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Islas Galápagos: un paraíso en la tierra


Declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, el archipiélago que asombró al propio Darwin alberga especies de aves, peces y plantas que no se encuentran en ningún otro lugar del planeta. Ubicado a 960 kilómetros de la costa de Ecuador, representa para el viajero una experiencia inigualable.


Por Sergio Sotelo (La Nación, GDA)
El descubrimiento de las islas Galápagos está unido al nombre de fray Tomás de Berlanga, un dominico español que en 1535, y en el curso de un viaje exploratorio por los territorios recién conquistados a los incas, fue empujado con su nave hasta ese archipiélago por la fuerza caprichosa de las corrientes marinas. El episodio resultó ser en realidad un descubrimiento a medias: a partir de ese momento, las Galápagos quedaron definitivamente incorporadas en los mapas y en las cartas de navegación, pero sin que el entonces obispo de Panamá ni el resto de los navegantes que en lo sucesivo fueron llegando a las islas -corsarios y bucaneros, cazadores de ballenas y algunos cientos de colonos con ánimo depredador- se dieran verdadera cuenta de lo extraordinario del lugar.

Los detalles del otro descubrimiento, digamos el auténtico, son bastante más conocidos: el viaje que a bordo del Beagle realizó Charles Darwin alrededor del mundo, las cinco semanas que el científico inglés pasó en 1835 en ese santuario natural, el influjo definitivo que lo observado en el archipiélago tuvo en la formulación de su teoría sobre el origen de las especies…

Algo semejante a ese hallazgo en dos tiempos, aunque en una transición bastante más veloz, es lo que experimenta el visitante primerizo cuando arriba a Galápagos. En la isla de Baltra, donde se encuentra el aeropuerto en el que aterriza la mayoría de los aviones que conectan el archipiélago con el continente, el paisaje de bienvenida es proverbialmente triste y anodino. Por eso, y ante la aridez que circunda el horizonte, no resulta nada extraño que al viajero le sobrevenga el mismo sentimiento que en su día, y en un correo enviado al emperador Carlos V, llevó a fray Berlanga a describir las islas como una “una escoria sequísima”.

Claro que esa pobre impresión dura tan sólo el tiempo que uno tarda en abandonar Baltra con destino a cualquiera de las restantes dieciocho islas que componen la segunda reserva marina más grande del mundo: Santa Cruz, Bartolomé, Española… Entonces, estimulado por la presencia de criaturas que parecen escapadas de la mente de un autor de literatura gótica -iguanas marinas, tortugas gigantes y lagartijas de lava-, o tal vez seducido simplemente por la geografía inédita que dibujan las aguas, las isletas de basalto y la luz equinoccial, lo que enseguida siente el recién llegado es que está accediendo, y de veras no es un clisé, a un paraíso inolvidable.

En la hoja de ruta que propone el X-pedition, uno de los ochenta barcos con licencia para organizar cruceros dentro del Parque Nacional de Galápagos, el umbral de ingreso en este edén a la deriva lo marca la isla North Seymour. Como el resto de las islas que forman el archipiélago, distante 960 kilómetros de la costa de Ecuador, la Seymour es un pedazo de tierra volcánica poblada por iguanas hieráticas como un faraón y leones marinos de asombrosa mansedumbre. En esta tarde de mayo, previa a un recorrido que en tres días y a través de 212 millas náuticas llevará a los pasajeros del X-pedition a conocer otras tres islas, la Seymour es además un observatorio donde el curioso puede familiarizarse con los rituales amorosos que distinguen a algunos de los pájaros típicamente galapagueños: las fragatas con su cuello inflamado de rojo o los piqueros de patas azules.

Y es también una especie de prólogo que el guía Nacho Sangolquí, la piel tan curtida por el sol que se diría un cuero, aprovecha para aleccionar a su docena de acompañantes sobre el valor distintivo que atesoran las Galápagos. “Hay lugares en estos islotes en los que el hombre aún no ha puesto el pie”, comenta este nativo de maneras risueñas, avezado imitador de los movimientos de cortejo que ejecutan las aves. “De ahí el cuidado que se pide a los turistas que vienen a las islas para que todo continúe tal como está”, añade.

Tortugas longevas. La preservación del frágil ecosistema que forman las Galápagos, declaradas por la Unesco Patrimonio Natural de la Humanidad y Reserva de Biosfera, es un imperativo que las autoridades ecuatorianas se toman muy en serio. Para su cumplimiento -bastante razonable, puesto que más de la mitad de las aves locales, una cuarta parte las plantas y la misma proporción de peces son inhallables fuera de los 80.000 kilómetros de tierra y mar que forman el Parque Nacional de Galápagos- se ha trazado una serie preceptos que el visitante aprende muy pronto.

Está prohibido fumar, caminar fuera de los senderos, tocar plantas y animales, permanecer después de las seis de la tarde dentro de los dominios del parque (exactamente, el 97% del territorio), transitar sin la compañía de un guía oficial, alimentar a las iguanas y a los leones de mar… “Y está -acostumbra a decir alguno que otro guía burlón- prohibido hacer sopa de tortuga.”

El protagonismo de estos reptiles de longevidad legendaria -hasta 150 años en el caso de las tortugas terrestres- parece inevitable en las Galápagos. Particularmente, el de los quelonios de más de 250 kilos, que por lo visto fueron los únicos que llamaron la atención del bueno de fray Tomás de Berlanga (al clérigo, la enorme caparazón de estas tortugas le recordaba una silla de montar, galápago en castellano; de ahí el nombre de las islas).

Muy pocas especies, entre la nutrida colonia de aves, peces, reptiles y mamíferos que pueblan las islas -sí, tal vez, los leones marinos, que juguetean con los bañistas durante la práctica de snorkling- provocan entre los visitantes la perplejidad que suele causar el avistamiento de algún ejemplar de tortuga gigante siesteando en el lodo. Una estampa fácilmente visible en lugares como el Rancho Primicias de Puerto Ayora y que -favoritismos aparte- permite entender la fascinación que otro de sus visitantes ilustres, el novelista Herman Melville, autor de “Moby Dick”, sintió por la edénica belleza de las Galápagos: “Es muy dudoso que haya en todo el mundo una sola región que pueda ser, por su salvajismo y variedad natural, comparable a ésta”.

Para saber más
www.viveecuador.com
www.galápagos.com


Para recorrer las isla.
En Galápagos hay tres tipos de circuitos: los que hacen base en una isla, generalmente Santa Cruz, que funciona como lugar de aloja-miento y punto de partida de excursiones a otras islas; los que ofre-cen visitas y hospedaje en diferentes islas, y los que se realizan a bor-do de un barco, donde se pernocta. Esta última opción, si bien es la más cara, permite al visitante optimizar su tiempo y le brinda la visión más completa del archipiélago. Desde la Argentina, se puede contra-tar un crucero como el que propone Celebrity Cruises en su barco X-pedition (incluye siete noches a bordo, excursiones guiadas y todas las comodidades de un barco de lujo) a través de Organfur (Paraguay 610, Capital Federal, Tel. (011) 4108-5235, www.organfur.com.ar

Datos útiles. El archipiélago de las Galápagos lo forman 13 islas grandes, media docena de islas pequeñas y un centenar de islotes dispersos sobre una superficie de 80.000 km2. Cuenta con 17.500 habitantes, que ocupan exclusivamente cuatro de las islas, y recibe entre 50.000 y 60.000 visitantes al año. En 1968, el gobierno de Ecuador decretó su preservación constituyéndolo como parque nacional (el 97% del territorio). En 1978, la Unesco lo declaró Patrimonio Natural de la Humanidad.