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Pueblo Garzón, otro descubrimiento argentino

 

Seguí al olfato argentino. Nosotros todavía no le vemos el atractivo a Pueblo Garzón, pero ellos sí. Ya hicieron lo mismo con Carrasco, José Ignacio y tantos otros.


Vamos a reproducir un artículo imperdible de http//:www.portaldeamerica.com , pero antes unas palabritas. El pueblito surgió en 1890 a orillas de un arroyo denominado Campamento justo por eso, porque era un lugar de paso hacia Rocha donde el Gobernador Vicente Garzón tenía un saladero. La estación del ferrocarril y un Molino le dieron vida hasta tal punto que sus 2.000 habitantes celebraban el carnaval hasta con carros alegóricos y todo. Luego el ferrocarril agonizó, la ruta 9 pasó a 11 kilómetros y los habitantes migraron a Rocha y San Carlos.

La muerte lenta parecía inevitable cuando apenas quedaban 200 habitantes. Pero ahí llegó Francis Mallman y todo está cambiando sin que los uruguayos hayamos hecho nada para merecer el auge inmobiliariio y la movida de la zona. A este respecto al final verán el comentario de un lector, radicado hace un año, quien reclama protagonismo uruguayo en el renacimiento de Pueblo Garzón. En este y en todos los artículos, son bienvenidas las críticas y las correcciones a errores que hayamos cometido.

La foto de portada y alguna más, fueron tomadas de Flickr.com, donde viajeros de habla inglesa descubrieron con su cámara las cosas que nuestros uruguayos ojos no pueden o no quieren ver. La nota de Portal de América, web con la que estamos amistosamente asociados, dice todo lo que se necesita saber … por ahora. Ahí va.

 

 

A nadie en su sano juicio se le ocurriría hacer 35 kilómetros sobre ripio (aunque esté en excelente estado), para llegar a una localidad de unas 10 manzanas que no tiene ningún atractivo paisajístico, histórico resaltable ni geográfico determinante.Cuando los argentinos comenzaron a venir a veranear a Montevideo, Carrasco tenía el gran atractivo de estar en la costa y lo mismo ocurrió años después con Punta del Este y recientemente con José Ignacio.

La costa, para los argentinos, fundamentalmente para los porteños, es una imperiosa necesidad de verano.

Del mismo modo que han contribuido al crecimiento y consolidación de los mencionados destinos uruguayos, los argentinos han sido los causantes del brutal desarrollo de las playas catarinenses y varias más del territorio brasileño, especialmente las del Nordeste.

Cuando este gran mercado “apunta” hacia un lugar, luego de “descubrirlo”, lo apuntala, lo hace crecer de modo vertiginoso en el plano edilicio y en ocasiones, hasta lo convierte en un lugar que si no se administra correctamente desde el punto de vista medioambiental, lo puede hacer colapsar. De esa magnitud es la fuerza del mercado emisor argentino.

Con Pueblo Garzón por el momento, se ha pasado la etapa del “descubrimiento”, se transita la del apuntalamiento y se está muy lejos aún del crecimiento vertiginoso en lo edilicio.

Es un lugar descubierto por argentinos, que está de moda pero, no para los vecinos del Plata.

El ranking de visitantes lo encabezan los extrarregionales con británicos y norteamericanos a la cabeza, siguen los brasileños y aparecen los uruguayos aún en mayor número que los argentinos como visitantes de Pueblo Garzón.

Para que no se haya producido aún la acostumbrada “invasión” posterior al “descubrimiento”, es determinante la ausencia de costa.

Polo gastronómico

La primera noticia que tuvimos del lugar fue cuando nos enteramos que el Hotel Garzón integraba la más que selecta nómina: Condé Nast Traveler: Hot List Hotels 2006  como único establecimiento uruguayo en el sector Centro y Sud América.

Confesamos que en ese momento, no teníamos idea del lugar exacto en el cual estaba en el mapa y como la inmensa mayoría, lo asociábamos con la zona donde está la Laguna Garzón y el más conocido cruce en balsa que en realidad se encuentra 7 kilómetros más al este de la rotonda de entrada a José Ignacio, cuando, para ir a Pueblo Garzón desde la misma, hay que hacer 35 kilómetros hacia el Norte, atravesando la ruta nacional número 9.

Francis (Francisco) Mallmann, cuando luego de contribuir con su restaurante “Los Negros” a colocar en el mapa del turismo VIP a José Ignacio, decidió huir del ruido que él mismo había ayudado a instalar en el lugar, puso proa al Norte, hizo los 35 mil metros de ripio y plantó raíces en lo que por ahora, es “su lugar”, a tal punto que es donde pasa la mayor parte de su tiempo.

Este viernes santo, cuando pasaban apenas las 10 de la mañana, llegábamos al Hotel Garzón, cuando a bordo de su Mahindra, junto a su familia, se marchaba, dándonos solamente tiempo a registrar el momento con nuestra cámara.

Con el glamour de su grifa, marcada “con los fuegos de Francis”, hace poco más de un lustro inició una operación que todo hace suponer le habrá de reportar enormes utilidades. Eso sí, deberá armarse de paciencia y esperar quizás, un poco más de lo que le llevó pasar a cobre sus emprendimientos en la Gran Manzana y en José Ignacio por ejemplo.

 

El Hotel Garzón

En una esquina de la plaza Artigas, el edificio de lo que fuera la tienda del mismo nombre fue reciclado y convertido en un restaurante de lujo con un  hotel de cinco habitaciones adjunto.

El mobiliario está en sintonía con el estilo gastronómico del afamado chef: rústico por donde se le mire pero con una impronta creativa muy peculiar y con “ese” gusto que invita a quedarse.

Las mesas vestidas elegantemente con manteles individuales, conforman cupo para poco más de treinta comensales a la vez, las cinco habitaciones están ocupadas, razón por la cual “no se puede tomar fotografías” nos dice la porteña Micaela, mientras luego de hacernos desear unos minutos, “mientras se pone todo en orden”, nos franquea la entrada a la cocina para llegar al lugar donde el entrerriano Norberto y el mendocino Marcos, dos jóvenes chefs que vienen especialmente a “hacer la temporada”, cocinan “las recetas de Francis, lo que está en los libros de Francis” y nos cuentan que en ese momento, en la enorme olla que está en el fuego, cuecen un cordero en vino tinto “con huesos y todo”, durante siete horas y media, para elaborar uno de los platos más solicitados del lugar.

El plato más caro de la carta cuesta 1.600 pesos uruguayos (80 dólares) y a esta altura del año ya no lo hacen; se trata de ñoquis de papa con langosta pinzada. “Las langostas vienen de Chile, llegan a Pueblo Garzón vivas” nos dice Norberto quien además nos cuenta que las frutas y las verduras las compran en  Montevideo, el pescado en Rocha y los corderos en Aiguá.

La carta de vinos en cambio, está elaborada en dólares y sus precios van desde los 32 por un Don Pascual, hasta los 2.860 verdes que cuesta el botellón de 9 litros Saint Felicien de Catena Zapata.

El patio del lugar es otro de los puntos altos. Una mesa armada en el centro y unos sillones rodeando un quemador de hierro, una hermosa piscina, reposeras, colchonetas en el suelo, un estupendo bar con una lona verde como alero y una espectacular y enorme palmera hace las veces de sombrillón y debajo suyo una mesa de gran tamaño rodea su tronco y conforma uno de los sitios más disfrutables seguramente de todo el establecimiento.

Alojarse en el Hotel Garzón, en alguna de sus cinco habitaciones dobles cuesta 660 dólares diarios incluyendo desayuno, almuerzo, merienda y cena, con sus respectivas bebidas, también vinos de la Bodega Juanicó, lavandería y alquiler de caballos.

En mi sano juicio no iría a vacacionar a Pueblo Garzón. En pleno uso de mis facultades, con todo gusto y sumo placer, iría a alojarme en el Hotel Garzón y a deleitarme con la cocina de Mallmann. Eso si, deberé esperar hasta setiembre, dado que ayer domingo, el establecimiento cerró por primera vez para la baja temporada.

 La sangre nueva, los continuadores

En otra de las esquinas de la misma plaza Artigas, está Paulette Bistró, el lugar regenteado por Paula Santucci, joven chef argentina, residente en La Barra, “vengo por la 104 hasta la 9, hago el trayecto en 45 minutos”.
 
Paula es hija de uno de los socios de Francis en el negocio inmobiliario y cuando se hizo cargo de este local, que era la casa de té del famoso chef, cambió todo, el aspecto, la carta, la filosofía y si bien lo suyo es cocina de autor, se maneja con precios muy accesibles que oscilan desde 30 a 40 dólares en una comida, más los vinos, cuyor precios van desde los 10 dólares un tinto nacional hasta los 200 de un Chateau Gloria Bordeaux.

“Podemos atender unas 40 personas a la vez; trabajamos muy bien en febrero, mejor que en enero y ha sido muy buena la Semana Santa. Abrimos a las 12 del mediodía hasta las 20 horas. Por la tarde viene mucha gente a tomar el té y por la noche, mediante reserva previa, podemos dar cena. Este año, vamos a trabajar en baja temporada. Abriremos en los feriados largos y en las vacaciones de invierno, queremos contribuir al desarrollo del lugar, estamos muy contentos con la marcha del negocio pero aún más con lo que significa esta movida de la cual estamos siendo protagonistas. Estamos creando fuentes de trabajo para la gente del lugar, las chicas que trabajan con nosotros están felices, les ha cambiado la vida”, nos dice Paula.

En las afueras, apenas a tres cuadras, está Lucifer, el emprendimiento de Lucía Soria, la ex-encargada del Hotel Garzón, mucho más modesto en su presentación y con un menú fijo de 700 pesos que incluye entrada, plato principal y postre. Fuimos dos veces hasta este lugar y en ninguna de ellas logramos hablar ni ver a nadie. Había una puerta entreabierta, golpeamos las manos y nada. Tomamos las fotografías en el patio exterior, donde están las mesas y la cocina.

 Historia para ser contada

Seguramente, la idea ya esté ocupando la mente de algún realizador cinematográfico rioplatense y la película sobre Pueblo Garzón este próxima. Una de las escenas que no podrá faltar será la que muestre el almacén de “Los Otto”, frente a Paulette Bistró.

En un breve diálogo con la esposa y madre de “Los Otto”, supimos que hace más de 30 años que están en el lugar, con el negocio y que trabajan desde pco más de las 7 de la mañana, a veces hasta las 10, las 11 de la noche y si hay movimiento, hasta la 1 de la mañana. Cierran “únicamente cuando tenemos que ir a algún lado, si no, está siempre abierto”. Venden de todo, hasta supergas. “Aquí entra el camión de la Salus, después el resto lo pedimos por teléfono y nos lo traen en forma quincenal. Cuando tenemos que ir a comprar algo, lo hacemos en Rocha que nos queda cerca, aunque San Carlos es en nuestro departamento…

Nos va más o menos, hay competencia, hay un par de negocios muy bien surtidos, es gente más joven”, nos dice la señora con un dejo de resignación pero con una sonrisa en los labios.

Desandamos el camino reflexionando. Si Garzón es posible como lo está demostrando la pericia, el olfato, en definitiva, el know how de Mallmann, perfectamente puede ser posible “el otro país” el que siempre pregonamos que debemos promover, el que no necesita poner en el folleto ni fotos ni textos de sol y playa, el que tiene como valor agregado a su gente, su cultura, su gastronomía, su tradición.

Claro, no tendremos que esperar que Francis vaya a cada lado a crearnos destinos, deberemos creer, invertir y apostar nosotros, aunque debamos, por márquetin, involucrar algún rostro famoso en cada proyecto.