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La Pequeña edad de hielo en el Rio de la Plata (1829)

p (57)

No te quejes del clima actual, ni estés tan seguro de que el mundo se recalienta, pues podría ocurrir todo lo contrario. ¿Cuándo viste una sequía en la cual el ganado muere en el río carente de fuerzas para regresar a la orilla?

Tanto era el polvo que la oscuridad obligaba a encender velas para iluminarse a mediodía y la gente podía ahogarse no con agua sino con polvo. ¡Qué poco sabemos de todo eso que ahora nos recuerda Alberto!

Por Alberto Moroy

La Pequeña Edad del Hielo asoló Europa en los siglos XVII y XVIII pero causó transformaciones económicas y culturales que han llegado hasta hoy. A finales del siglo XVI, el clima había enloquecido. El frío, las inundaciones, las malas cosechas y la guerra asolaban casi toda Europa. Comenzó aproximadamente en el año 1300, y las condiciones frías con regímenes de humedad alternos persistieron hasta aproximadamente 1850.

Los científicos han identificado dos causas de la Pequeña Edad de Hielo fuera de los sistemas de interacción océano-atmósfera: una disminución de la actividad solar y un aumento de la actividad volcánica. Durante el período 1645–1715, en mitad de la Pequeña Edad de Hielo, la actividad solar reflejada en las manchas solares era sumamente baja, con algunos años en que no había ninguna. Este período de baja actividad de la mancha solar es conocido como el Mínimo de Maunder.

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Diciembre del 2020 influencia la Niña  (obsérvese el área comprometida)

 

¿Coincidencias o vamos a otra edad del hielo?

 

La coincidencia es que la historia dice que el ganado desapreció de las proximidades de Buenos Aires. El que se salvò termino pastando en los alrededores de la Sierra de la Ventana a 470 km. de  distancia y a 65 de Bahia Blanca, similar a lo que marca este modelo como el borde de la seca.

Como seguirà el clima 19.01.2021

Confirman que el 2020 fue el tercer año más caliente de la historia y sin La Niña las temperaturas habrían sido más altas. Así lo indicó Organización Meteorológica Mundial. De todos modos, quedó por debajo de algunos registros de 2016 y 2019.

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El  rio Thames congelado 1814

 

En el Rio de la Plata

Hasta 1842 sobre 268 años, hubo 98 años de sequías (36%) y 15 años de inundaciones (5%), sobre el total de años “normales”, es decir aquéllos sobre los que no hay referencias especiales respectos a ambos eventos. Desde 1842 sobre 155 años, hubo 16 años de sequías (10%) y 39 años de inundaciones (25%), sobre el total de años “normales”

 

En 1576,

Don Hernando de Montalvo (Tesorero del Río de la Plata) escribe al Rey sobre la expedición de Juan Ortiz de Zárate. En ella manifiesta: “… el año fue fértil de aguas cuando llegaron (1574) y después acá en dos años y medio que estamos, no hemos visto llover sino muy poco, en esta tierra tan estéril que se siembra y no grana.

En 1748

Joseph Cardiel, misionero jesuita realizó un viaje al sur de la Provincia de Buenos Aires durante el otoño de 1748. Del análisis de su diario de viaje se concluye que en la región recorrida predominaba una fuerte aridez, destacándose una amplia zona arenosa descripta por Cardiel como un “desierto de arena” (“sand desert” en el original). Se trata de una extensa área ubicada entre el río Quesquén Grande (partido de Necochea, 38° 32’ sur y 58°42’ oeste) y los arroyos Zavala y Cristiano Muerto (partido de San Cayetano, 38° 21’ sur y 58° 30’ oeste), extendiéndose desde la costa hasta unos 50 km tierra adentro.

Tras las huellas de los jesuitas en las pampas argentinas ¡Interesante!

http://www.trabajosycomunicaciones.fahce.unlp.edu.ar/article/view/TyCe030/8026

En 1758

Guardia del Zanjón (75 km. del obelisco porteño)  Relatos de la época sobre el río Samborombón, (Arg.) a unos 40 km. de su desembocadura en la bahía homónima y a 150 Km de Montevideo. Nos cuentan que cuando en el siglo XVIII se  instaló  la Guardia del Zanjón (75 km. del obelisco porteño), en noviembre de 1758 ,su comandante, el teniente José I. Zabala escribió: “Estamos viviendo a la inclemencia del sol que nos abrasa y hay una gran polvareda” En 1768 reitera la queja el capitán Juan de Mier quien, en marzo de ese año, señala “las caballadas están muy aniquiladas por la falta de pastos y de agua y en pocos días quedarían inservibles” Febrero de 1781, el entonces comandante de la Guardia del Zanjón, Nicolás de la Sardeña escribe “La sequía al menos es una realidad: en su huida a lo largo de la costa bonaerense, un cautivo en Chascomús (Arg,) a 116 Km de Colonia del Sacramento  , estuvo cinco días sin poder dar de beber a su caballo. El comía huevos de avestruz y la cuajada del vientre de venaditos recién nacidos” (*)

(*) Impensable con la visión actual, las zona es una de las mas húmedas de la Provincia de Buenos Aires bordeada por arroyos, lagunas pantanos y zonas inundadas, ubicada a 120 km al SO de la desembocadura del rio Santa Lucia (Uruguay).

En 1828

El topógrafo francés Narciso Parchappe integra la expedición fundadora del fuerte 25 de Mayo  a orillas  de la laguna Cruz de Guerra (actual partido de 25 de Mayo, 35° 25’ sur y 60° 11’ oeste). En la descripción de su viaje, iniciado en enero de 1828 desde San José de Flores (barrio de  Buenos Aires),  son frecuentes las referencias a  médanos vivos  (por ej.: en los partidos de Bolívar, Alberti, 9 de Julio) y a las condiciones de sequía, incluyendo la falta de aguas adecuadas para beber por el ganado. Dice Parchappe que “…las aguas saladas son extremadamente comunes en las provincias comprendidas entre el Paraná y los Andes y sobre todo, en la de Buenos Aires (*)

(*) Toda vez que escasean las lluvias, la recarga de napas superficiales es baja dejando al descubierto el agua salobre que por ser más densa está situada por debajo de la dulce, en muchos lados de la Provincia de Buenos Aires los molinos y aguadas eleva la salobridad a tal punto que se provoca la mortandad del ganado Hay que recordar que gran parte de la provincia de Buenos Aires era el fondo del mar

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Julio Verne/ Francisco Paganel ( Parchapel ·Los hijos del Cap.Grant en América del Sur”

 

La falta de agua

 

Casi todos los viajeros que visitaron la Pampa con anterioridad a su finalización 1850, coinciden que más allá del Rio Salado (160 km al sur de la ciudad de Buenos Aires) era un desierto. La travesía hacia Tandil y Bahia Blanca era casi suicida sin baqueano, el principal problema no era el indio, sino la falta de agua,

 

Registros pluviométricos de la época

El observatorio bajo el mando del tal Mossotti funcionó en el convento de Santo Domingo, en Belgrano y Defensa, a 3 cuadras de la plaza de Mayo (Arg:).

Los registros anuales de lluvia son:

 

1830: 563 mm

1831: 428 mm

2017: 1000 mm

 

Edad de hielo  y las sequias en el Rio de la Plata

Parece una paradoja pero la pequeña Edad de Hielo en Europa (siglo XIV hasta mediados del XIX), pudo haber sido parte de un cambio climático mundial que provocó importantes sequías en el Rio de la Plata. Una de ellas, en especial la de 1832, dejó en las crónicas de época relatos dantescos como el que podrán leer al final de esta nota, publicado por Caras y Caretas.

No obstante es más probable que un fuerte fenómeno meteorológico conocido como la Niña, el mismo que esta impactando ahora la región y traerá sequía y bajo rendimiento de los cultivos, además de incendios a lo largo de Sudamérica haya sido en parte responsable. Para ese entonces, según crónicas citadas por el Diario Austral de Temuco (Chile), en 1832  tambien entran en erupción simultánea los volcanes Llaima, Villarrica y Osorno. El ciclo continúa tres años después (1835) el Villarrica entra en violenta actividad, acompañado por ocho volcanes más.

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Volcanes Llaima, Villarrica y Osorno en recientes erupciones

Comentarios del compilador

Las variables por las cuales el clima local pudo ser severo en esa época son múltiples. Los argumentos de lo sucedido en Europa como el congelamiento de Thamesis y otros, están “medios rengos” habida cuenta que casi hasta 1900 se congelaron varias veces, generando gran cantidad de cuadros de la época, y posteriores. El rio Severn (140 km más al sur que el Thamesis donde nació Darwin (Shrewbury 52°47’41.58″N  2°45’49.68″w) tambien se congelo despues de 1850.

Cuando Darwin arribo a la Argentina traía por expertizaje solo la curiosidad, incluso tuvo que pagarse el viaje como acompañante de alcurnia del Capitan Fitz Roy, no como Naturista. Fitz Roy ya tenía uno (Robert Mc Cormick ) naturalista y cirujano escocés que abandonó la expedición en Rio de Janeiro en abril de 1832. Sin dudas en este viaje Darwin hizo el “Master”, justificó los hallazgos de tal cantidad de osamentas que recogió sin clasificar y lo asoció con la pequeña edad de hielo europea. En lo personal, en mi categoría de novato, lo asocio más con el evento de la niña en forma recurrente, lo que potencio los resultados, quizás con aportes de los volcanes chilenos por meses, y con los coletazos de un fenómeno a escala global como el final de la pequeña “Edad de Hielo”. Con la fama bien ganada años despues su apellido sirvió como “chapa” de la verdad absoluta, en todas las referencias, incluso hoy hay titulares   como “Darwin tenía razón” en relación a las osamentas de caballos encontradas en el rio Arrecifes (171 km. de la ciudad de Buenos Aires)  con una antigüedad cercana a los 200 años y que pertenecen a este evento local que describió Darwin.

La gran sequia 

“Desde fines de 1829 y hasta principios de 1832, una intensa sequía azotó la provincia de Buenos Aires, y fue seguida por violentos ataques indígenas. Alrededor de 1.500.000 de cabezas de ganado perecieron. Llovió tan pocas veces que los ríos y arroyos se transformaron en rutas. Las plantas de todas las especies, hasta los cardos, desaparecieron. Toda la región se convirtió en un inmenso desierto. Los caballos y bueyes errando por los campos en busca de un poco de agua  se dejaban caer exhaustos. La tierra desunida y hecha polvo por la sequedad y el pisoteo se dejaba levantar por los pamperos cubría la hacienda muerta y los pocos que sobrevivían en busque de aguadas más al sur de Buenos Aires, en busqueda de lagunas y ríos. Por sus barrancas se precipitaban los vivos sobre los muertos y aplastados que habían llegado primero.  Los mojones delimitadores de cada propiedad desaparecieron bajo el peso del polvo y el gobierno tuvo que enviar una comisión para evitar las disputas entre los propietarios de tierra. Como resultado de las sequías el precio promedio por legua cuadrada de campo cayó 50%, de $2.805 plata en 1831 a $1.482 pesos plata en 1833.

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Grafica de datos

 

Continúa…

Para ese entonces (1830) Uruguay tenía una baja densidad demográfica, se calcula que la población era cercana a 74.000 habitantes (14.000 en Montevideo y el resto en el interior), con un promedio de un habitante cada 2.5 Km. Casi todas las construcciones eran con techo plano, lo que denota poca preocupación por las lluvias, habida cuenta que las técnicas de impermeabilizar las terrazas, para la época debieron ser “complicadas”.

La cubierta de las viviendas se hallaba construida sobre vigas de palma o madera dura, generalmente traídas de Corrientes o Paraguay, sobre las que se colocaban alfajías de madera cedro o algarrobo y arriba ladrillos en dos o tres capas cruzadas, llamándose estas de dos o tres órdenes, unidas por una mezcla de betún. (Hidrocarburo  posiblemente de origen Venezolano)  ¿Como evacuaban las aguas de lluvia? Generalmente se las orientaba a través de conductos realizados en madera, plomo o lata a los que denominaban cañones.

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Puerto Montevideo 1832 / Vista de la bahia 1936 (techos planos en ambas)

Registros pluviométricos de la época

El observatorio bajo el mando del tal Mossotti funcionó en el convento de Santo Domingo, en Belgrano y Defensa, a 3 cuadras de la plaza de Mayo (Arg:).

Los registros anuales de lluvia son:

1830: 563 mm

1831: 428 mm

2017: 1000 mm

El relato de Darwin sobre la “Gran seca”

En el año 1833, al navegar las aguas del Paraná, frente a San Pedro, Charles Darwin plasmó testimonios desoladores de aquel período de sequía en su Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo. En sus páginas, escribió: “El período comprendido entre los años 1827 y 1832 se llama el “gran seco” o la gran sequía. Durante ese tiempo, fue tan escasa la lluvia caída, que no creció ninguna planta, ni siquiera cardos; los arroyos se secaron, y todo el país tomó el aspecto de un polvoriento camino carretero”. “Así ocurrió especialmente en la parte septentrional de la provincia de Buenos Aires y meridional de Santa Fe. Pereció un gran número de aves, animales silvestres, ganado vacuno y caballar por falta de alimento y agua.

Un hombre me dijo que los ciervos solían meterse en su corral a buscar la poza que se vio obligado a cavar para proveer de agua a su familia. Las perdices apenas tenían fuerza para huir volando cuando se las perseguía. El cálculo más bajo supone que se perdieron sólo en la provincia de Buenos Aires un millón de cabezas”, continuó el naturalista. : “Un testigo de vista me refirió que el ganado vacuno, en rebaños de millares, se precipitó en el Paraná y, exhausto por el hambre como estaba, no pudo encaramarse a los bancos de cieno y, así, pereció ahogado. El brazo del río que corre junto a San Pedro estaba tan lleno de cadáveres en putrefacción que, según me dijo el patrón de un barco, el hedor le hacía de todo punto infranqueable. Indudablemente, varios cientos de miles de animales perecieron así en el río”.

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Asi debió ser (Gustavo A.Martinez)

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Restos de caballos de más de 200 años en San Pedro (169 km. de Buenos Aires)

 

La gran seca”: hallazgo paleontológico en San Pedro (24/12/2020)

 

https://diariohoy.net/interes-general/la-gran-seca-hallazgo-paleontologico-en-san-pedro-150454

 

 

La pequeña edad de hielo

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¿Cómo ocurre El Niño y La Niña? Video BBC Mundo

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Dibujo de Caras y Caretas 1917

 

Caras y Caretas 1917 ¡Imperdible y tétrica! 

“Abro un paréntesis a mis escritos sobre las colonias, para demostrar que la sequía incipiente, que tanto nos alarma, es una caricia celestial ante la espantosa y cruel que arrasó hace noventa años los prados verdes y fecundos de la sin par y nunca bien ponderada provincia de Buenos Aires. Contóme el otro siglo un antiguo de luengas barbas, que dos años antes envolvían a esta capital, que era entonces una aldea desempedrada, nubes de polvo que obligaban a sus vecinos a encender las velas de baño a mediodía: eran las polvaredas, que habían convertido a la campaña, que principiaba en extramuros, en una tempestad de tierra!

“La carne y la leche, flacas, principiaron a escasear; las legumbres y las frutas tornáronse tan difíciles y caras como hoy, “y hasta el pan y el pambazo (baja calidad de harina) de San Roque se endurecieron. «¡La seca, la seca!» — exclamaban todos. Hacía más de un año que no llovía. Los lecheros no cantaban ya por las calles y los panaderos se escurrían silenciosos en sus mulitas con árganas. Nuestros maravillosos campos de esmeralda se pusieron cárdenos, después, gualdos, amarillos. Los ríos, los arroyos y las lagunas se secaron. No había, en toda la inmensidad de la pampa, una gota de agua. Los pastos eran una pajilla de raíz seca, que el viento arrancaba al primer soplo, —la tierra, un arenal, y sudario de un futuro camposanto, polvo y polvo. El ganado vacuno sucumbía, porque, sin dentadura en la mandíbula inferior, no alcanzaba a envolver con la lengua hierba tan raquítica, y los estancieros, para salvar siquiera su cuero, principiaron a desollar, en medio de la escasez de brazos, que huían, sedientes, a los poblados, porque hasta los pozos estaban exhaustos, secos, pétreos, como maldecidos. No se oía en la soledad, que iba, paulatinamente, convirtiéndose en el pavoroso vacío, más que el ruido de las chairas y los chirridos de los chimangos y caranchos hambrientos.

Ya en todas las iglesias se había llamado ad petendam pluviam (*) y orado ansiosamente. Los nuevos soles y lunas, en vez de convertir las rogativas, súplicas y ofrendas siquiera en esperanzas, traían días más secos todavía. Cuando se creía, por las nubes que obscurecían, que llovería, — porque si nuestro clima es variable, el cielo es fiel, — venía a medianoche un vendaval atmosférico, y la mañana amanecía cristalina y fresca. (Sic)

(*) “ad Petendam pluviam” y orado ansiosamente. “Señor, en ti vivimos, nos movemos y existimos: concédenos la lluvia necesaria, a fin de que ayudados con los bienes de la tierra, anhelemos con más confianza los bienes del cielo. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén”

Plegaria rogativa

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Continúa…

“Aún en los inviernos se sucedían así las semanas, los meses… ¡Ni qué se hubieran también secado las cataratas celestiales! ¿Era un castigo divino? ¡Ironía del destino!, porque, acostumbrados los porteños al aire húmedo, por la evaporización del Río de la Plata, aparecieron diversas epidemias, y cada mañana más iluminada, cada día más dorado, cada tarde más fresca, cada noche celeste o azul más plateada por la luna o los astros, y disfrutada en rueda de sillas al aire libre en las veredas, era un grado más en el horno que iba secando y quemando toda simiente de vida. ¡Y a no ser por la falta de provisiones y agua que aumentaba el hambre y la sed, habríase deseado que tales primaveras fueran eternas, porque eran plácidas y deslumbrantes! La hacienda vacuna, que no había aún perecido, fue cuereada; las yeguadas huían en tropillas, desesperadas, por los campos sin alambrados, creyendo hallar, cuanto más afuera, pastos, agua… ¡Ilusiones del hambre! Y como más allá menos feraces, más secos y crueles todavía. Hasta los indios, atraídos por este espejismo fantástico, habían abandonado sus aduares, y arriaban, al resplandor de las blancas lunas, sus últimas vacas arrebatadas al cristiano, que, macilentas, sucumbían también en la procesión, siempre adelante.

“Huyeron las yeguas alzadas, los venados, los avestruces, los guanacos…, los leopardos, los leones y todas las fieras, tan mansos por el común peligro, cual corderos o niños, y de hambre habrían proferido morir a manos del hombre. No quedó, en toda la pampa, ni una fiera, pereciendo, en sus cuevas, las vizcachas, los matacos, los peludos, las exquisitas mulitas, los zorrinos, el astuto zorro y los reptiles. Y en el espacio, por haber huido también al austro todas las aves acuáticas, soñando ríos y mares dulces, no había un pájaro, ni un ave carnicera. No imperaba sino el sol a plomo, rajante, y de noche, los astros callados, diamantinos, centelleantes, con sus pestañas de luz y sus lunas de mármol. Era tal el silencio, que parecía que hubiese muerto todo, todos: un mutismo verdaderamente fúnebre, sepulcral, — la agonía del desierto en un lecho de arena, con su corona de tréboles y gramíneas deshojada y torrada por los soles. Sólo se oían de vez en cuando, a fuer de estertores, los bufidos de los últimos toros y vacas y los relinchos de las inquietas yeguadas hambrientas, que si hubieran podido hablar, habrían gritado: «¡Agua, agua!», ensordeciendo la inmensidad y arrancándole llantos.

Tal trascurrió el año 30, el 31 y el 32. Fué la sequía más pertinaz y espantosa que recuerdan los anales rurales bonaerenses. No se veía en las estancias, chacras y quintas ningún habitante. Todos, buscando al hombre, que perecía también de hambre y de sed, se habían guarecido en las poblaciones adyacentes, para ampararse y protegerse. Las moradas campesinas yacían vacías, solitarias; las aves y animales domésticos, abandonados por sus amos, perecían entre el polvo, y en las noches mudas, negras o blancas, rajaba el corazón el ronco ladrido de algún perro sobreviviente. «Nunca, — dijeron los indios, — se había visto a nuestra rica campaña tan arrasada». Las intermitentes polvaredas alteraban diariamente la monotonía de” la inmensidad, convirtiéndose el polvo en un oleaje que rodaba enloquecido, girando sin rumbo, sublevándose como las tempestades marinas. Era un mar de polvo, y sus olas, iluminadas en sus flancos y crestas, tenían, los prismas, las reverberaciones y hasta las chispas de los incendios.

Sus resoplidos, sus quejas profundas y voces misteriosas retumbaban en el alma, y no se veía en esa tormenta que ahogaba como el agua, nada, nada.  A la tarde se serenaba; refrescaba, y las noches eran tan, silenciosas y solemnes, que, por el enrarecimiento ‘del aire, las estrellas eran más grandes; parecía que bajaban: luceros; se oían sus parpadeos; cualquier graznido de buitre sobrecogía, atemorizaba, y el casco sólo de un caballo habría estallado en tal vacío con el estruendo de un a metralla en un suelo de bronce. ¡Qué alma viviente se atrevería a cruzar ese mar de polvo y fuego!… «¡Yo! — exclamó un paisano, llamado Contreras. «Salí de la Magdalena a buscar a mi hijo, que estaba cerca de Chacabuco (207 km al oeste de la ciudad de Buenos Aires)  Tardé más de un mes, porque me detenía en las poblaciones a aprovisionar mi tropilla. Lo hallé al fin muerto contra el pozo, con la soga en la mano. Fué, sin duda, desesperado de sed, a sacar agua, y lo ahogarían los huracanes de polvo.

Los indios se habían internado. El campo entero, tan vasto y bravío como el océano, se había convertido en un Sahara sin oasis, y estaba cubierto de cadáveres de ganados de todos géneros, de animales de trabajo, aves, hasta de fieras, que, descarnados por el aire seco, eran esqueletos marmóreos. Las ráfagas traían olores nauseabundos de Las descomposiciones cadavéricas. ¡Qué tristeza terrorífica! La desaparición del pasto y el polvo había borrado las clásicas huellas; todo el campo eran caminos, y se reconocían, al llegar a los ríos o arroyos, por la mayor abundancia de esqueletos de los pobres animales  sedientos, que  expiraron allí desfallecidos.

Fueron en busca de agua y hallaron su tumba. ¡Qué espectáculo cuando las vacas hallan todavía una vertiente! Se atropellan por sorberla. Las que no han podido humedecerse siquiera la lengua contra el fondo de la rocalla, la lamen bramando, se cornean, — los toros…. no mugen, ni braman. Todo había muerto, todo, y lo que existía había desaparecido, huido. Los pozos de balde estaban llenos, rebosantes, de polvo, y las casas de las estancias, si se encontraban, yacían, juntamente con los corrales y palenques, tapados por la tierra reseca, desmenuzada, sirviendo de baluarte a sus torbellinos y trombas. Allí habían ido a parar, detenidas, en su furia, para morir, porque todo, todo, no tenia sino este fin: morir. Desde la orilla del Plata y el Atlántico, hasta más allá del Uruguay y el Paraná, y desde extramuros a los boquetes andinos, no se divisaba, en la maravillosa campiña, más que cadáveres de millones de animales de todas razas y aún de hombres (sic)

(Arturo Reynal O´Connor 1864-1920)

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Algunos datos para tener en cuenta

 

Sus mejores violines datan de entre 1680 y 1715, lo que coincide con un lapso singularmente frío de unos 70 años de la Pequeña Edad de Hielo. Stradivarius usó la madera de árboles (abetos y arces) que crecieron durante ese período, resulta que los famosos violines y chelos fueron fabricados con madera particularmente compacta porque esos árboles crecieron muy lento y sin lapsos cálidos que pudieran disminuir la densidad.

 

Según el capitán Skogman, oficial sueco que participó de un viaje de la fragata “Eugenia” por América del Sur, en esos años, “en busca de aguas, enormes avalanchas de caballos y vacunos se dirigían a las márgenes del Paraná, donde se hundían en el fondo y sin fuerzas para salir por sus propios medios eran pisoteados por los grupos subsiguientes. Toda la provincia se convirtió en un desierto polvoriento…”. 1851 – 1853.

 

El naturalista Bravard publicó unos apuntes en el Registro Estadístico en los que refiere que llovió tan pocas veces y en tan poca cantidad que los lechos de los arroyos eran semejantes a grandes rutas; las plantas de toda especie, hasta los cardos, murieron de pie y fueron disecadas hasta sus raíces. Agrega que hasta lo pozos de agua para la gente estaban secos y la existencia del hombre estuvo más de una vez comprometida, hasta en las habitaciones, hasta en los pueblos, por una singular modificación del fenómeno del transporte del polvo, que, suspendido en el espacio, encontraba en él, a veces, nubes cargadas con vapor de agua con que se mezclaba. No era entonces bajo la forma pulvurulenta que volvía a descender, sino en la de una verdadera lluvia de lodo, cuya acumulación sobre los techos amenazaba destruirlos.

El lapso referido puede ser considerado como seco en general, destacándose por lo menos dos periodos de sequías muy graves y prolongadas (entre 1690 y 1708 y entre 1753 y 1758) y muchas sequías breves. En medio de esta crisis de sequedad hay años de lluvias consideradas suficientes y solamente en 1636, 1671, 1685, 1774 y 1778, así como entre 1804 y 1810 hubo excesos de precipitaciones con encharcamiento, inundaciones y riadas de diversa gravedad.