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Para no hacer papelones en Japón

Los japoneses nos tienen una enorme paciencia a los occidentales de corteses  que son, pero no está demás saber algunas cosas que los molestan.


No te creas que por haber ido a Gramado y Canela ya conocés mundo. Además de ancho y ajeno, el mundo suele ser extraño a las costumbres que tenemos asumidas como universales… y no lo son. Una palmada en la espalda dada a un británico causa mala impresión y en Egipto, juntar los dedos y sacudirlos a la italiana como diciendo «no entiendo lo que decís», allí significa «un momentito, por favor».

Dar un agradecido beso en la mejilla a una japonesa o un simple contacto físico, te lo aguantan con resignación; pero si mirás a tu alrededor, verás que todos te miran con reprobación. ¡Ni qué te digo en los países musulmanes! Hay cosas que toleran y cosas que no, por ejemplo entrar calzado en una Casa de Te hará que las geishas se abalancen para quitártelos. ¡Habrase visto tal grosería!

Acá van algunas advertencias para quien tenga la suerte y el dinero suficiente para conocer Japón, uno de los países más apasionantes del planeta. En primer lugar, mucho respeto a estos congéneres que han logrado uno de los mejores estándares de vida y que, curiosamente muestran mucha simpatía por un país pequeño y relativamente culto como el nuestro.


Las japonesas son capaces de pagar decenas de miles de dólares por un kimono y hasta mil dólares o más por un melón extraordinario, único en una cosecha. Cada uno comete dispendio con lo que le parece.

 

Los zapatos. Si te llegaran a invitar a su casa, cosa improbable por más corteses y amistosos que sean, no vayas a entrar calzado. Los zapatos se dejan junto a la puerta y junto a ella también suele haber sandalias. Con suerte, todo esto puede ocurrir en un primoroso pueblecito. El problema será encontrar alguna sandalia que corresponda con el tamaño de tus pies. Si es de mala educación ingresar calzado a un hogar, más lo es ingresar a un templo cualquiera sea la fe que allí se profese. Lo mismo ocurre en el mundo musulmán. La interdicción de zapatos se extiende en Japón a pocos  comercios y restaurantes muy tradicionales. La razón es higiénica y la única excepción es el baño. Allí te debes calzar las sandalias dedicadas a esa función. De manera que te conviene llevar zapatos fáciles de quitar y poner, pues tendrás que desprenderte de ellos varias veces al día.

Acuclillarse a lo Buda para beber te y agacharse para cumplir con las exigencias de los fluidos. Japón no es para artríticos.

Los baños. A propósito de los baños, no te asombres si mientras estás en el baño de hombres ves entrar a una limpiadora. La desnudez del hombre no tiene nada de extraordinario y algunas familias practican el baño de inmersión en colectivo. Es una oportunidad social. Con frecuencia usan cucharones de madera y con ellos se mojan fuera de la tina, para luego enjabonarse y finalmente enjuagarse, todo fuera de ella. Es probable que no encuentres inodoros con pie, elevados, fuera del hotel; los japoneses se acuclillan sabiamente para hacer sus necesidades, facilitando de esa manera el tránsito intestinal. Poca gente verás tan limpia como un japonés.

Los paraguas.
A la entrada de tiendas, algunas oficinas y toda clase de edificios públicos, verás cantidad de paraguas. Si estás saliendo y llueve, toma uno cualquiera sin problemas, son para eso. El paraguas no es un objeto personal en Japón, es una utilidad colectiva. No es que las tiendas los repongan cuando se acaban; nada de eso. Un japonés (no todos) que ve pocos paraguas en depósito, compra uno a la primera oportunidad y contribuye para que a nadie le falte.

 El subterráneo de Tokio es un buen lugar para conocer a los japoneses en su salsa. Pasan parte de su vida desplazándose entre sus hogares y el trabajo. Nunca verás a un japonés haragán.

La honestidad. En una oportunidad tomé un subterráneo dispuesto a ir hasta algún barrio fuera del circuito turístico para ver si todos los japoneses eran tan corteses como los que había visto. Bajé en una estación cualquiera y resultó ser una estación muy transitada y en la hora pico. Antes de bajar, retiré de mi escondite junto al cuerpo, un billete de cien dólares (que son de curso corriente en Tokio). Al bajar me encontré en medio de una increíble muchedumbre que pujaba por llegar a las escaleras mecánicas. Temeroso de no poder regresar (los carteles en inglés habían desaparecido varias estaciones atrás) me trepé a un murito para tratar de memorizar el escenario. De pronto, entre millares de japoneses, veo a uno que me sonríe y sacude un brazo en alto.

La posibilidad de que conociera a ese japonés era inexistente, pero, educado, respondí al saludo con la mano. Mi simpatizante redobló esfuerzos para luchar contra la corriente humana y aproximarse. Cuando llegó a mi lado me entregó dos billetes de cien dólares y cuadruplicó sus sonrisas. Perplejo llevé la mano a mi escondite y comprobé que esos doscientos se me habían caído en medio de esa marabunta. Exclamé ¡Domo arigató goxaima s’tá! Que andá a saber cómo se escribe con nuestros caracteres, pero significa ¡Muchísimas gracias! en tiempo presente, pues las fórmulas de cortesía ¡se conjugan!

 Ginza es el Rodeo Drive o la Calle 20 de Tokio; pero multiplicado por varios millones. Sin embargo, nadie te pecha. Solo ves elegancia, buena onda y si llueve, una explosión de paraguas colectivos.

Tres inclinaciones. Ningún japonés se ofenderá porque no conozcas las fórmulas de cortesía; pero es grande su gratificación cuando lo intentas aunque te equivoques… y te equivocarás. El «domo arigató» se acompaña con tres inclinaciones. No dos, que lo transforma casi en un reproche, ni cuatro que suenan a burla. Si tu interlocutor lanza una exclamación y se inclina una sola vez mientras le hablas, no te asustes. Te está indicando que está muy atento a lo que dices y muy dispuesto a colaborar con lo que necesites. Repito porque es nuestro error más frecuente, no se te ocurra saludar a una japonesa con un beso en la mejilla; la avergonzarás ante terceros.

El ingles de Tarzán
.  Si tu inglés es pésimo y tu oído confunde los chistidos y siseos, si el inglés de Missouri o el empacado británico te vuelven loco, Japón es tu lugar. Allí muchos lo hablan como vos y, curiosamente, lo pronuncian tan mal como vos, pues las vocales de ellos y las nuestras, así como los diptongos tienen sonido familiar. No tiene nada que ver con la cultura que no sepan inglés: los japoneses son tan cultos que hasta casi sin excepción tienen una idea bastante acertada de dónde queda Uruguay. Probá a preguntarle a un norteamericano o un europeo, tan cultitos ellos. Pero, además saben de todo y no les gusta presumir de lo que saben. Si sabés contar chistes te podés lucir. No conocí a ningún japonés que sepa contarlos con gracia, pero ¡cómo disfrutan nuestro estilo de humor! Si te esmerás, hasta podés colapsarlos. Luego, cada vez que te vean, estallarán en carcajadas.

El tango en Japón. Tuve la suerte de asistir a un concierto de Donato Racciatti en Hiroshima (¡mirá si hará tiempo!). Lo acompañaban dos japonesitas que eran un primor con sus kimonos, interpretando el Koto tradicional. ¿Qué quieren que les diga? Donato era un gran tipo, muy simpático y en lo que me es personal, tuvo muchísimos méritos… menos el de tocar buen tango. En el momento culminante arremetió con La Cumparsita. Las japonesitas salvaron la noche; ponían el espíritu de De Caro y la fuerza del Potrillo Zagnoli y con eso lo digo todo. Nunca había visto gente tan diferente del rioplatense tocar el tango con tanto sentimiento y con instrumentos tan exóticos para la música nuestra.

También fui a un local tanguero y hablé con el director de la orquesta, que había conocido al uruguayo Alberto Mastra y se guiaba por sus arreglos.  A los bandoneonistas les faltaba digitación, pero sabían lo que estaban tocando. Lo lastimoso era el público. Las minas disfrazadas de paicas y los tipos de gacho gris y con caras de malísimos, bailando con cortes y sin escuchar la música. Me dijeron que también hay lugares con muy buen tango y muy buen público. Pero ojo con eso de que el tango triunfa en Japón. También triunfa la música caribeña y toda la música que pueda haber en el mundo. Tokio es tan enorme que todo cabe.

Prestá atención a los recipientes, se come lo de adentro y se admira lo de afuera. ¡Mirá que son sensibles al arte los japoneses!

A los tumbos con los palitos. La intérprete me lleva a un restaurante tradicional y me recomienda lo que resultó un bello tazón con una sopa y algunos hongos y otras cosas gelatinosas  flotando. En algunos restaurantes con esa sopa te dan una cuchara de porcelana que es una obra de arte. Acá no, acá te daban palitos, primorosos, pero palitos. Los miré por si eran huecos y había que introducirlos para chupar. No señor, había que atrapar los innominados nadadores, que eran muy resbalosos. Me costó atraparlos, pero divertí de lo lindo al resto de los comensales. ¿Y la sopa? Pues, se inclina el tazón y se sorbe sin ruido. Era deliciosa, todavía recuerdo el sabor.

No les voy a dar una clase magistral de gastronomía japonesa para la que tampoco estoy preparado, pero es necesario señalar que el arte culinario también se destaca en los utensilios. ¡Si parecen alhajeros! En realidad lo que verdaderamente disfrutan los japoneses es el arroz, que no es como el nuestro sino lo suficientemente pringoso para que se adhiera a los palitos. El resto es acompañamiento para resaltar el sabor del arroz. Hay cosas muy ricas y otras cosas muy agrias, que a ellos les encantan, pero si tenés predisposición a la úlcera gástrica te puede mandar al hospital.  Japón es muy grande y tiene muchas variedades gastronómicas. La pasarás muy bien si vas a Hiroshima, donde hay unos cuantos platillos de inspiración portuguesa como la «tempura» que se come en torno a una piedra calentada donde se cocinan diversas carnes y verduras. «A la señorita tráigale un sake, pero ¿no tendrá una cerveza Patricia para mí?»

Cuidado con los jardines filosofales. Los miraste, sacaste una foto y ahora querés recuperar tus zapatos. Pero si no querés quedar mal, hacé como que reflexionás durante al menos veinte minutos.

Las casas de te. No deberías irte de Japón sin experimentar la ceremonia del té. Si tenés problema con tus articulaciones, mandate un diclofenac antes de llegar porque estarás al menos una hora acuclillado y posiblemente necesites ayuda farmacéutica. Las geishas tan menuditas, se ingenian para ponerte de pie. La casita, el parque que la rodea, las fuentes de agua y los cucharones para probarla, la fragancia de las maderas, la elegancia clásica de las japonesitas y todos sus solícitos movimientos son la cosa más extraña y maravillosa que pueda verse. No te vayas a zampar el te de una: no señor, todas te están mirando para ver si bebés un sorbo, girás la taza y das otro sorbo y así sucesivamente. La ceremonia es intrincada y repleta de protocolo, pero no te angusties, te indicarán todo a cada paso.

¿Te parece un protocolo insensato? Entonces pensá en nuestro mate, donde el cebador bebe primero, lo pasa y lo «da vuelta» en el sentido del reloj; si está frío indica desprecio hacia el invitado y así sucesivamente. Se me ocurrió contar algo de esto, intérprete mediante y las japonesas escucharon sorprendidas… pero rechazaron amablemente mi invitación a traerles el mate que me esperaba en el hotel. ¡Ah! ni se te ocurra pedir azúcar para endulzar el té, al menos durante esta ceremonia. Es como si alguien te pidiera chocolate para ponerle al mate.

Guillermo Pérez Rossel

Las fotos de este artículo las colgaron para disfrute colectivo los usuarios de http://www.blogdejapon.com/. También en este blog se pueden encontrar más interesantes informaciones sobre costumbres japonesas.