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En un velero de 170 años


¿Seguir la migración de las ballenas en un velero de 170 años? Menudos placeres se da Juan Manuel Betrán y tiene el descaro de echárnoslos en cara.


Al español Juan Manuel cuando le da por viajar monta a la Negra (su motocicleta, aclaremos) y abre de par en par su su sensibilidad. Se ha ofrecido para compartir sus viajes con nosotros las veces que pueda, y esta es una de ellas.

Pero primero, unas apostillas del editor.  En 1841 Garibaldi todavía no había regresado a Italia, que era un racimo de belicosos estadillos. España atravesaba un período extrañamente pacífico, aunque no tanto. El mundo parecía inmenso y todavía no existía el sida, pero proliferaban otras pestes, fisiológicas y sociológicas, como la esclavitud y el colonialismo rabioso. Pero este velero ya surcaba los mares sin imaginar que iba a ser el más longevo de la flota con bandera española. Se lo merece, porque es bellísimo, y su impecable estado se explica por el amor que le tuvieron sus sucesivos capitanes. Toda una generación de ellos. El relato del querido amigo sale del arcón con un poco de olor a naftalina, pero es tan válido como el primer día. 

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Por Juan Manuel Beltrán
Como no podía ser de otra manera, estos paseos con la negra han empezado justo dejando a la negra en el parking del aeropuerto y saltando hasta Palma de Mallorca, puerto de amarre de un barco singular del que me enamoré en 1994 y que debe su vida al empeño de Mikel; capitán, amante, compañero y custodio  cuyo empeño nos permite seguir disfrutando de la visión de sus velas desplegadas.

Emociones de todos los tamaños; por momentos el Verdera emigra junto con las ballenas.


Rafael Verdera (1841) La magia de la palabra.

Desde 1841 navega por las aguas del Mediterráneo una tartana que se  ha enamorado del viento y de la luz, de forma que ha conseguido alimentarse de ellos para prolongar su vida gracias a la magia de las palabras a las que debe su vida. No sabemos lo que quiere decir, pero todos estaremos de acuerdo en que algo que debe ser nombrado como “falucho aparejado de místico” no puede evaporarse sin dejar huella o pudrirse en olvidados malecones de puertos sin historia.
El Rafael Verdera es el navío más antiguo que navega de forma continua y todavía hoy,  algunos afortunados, se dejan acunar en su bodega por las olas del Golfo de León y por otras aguas en las que realiza singladuras turísticas que nada tienen que ver con sus proletarios orígenes.

Nació para hacer la ruta de la sal entre Ibiza y Barcelona, trayecto que se recuerda todos los años con una regata que suele dar lugar a numerosas historias contadas en los Clubs Náuticos de toda la costa del levante español. El Rafael Verdera se apunta casi todos los años para enseñar a los navíos más jóvenes la mejor forma de dejarse llevar por los vientos que se encuentran.

Los servicios del  Verdera son contratados, a veces por una familia y en otras por grupos relativamente numerosos.

Tuve la oportunidad, hace ya demasiados años, de pisar su cubierta y oler la cera antigua que impregnaba su bodega, hoy convertida en camarote comunal donde descansar de las jornadas de sol y viento; mar y ballenas que constituyen su trabajo de hoy.

El mar es mágico, es poder, es sueño y es aventura, pero también es creación y ha creado un lenguaje que únicamente los que saben distinguir el viento que sopla con sólo escuchar lo que su piel les dice son capaces de usar con propiedad. El lenguaje del mar, de los barcos y de las rutas comerciales es un lenguaje que se debe dominar desde la vida y es imposible aprender desde los libros.

Cada término, para los privilegiados que se han iniciado, despierta un recuerdo, un momento, una ola, un viento, una luz y un paso más en su camino vital. Para los otros, para los que, con envidia, los leemos y tratamos de saber qué forma de vivir aporta la palabra, los significados se quedan en palabras que hablan de palabras, pero sin vida.

 

Envidio, con la más envidiosa de las envidias, a los que al oír cualquiera de esa palabras que yo no sé lo que significan, entornan los ojos y se dejan llevar allí donde yo no he estado y reviven un olor; un movimiento, una luz y una mirada que, saltando por la borda, quería enamorarse de un amanecer traído por los suaves alisios de Diciembre.

Las palabras del mar son conjuros que evocan vivencias, no letras ordenadas en un libro. Cuando alguien quiere ordenar sus letras en el diccionario, invocan a los céfiros y ellos borran la tinta de los libros para que sólo los hombres puedan vivir lo que las palabras recuerdan.  Si alguien quiere revivir el privilegio de navegar llevado por este maravilloso barco, que investigue las muchas posibilidades que se le ofrecen en: http://www.rafaelverdera.com/

Si consigue embarcarse que no lo cuente, por favor: creo que no podría soportar haber llevado a alguien hasta sus velas y haberme quedado yo en tierra.
Nota: Como el autor sólo sabe de mar por su pasión, que es tan grande como su desconocimiento, me permito copiar lo que otra Web de mar explica sobre el Rafael Verdera y su aparejo, que no debe ser muy sencillo de catalogar.

En el historial de la embarcación existen algunas sombras en cuanto a su aparejo original. Está documentado que fue construída en Ibiza, siendo botada el 15 de abril del año 1841. Esto lo convierte en el barco en activo más antiguo de nuestra bandera. En cuanto al aparejo, en distintos documentos de la época existen contradicciones, pues unas veces lo llaman tartana, otras falucho y también balandra. El documento más confuso es un asiento oficial que lo clasifica como un “falucho de madera aparejado de místico”, algo imposible ya que de “falucho” o de “místico” son dos maneras distintas de aparejar.