han plasmado sus huellas y hoy decoran sus paredes. Si hablamos de él es porque ofrece la mejor vista de la bahía, sobre todo para contemplar el atardecer desde su Bar Sunset al cual se llega en jeeps rosas. Entre cocteles va llegando el ocaso que pinta el cielo de naranjas y violetas. Para tener acceso a él hay que ser huésped o comensal de su restaurante Bellavista, también situado al borde de un acantilado y donde se come la mejor langosta de la zona.www.brisashotelonline.com

7. SILLA ACAPULCO
Fueron creadas en los 50. Artesanos buscaban un asiento especial para el calor del verano, algo que dejara pasar el aire. Entonces formaron el “cuerpo” con fierro y después lo forraron con hilos de plástico. Así nació la “silla Acapulco”, la “silla huevo” o el “satélite”, como también se le conoce. Este souvenir nos remonta al Acapulco tropical, donde los colores vivos predominan. En la calle 16 de Septiembre de la colonia Carabali, está el taller Tejidos Domínguez. Don Juan es quien tiene la mejor variedad de estas sillas que ahora también tienen forma de camastros, bancos y sillones. Todos los días se le puede encontrar tejiendo. En dos horas puede hacerte un diseño. Si quieres un camastro mecánico entonces se tardará un día entero. El costo va de 200 a 3 mil pesos. Es un precio razonable comparado con el que encontramos en las tiendas vintage, que pueden rebasar los 5 mil pesos.

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8. LANCHAS CON FONDO DE CRISTAL
“No pecamos si lo hacemos con amor”, “no hay amor más puro y más sincero que el de un lanchero” o “toda mujer bonita será traidora”, son algunas de las frases que se leen en estas lanchas, mientras uno espera paciente y otros suben con hieleras de unicel repletas de cerveza para emprender el paseo kitsch por Caleta, donde están las casas de los famosos hasta llegar al Santuario de la Virgen de los Mares.

Estas embarcaciones son comandadas por dos lancheros de piel casi mulata y con el acento costeño. Ellos amenizan el trayecto bromeando y sacando curiosidades del fondo marino. Es así como pude tener un erizo y un pulpo bebé en mis manos. Visitamos a su patrona. Venerar a la Virgen es una tarea diaria de buzos, pescadores y de turistas. La escultura original reposa sobre una roca, fue sacada después de soportar las inclemencias de la naturaleza por 44 años. Su lugar lo remplazó una nueva Virgen de Guadalupe, de casi dos metros de altura, sumergida a cinco metros. Las aguas turbias apenas permiten ver su corona. Más adelante, uno de los lancheros se lanza al mar, atrae a los peces al piso de cristal, el espectáculo es para ver cuánto soporta el hombre bajo el agua. Nunca pasa del minuto y se lleva los aplausos de los pasajeros. El trayecto de 40 minutos incluye una parada en la Roqueta. Los que quieran pueden quedarse y regresar antes de las seis de la tarde. Costo: 100 pesos por persona.


9. PADDLE SURF
Nos remontamos a los orígenes del surf. La modalidad se llama paddle surf y los peruanos fueron sus creadores. A las tablas, hechas de palma, les llamaban “caballitos de totora”. Ellos migraron a la Polinesia, donde se sofisticó la tabla. A México la trajo Gonzalo, un chilango que vivió en California. Cercano a los 50 años y con la piel tostada, todas las mañanas acomoda su camioneta a la orilla de la Playa Icacos, a un costado del Cici. Por 70 pesos renta las tablas, los remos y da lecciones de paddle. Todo consiste en levantarse sobre la tabla y remar sin que las olas te tiren. Primero te arrodillas sobre ella, la vista hacía el horizonte para agarrar equilibrio y luego empiezas a remar, sólo de un lado para no complicarte. Intentas pararte pero a la primera es imposible. Una y otra vez caerás al mar. La mejor hora para practicarlo es de 8 a 11 de la mañana, cuando el mar está calmado y parece un espejo. Gonzalo siempre va a tu lado para salvarte del porrazo. Búscalo en Facebook con el usuario, Súbete al mar.

10. ISLA ROQUETA
Si Caleta y Caletilla son las playas más conocidas y fotografiadas de Acapulco, también la Roqueta tiene su lugar. Este peñasco cubierto de abundante vegetación es la primera atracción que te ofrecen conocer en el Acapulco tradicional. La única manera de llegar es en lancha. Por unos pesos y un apretón de manos, los pescadores te llevan desde el muelle Islote, donde está el acuario Mundo Mágico. El traslado incluye una lista de chistes y piropos acapulqueños. Antes de bajar se ofrecen los boletos para esnorquelear, bucear y pasear en kayak. Cada actividad cuesta 150 pesos. También hay caminatas por los senderos para llegar al faro y a la Playa Marín, con pozas naturales para recibir los rayos del sol al desnudo. Otro clásico de la Roqueta es la burra que bebe cerveza y está al cuidado de los pescadores. Una foto con el jumento basta como souvenir. También pasan canoas vendiendo caracoles y los llaveros con agua y peces de plástico encapsulados.