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Fados que llegan hasta el alma

Calles que suben y bajan, murmullos de taberna con aroma a bacalao. Oporto es única, un deber para el viajero.

¡Tenemos un nuevo colaborador! Se llama José Alberto Andrés y tiene 31 años. Si en la foto parece de menor edad, es porque los viajes rejuvenecen y porque nació en Zaragoza, donde no está la Fuente de Juvencia,  pero casi.

Se define a sí mismo como fotógrafo con pasión por viajar y retratar su experiencia. Pero miren como escribe y juzguen. No es casualidad que numerosos medios europeos se jacten de publicar sus artículos.  ¡Un placer leerte y mirar tus fotos, José Alberto! Por si querés comunicarte con él:  jalberto.andres@gmail.com

En la foto de portada, el Centro Histórico desde la catedral.

 

Oporto, Porto, puerto, en portugués, es la segunda ciudad lusitana más importante, sólo superada por Lisboa, la capital. Su casi cuarto de millón de habitantes se asientan en la margen derecha del río Duero, en su desembocadura en el Atlántico.

Pasear por Oporto es una delicia para los sentidos. Una mezcla de arquitectura impávida sobre escaleras de oscilante y desgastado firme; un vals de 16 compases que son esquinas de chaflán y sinuosos recovecos; un llanto de pinturas agrietadas, azulejos de seco color vivy oportunistas gaviotas.

Cuando uno camina por el viejo Oporto consigue abstraerse de la rutina, escuchar el eco de sus pisadas en la escalinata de un callejón solitario y el goteo intermitente de la lluvia que cae desde el tejado con esa cadencia pausada, como de gotero de hospital. Y es entonces cuando uno se vuelve egoísta, se camufla tras sus gafas de sol, saca su cámara de fotos y se dispone a perderse entre calles que suben y bajan, sábanas tendidas casi a ras de suelo y murmullos de taberna con olor a bacalao y a salitre y decide disfrutar en solitario de toda esa amalgama.

El municipio de Oporto se divide en 15  freguesías o barrios. A pesar de su apariencia clásica y su rico patrimonio histórico, hay detalles de vanguardia como su metro, el de mayor recorrido en Portugal, y su aeropuerto internacional Sá Carneiro, que recibe más de 16 millones de pasajeros al año.

Existe una dura pugna entre Oporto y la capital, Lisboa. Un rasgo peculiar de su antagonismo es que el vino de Oporto y el nombre del país, Portugal, se lo deben a esta ciudad.

Su centro histórico ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, destacando la iglesia y Torre de los Clérigos, la catedral, el ayuntamiento, el palacio episcopal y sus puentes sobre el Duero.

La estampa portuaria de Oporto desde lo alto del puente de Dom Luiz, el hermano fluvial de la parisina torre Eiffel, es impresionante. A medida que se va descendiendo, atravesando las escadas do Barredo, tiene uno la sensación de vivir en otra época.

Esa mezcla de elegante decadencia, de fado melancólico, de peldaños asimétricos, de roca desgastada y de musgo floreciente en mitad de la autarquía pétrea a que lo someten las esquinas, marca infinitos contrastes. Oporto se define por su textura y no por sus colores; por su sabor y no por su receta.

Recuerdo los versos de una canción de Amalia Rodrigues, la reina del fado:

“Numa casa portuguesa fica bem pão e vinho sobre a mesa.

E se à porta humildemente bate alguém, senta-se à mesa co’a gente”

No podría ser definido mejor el ambiente de Oporto, su esencia portuaria. La gente es amable y hacendosa y la gastronomía deliciosa, variada y consistente. Bacalhau a la Gomes Sá (bacalao al horno con cebolla), francesinhas (láminas de carne y embutido envueltas en pan caldoso y queso al horno), orejas de cerdo con frijoles, arroz de cabidela o deliciosos postres como las rabanadas (torrijas), todo ello acompañado por vinos de la tierra, donde destacan el vinho do Douro y el archiconocido Oporto, son un claro ejemplo.

La torre de los clérigos y el puente desde otro ángulo.

Oporto es una ciudad más económica que Lisboa y cualquier época del año es buena para visitarla, aunque los días de lluvia son numerosos. Es posible llegar en metro desde el mismo aeropuerto al centro de la ciudad en poco más de media hora, a la estación de Trindade, donde confluyen las líneas A, C y D. El precio de un billete ronda los 35 pesos (*). Comer o cenar en un restaurante local cuesta unos 150 pesos y dormir en un hostal, en habitación doble, ronda los 275 por persona. Es posible subsistir con 750-800 pesos diarios. Les recomiendo que consulten la web www.hostels.com para buscar alojamiento a precio asequible. Y sobre todo, les recomiendo que sepan zambullirse en el encanto de esta ciudad que despierta ternura y añoranza a partes iguales.

JOSÉ ALBERTO ANDRÉS