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Los tres monos sabios, la confusa historia de un mensaje

Los 3 monos sabios o misticos japoneses Mizaru, Kikazaru, Iwazaru

Uno podría decir: ahí vienen de nuevo los tres simpáticos monos y no denotar la mínima curiosidad. Esa es la conducta hacia la cual avanza el mundo. Pero me permito advertirte que si perdiste la curiosidad, también perdiste la vida… apenas estás sobreviviendo.

Quedé prendado de los tres monos cuando visité la ciudad de Nikko en el norte de Tokio y me llevaron a ver el santuario de Toshogu… o más bien, los establos sagrados de ese templo, donde miles de personas por día van a ver a los Tres Monos Sabios (o los tres monos místicos) y a otras hermosas esculturas de Hidari Jingorō (左 甚五郎?), un escultor y ebanista japonés del Período Edo. Ornamentó templos y palacios desde 1596 a 1644 y los japoneses valoran quizás aún más, otras esculturas, como la de Nemuri-neko, un gato durmiendo que no está demasiado lejos de los monos, más famosos entre nosotros.

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Te copio una foto del susodicho gato, sin acertar a distinguir el valor estético de una y de otra escultura. Simpáticos sí, simpatiquísimos… pero artísticos…

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Esta otra obra del zurdo Jingoro sí me estremece. Coincide conmigo el British Museum que la exhibe como un tesoro. Lo de zurdo es real, esa condición es lo que significa la palabra Hidari, aplicada como nombre propio en este caso.

 

Si dejás de mirar la escultura para sorprenderte con el paisaje humano, advertís que los occidentales sacan vertiginosamente la foto, casi ni miran la talla y salen disparados hacia los otros maravillosos atributos que tiene el templo. Están convencidos de que ya vieron todo lo que había para ver. Con la conducta de los japoneses podrías hacer un tratado de behaviorismo solo para cometer errores garrafales, porque a mi manera de ver, los japoneses son la gente más hierática. Aparentan superficialidad, sonríen exageradamente y aparentan sorpresas de cortesía, o no se les mueve un músculo… pero por dentro son un volcán donde cocinan cientos de dudas.

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Si tenés dudas, mirá este proverbio muy popular: “Si vas a creer todo lo que lees, mejor no leas.” Lo cual es válido también para este artículo, donde procuro compilar hiladamente el inesperado torrente de cosas que encontré al buscar información sobre estos tres monos.

La encantadora intérprete y guía que me había puesto el gobierno de Japón, oscilaba entre sus creencias budistas y sintoístas, pues curiosamente para un occidental, pueden ambas confluir armónicamente en una persona en la medida que no se ponga demasiado crítico. El patriotismo inclina al japonés hacia el sintoísmo y desconfía de cualquier cosa budista, siempre originaria de esa China continental que alguna vez los dominó y procuró aculturizar. Jingoró era budista frenético y eso le cae un poco espeso a un sintoísta, no tanto como para negarle a un occidental como yo, la contemplación estética de lo que, en primera instancia, es una escultura.

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Los monos tienen nombres: Mizaru es el que se tapa los ojos, Kikazaru es el que pone las manos en las orejas, en tanto que Iwazaru es el que cierra su boca. Literalmente “No ver, no oir, no decir”, pero ¿no es un poco demasiado? Popularmente se afinó el concepto como “No ver el mal, no escuchar maldades y no decirlas”, lo cual no es otra cosa que la versión de los monos en una lectura con el  código moral chino del Santai. Quizás los monos son justamente una representación de esa filosofía, que en Japón se asumió en la Escuela Budista del Tiantai, durante el período Heian (794-1185). Y no estoy presumiendo de una sabiduría que no tengo… esto que aclaro simplemente lo encontré en internet y lo estoy dando por bueno, provisoriamente.

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A las filosofías, las creencias y los cultos, las acomodan los poderosos para que les sean funcionales y en la China actual, se interpreta a los tres monos como los símbolos de una dominación ideológica que condicionó al pueblo a obedecer sin protestar, abonando un servilismo contrario a la rebeldía por la explotación del más débil. Si no hay nada malo, si no se ve ni se escucha nada malo, entonces no protestes ni te rebeles, aguántate. Ahora justamente en China, surgió un movimiento que rechaza esa interpretación de los tres simios.

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Otra interpretación, la más caprichosa a mi manera de ver, señala que en origen los monos eran espías enviados por los dioses para enterarse de las malas acciones de los hombres; la representación de los monos ciego, sordo y mudo debió surgir como medio de defensa mágico contra dicho espionaje. Como quien dice, el hipotético pajarito que le contaba a los Reyes Magos si te habías portado mal. Y llegaban al extremo de considerarlos una representación de las tres caras de la antigua deidad japonesa Vadjra.

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El mensaje tampoco es extraño ni novedoso para nosotros. De alguna manera Shakespeare aconsejaba lo mismo… lo que nunca evitó que políticos uruguayos hablaran demás y aseguraran tener diplomas de los que carecían. De haber permanecido callados, la gente hubiera continuado engañada acerca de ellos.

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Y tampoco fue una novedad para los japoneses cuando los vieron por primera vez, pues con anterioridad a estos tres monos de la escultura, otros tres monos en la misma posición figuraban en tablas de piedra distribuidas por todas las islas en homenaje al dios Koshin.

 

Ahora bien, será muy distinguido guiar la propia conducta por consejos de Shakespeare o por milenarias creencias budistas… pero a los proverbios populares no hay con qué darles. Muchos de ellos son perfectos y no te los voy a recordar en sus versiones occidentales… no obstante lo cual, este tema pretexta la ocasión de que conozcas algunos proverbios japoneses. Son distintos a los nuestros, pero demuestran que en el fondo somos idénticos.

“Al clavo salido le toca siempre el martillazo.”

“Con la primera copa, el hombre bebe vino; con la segunda, el vino bebe vino, y con la tercera, el vino bebe al hombre.”

“Con leña prometida no se calienta la casa.”

“Encontrarse es el comienzo de la separación.”

“El pez que se escapa siempre parece el más grande.”

«El tiempo que pasa uno riendo es tiempo que pasa con los dioses

“Es de los enemigos, no de los amigos, que las ciudades aprendan la lección de construir murallas altas”

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“Estudiando lo pasado, se aprende lo nuevo.”

“Incluso los monos se caen de los árboles.”

“La lluvia solo es un problema si no te quieres mojar.”

«La nieve no rompe las ramas del sauce».

“La rana en el fondo del charco no sabe nada del gran Océano.”

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“Las grandes obras de las instituciones las sueñan los santos locos, las realizan los luchadores natos, las aprovechan los felices cuerdos y las critican los inútiles crónicos”.

“Los que se aferran a la vida mueren, los que desafían a la muerte sobreviven.” (Filosofía samurai)

“Los ladrones tendrán tiempo para descansar; los vigilantes jamás.”

“Ni tan lento que la muerte te alcance, ni tan rápido que des alcance a la muerte.”

“No digas: es imposible. Di: no lo he hecho todavía.”

“Piedra que rueda, no hace montón.”

“Procura que tus palabras sean mejores que el silencio.”

“¿Por qué se preocupan por su peinado cuando les van a cortar la cabeza?” (Proverbio samurai)”

“Se aprende poco con la victoria, en cambio mucho con la derrota.”

“Si nadie habita una casa, ésta pronto se caerá.”

“Tarde o temprano la disciplina vence a la inteligencia.”

“Un barco que tiene cien marinos, puede subir una montaña.”

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A esta altura uno podría concluir que para reflexionar solo basta ensillar el mate, en lugar de viajar hasta las antípodas para llegar a Nikko… pero esto excluye otros placeres. La formidable web Latitudes Infinitas tiene una entrada dedicada al viaje entre Tokio y este lugar tan particular de Japón donde verás algunos de los más famosos templos.

La aventura comienza con el viaje de dos horas y media, gran parte de cuyo trayecto se hace en los espectaculares  ”trenes bala”. Si sacaste el conveniente Japan Rail Pass, tu elección debe ser la compañía JR, ya que ese abono te permite viajar gratis, cosa que no ocurre con la compañía Tobu. Si no tenés el abono, el pasaje de ida y vuelta te saldrá unos 11160 Yenes (unos 87€, Julio 2018) en la línea JR y apenas 21 euros en el expreso Tobu que te deja directamente en la estación de Nikko.

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Como es un expreso, tendrás el espectáculo inesperado de la higiene japonesa. No podrás subir al tren hasta que un ejército de limpiadores deje todos los vagones absolutamente impecables. No te asustes, demoran poquísimos minutos. ¿Viste a alguien pisando la raya amarilla o saliéndose de la ordenada cola para entrar al vagón? Entonces quizás no estés en Japón.

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Nikko es una bella ciudad, no merece lo que siempre le ocurre… que los pasajeros del tren salen disparados hacia el complejo de los templos. La caminata es amable y memorable. Las sorpresas comienzan en el precioso Puente de Shinkyo que salva el río Daiya casi en plena ciudad.  Los folletos aseguran que la construcción original data de 1636 y que cada vez que lo tuvieron que reconstruir lo hicieron absolutamente idéntico al anterior. Por ese puente se accede al mausoleo del primer shogun Tokugawa, Ieyasu.

 

Técnicamente, dicen en Latitudes Infinitas, el puente pertenece al santuario Futarasan y actualmente está declarado como Patrimonio de la Humanidad. El que podemos ver hoy en día es una reconstrucción construida en 1909, ya que el original fue destruido durante una inundación.

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De ahí tomamos se toma alguno de los caminos que se adentra en el complejo de los templos para comenzar la visita. La naturaleza es exuberante. Cientos de árboles se agolpan alrededor de los templos y de los toriis (las puertas sagradas). La primera construcción espectacular fue el santuario Toshogu… pero primero hubo que pagar la entrada al recinto (1300 Yenes, unos 10€, Julio 2018).

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Luego el viajero se encuentra con una espectacular pagoda de cinco pisos.  Y poco más allá, los tableros tallados por el artista, entre los cuales se encuentran los Tres Monos Sabios, acribillados a fotos. Sin salir del complejo uno llega a otro santuario, el santuario Futarasan. Tras esa hermosa experiencia, la ordenada multitud te conduce hasta el mausoleo dedicado a Tokugawa Iemitsu, tercer shogun de los Tokugawa y nieto de Ieyasu. Es un mausoleo muy parecido al del primer shogun, pero un poco menos espectacular debido a que Iemitsu no quería eclipsar al mausoleo de su abuelo (santuario Toshogu).

 

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Nuestros amigos de Latitudes Infinitas recomiendan almorzar en un restaurante que se llama Hippari Dako. Habíamos leído que cada persona que iba dejaba una nota colgada en la pared del restaurante. Era increíble la cantidad de notas de viajeros de todo el mundo que habían allí. Miles de notas tapaban cualquier rincón de la pared. Había notas hasta en el techo.  La comida les pareció exquisita. Ellos pidieron los Yakitori (una especie de pinchitos de pollo) y les parecieron sublimes.

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Con el estómago lleno y nuestro mejor deseo plasmado en una nota de papel nos disponíamos a recorrer un sendero que habíamos descubierto casi por casualidad pocos días antes de visitar Nikko, hablamos del sendero de Kanganmafuchi, dicen nuestros guías blogueros. Para encontrar el sendero, lo que tenéis que hacer es seguir la carretera desde el Puente de Shinkyo de manera que el río quede a vuestra izquierda. En unos 10 minutos llegaréis a otro puente por el que deberéis comenzar y desde donde comienza el sendero propiamente dicho. Y te agrego que los japoneses serán pulcros y organizados… pero estos españoles no les van a la zaga. Miren el mapa!!

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El  sendero es un camino que transcurre a lo largo del río Daiya en el que podremos observar unas estampas realmente bellas. Lo más impresionante de este sendero son una serie de curiosas estatuas situadas en fila india. Son Jizos y realizados en piedra. Cuenta la creencia japonesa, que los niños que aún no han nacido y los niños muy pequeñitos que han fallecido, caen al río Sanzu en su camino a la otra vida, debido a que no han acumulado buenas acciones en la vida mortal. Dicho río está habitado por demonios y otras criaturas maléficas. Los desesperados padres mandan construir un Jizo al que adornan con baberos y gorros de lana para que ayude a sus hijos durante su travesía por el río Sanzu…. O al menos eso es lo que aseguran los monjes sin ruborizarse, pero monetizando.

Originalmente había 100 estatuas, pero algunas de ellas fueron destrozadas durante la inundación que tuvo lugar en 1902. Actualmente quedan unas 70 figuras, que a veces se las denomina como Bake Jizo, debido a la creencia de que estas figuras cambian de sitio escondiéndose de los viajeros, lo que imposibilita contarlas con exactitud.

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Acá tenés los recuerditos que te podés llevar y la imagen de los simpáticos españoles que nos guiaron desde su blog.

En fin, que los monjes son muy imaginativos, que el sushi que se puede comer al regreso también les resultó exquisito y que la próxima parada de los envidiables amigos españoles fue en Nara, nada menos. En su web pueden encontrar cómo reproducir sus aventuras por Japón, que fueron excelentes y con precios probadamente razonables.

Guillermo Pérez Rossel, compilando las experiencias de otros

https://lamenteesmaravillosa.com/ensenanza-los-tres-monos-sabios/

https://latitudesinfinitas.com/que-ver-y-como-ir-de-tokio-a-nikko/