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Carcassonne, la memoria amurallada

Joya medieval, testigo de una de las peores abominaciones religiosas, es pecado no conocerla.

Ya escribimos sobre esta bellísima ciudad (http://viajes.elpais.com.uy/2011/08/20/carcassonne-y-castillos-cataros/) pero todo lo que se insista sobre ella será insuficiente. Así que cuando La Nación, nuestro consocio GDA se ocupó del tema con su proverbial calidad de enfoque, nos apresuramos a reprodeucir el artículo y acompañarlo con fotos disponibles en Google Earth a través de Panoramio.

Por Julio Céliz  | LA NACION

Elsonido de las campanas se filtra dulcemente desde el exterior minutos antes de que suene el frenético despertador del teléfono móvil. No está nada mal un despertar así. Resta correr el pesado cortinado y asomarse al balcón del hotel para regalarse una vista mágica de esta ciudad medieval, todavía con sus lucecitas encendidas. Más allá, en la parte baja, el río Aude, la Bastide Saint-Louis (Ciudad Nueva) y, mucho más lejos, las montañas, que ponen fin a un paisaje de ensueño.

Carcassonne no decepciona. Apenas uno se asoma a la calle aparece, a metros del hotel, la silueta de la basílica Saint Nazaire, de la que se tiene información oficial de su existencia desde 925. Los inicios de la ciudad se remontan al siglo VI, cuando era un enclave galo. Hoy se recorre a pie, entre calles angostas, adoquinadas y detenidas en el tiempo, que ayudan a imaginar cómo era la vida entre caballeros y doncellas.

Tan estrechas son las callejuelas que, por momentos, es necesario imitar costumbres locales: apoyar la espalda en los gruesos muros de piedra y dejar paso a los pocos vehículos autorizados a transitar, ya que el uso de autos particulares está vedado.

Los pobladores permanentes son muy pocos y sienten orgullo de ser de murallas adentro. Pero el encanto de vivir en una ciudad medieval también tiene sus contras: no hay servicios médicos, sólo funcionan dos cajeros automáticos y la oferta educativa está limitada a la escuela primaria La Calandreta, donde se enseña occitano. Si bien esta lengua es usada por una minoría, sobre todo personas mayores, su uso comenzó a revalorizarse en los últimos años, en un esfuerzo por rescatar las raíces más profundas de la región.

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Con 47 vecinos

Philippe Decaud vive cerca de la basílica (en realidad, todo es próximo, a no más de diez o quince cuadras) y es el dueño de Le Senchal Brasserie, un pintoresco local de comidas rápidas. Alto y de mirada celeste, nos recibe junto a la barra de madera, que da pistas de su pasión: está adornada con pelotas de rugby, entre ellas, una con los colores argentinos y la leyenda: Pumas.

Ronda de café de por medio, Philippe abre al diálogo. “Muchas familias prefieren alquilar sus casas a turistas y vivir fuera de las murallas. Es muy rentable. Acá somos pocos vecinos, sólo 47. La vida aquí tiene un encanto único”, asegura Phillipe, que no tarda en invitarnos a conocer la casa de su madre, a metros del local.

Allí, nos recibe una señora mayor, muy amable, que abre su colorido jardín. “Durante la Segunda Guerra Mundial los franceses sacaron los vitrales de la iglesia para que no sean robados por los nazis. Como toda Carcassonne, nuestra casa también fue ocupada por el ejército alemán, que en su retirada arrojó sus armas en los pozos de agua de la ciudad”, explica Philippe, junto a su aljibe, en el jardín, donde hoy sólo reina la paz.

Romanos, visigodos, francos y sarrasenos se disputaron en distintas épocas la ciudad, que formó parte de la convulsionada frontera entre Francia y Aragón. Así se comprenden sus 52 torres y los tres kilómetros concéntricos de doble muralla de La Cité, como también se la conoce, que tuvo un importante restauración en la segunda mitad del siglo XIX y es una de las ciudades medievales mejor conservadas.

Una visita obligada (con reserva previa) es el castillo que el vizconde Bernard Aton Trencavel levantó a principios del siglo XII. También es imprescindible pasar por la Puerta de Narbona, todo un ejemplo de arquitectura militar medieval: tiene dos torres gemelas reforzadas por picos, unidas por un castillete, y un hueco desde donde se lanzaban piedras a los enemigos. También contaba con cisterna y saladero para resistir en caso de intentos prolongados de invasión.

Los tiempos cambiaron y hoy es mucho más simple entrar y salir de La Cité, que todavía conserva el antiguo puente levadizo, que nos remite a los mejores cuentos de leyendas. Del otro lado del río está la Bastide Saint-Louis, con sus 50.000 habitantes. Hasta allí se llega por viejo puente de piedra, de doce arcos, donde en su punto medio se firmaban los tratados de paz que procuraban poner fin a las frecuentes disputas entre ambas ciudades.

La Ciudad Nueva es el centro administrativo, comercial y municipal de Carcassonne. Fue trazada en el siglo XIII en una cuadrícula, alrededor de la plaza Carnot, donde jueves y sábados por la mañana funciona un pintoresco mercado de productos típicos, donde abundan los buenos precios, los aromas y colores intensos, y los turistas de todo el mundo. La estrella de la plaza es la fuente de Neptuno (1770), donde en 1839, durante la fiesta popular por la visita del duque de Orleans, el agua fue reemplazada por ¡vino tinto!

Es que el vino tiene aquí un rol protagónico, sobre todo durante la Fiesta de la Vendimia, que convoca durante tres días (casi siempre el tercer fin de semana de octubre) a más de 3000 personas, medio centenar de bodegas y restaurantes, entre degustaciones y shows musicales en vivo.

La calle George Clemenceau, la principal, conduce apaciblemente hasta el Canal du Midu, una obra excepcional proyectada y realizada por Pierre-Paul Riquet en el siglo XVII para unir el Atlántico con el Mediterráneo.

Por entonces, sirvió para transportar mármol, trigo, vino y correspondencia. Hoy es uno de los puntos turísticos más convocantes: en sus 240 kilómetros se realizan excursiones en embarcaciones a no más de 6 kilómetros por hora. Una marcha lenta, a tono con una ciudad que, en buena hora, no está dispuesta a abandonar su ritmo pausado.

Fiestas con mucha historia
El Festival de Carcassonne se realiza desde el 15 de junio hasta fines de agosto y es uno de los más conocidos del sur de Francia. Convoca a artistas de distintos países en una fiesta de música, ballet y teatro. Otro encuentro relevante se da el 14 de julio (día de la Revolución Francesa), cuando la ciudad medieval se ilumina durante dos horas con un imponente espectáculo de fuegos artificiales lanzados desde el teatro neorromano.

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Cómo llegar:

El pasaje ida y vuelta Buenos Aires-Barcelona por Iberia, desde 1546 dólares, con tasas e impuestos incluidos (dos vuelos diarios). Otra alternativa es a Toulouse (U$S 1553, ida y vuelta), con una frecuencia de doce vuelos semanales. Ambos tienen escala en Madrid ( www.iberia.com.ar ).

Desde esos destinos el tren es una buena opción. La estación de Carcassonne está a metros del centro de la Ciudad Nueva y tiene vista al Canal du Midi. Desde Barcelona se llega en poco más de tres horas, con cambio de formaciones. Desde Toulouse, a 100 km, se demora una hora ( www.raileurope.com.ar ).

Dónde dormir:

Hospedarse en la ciudad medieval tiene un encanto único. En ese caso, el Hôtel De La Cité es el indicado. Fue levantado en 1909 e impacta desde la planta baja, declarada monumento histórico por su decoración, pinturas y muebles. Un detalle: la llave de la habitación es de metal negro, gran porte y muy trabajada. Un souvenir que muchos huéspedes compran antes del adiós ( www.hoteldelacite.com )

El Hotel 111, inaugurado a mediados de 2011 fuera de las murallas, hace foco en el diseño contemporáneo. Su decoración está dominada por el blanco y el negro, y las habitaciones casi no tienen divisiones. Es más: desde las camas es posible observar las bañeras. ¿Un detalle? Todos los teléfonos son anaranjados. Sí, apunta a un público joven y desprejuiciado ( www.hotel111.com ).

Transporte:

De mayo a octubre circulan ómnibus turísticos eléctricos gratuitos que recorren la Ciudad Nueva. En esos meses también circula un trencito que une ambas ciudades, cada hora. ¿El costo? Dos euros (ida) y tres (ida y vuelta). Otra opción es el ómnibus N 4, que une ambas ciudades (1,20 euro).

Comer y beber:

El cassoulet. Es el plato típico. Se trata de un guiso de porotos que lleva tocino (puede incluir la cabeza del cerdo), pimienta, una mezcla de hierbas, laurel, tomillo, puré de tomates y salchichas, entre otros ingredientes. Para acompañarlo, nada mejor que un vino con la denominación de origen Corbiéres o un Minervois.

Tintos y más. Carcassonne, en 1997 declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, Carcassonne está en la región de Languedoc-Rosellón, una de las zonas vitivinícolas más grandes del mundo, considerando la cantidad de productores y la superficie cultivada. Tiene una gran cantidad de cepas debido a su gran diversidad climática.

 

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Canal du Midi, una experiencia diferente e inolvidable. Puede partir de Carcassone

Qué visitar:

En el Canal du Midi hay excursiones que pueden durar hasta 15 días, visitando distintas ciudades de la región. Además hay un circuito por tierra a los castillos medievales cercanos a la ciudad.

La basílica. Al pasar a dominio del reino francés, en el siglo XIII, la ciudad empezó a demolerse. Saint Nazaire no iba a ser la excepción. Sin embargo, la falta de dinero salvó del martillo a la nave y los laterales, únicas áreas del templo que conservan el estilo romanesco original. De la etapa gótica pertenecen el crucero, la cabecera y un coro, que tiene unos llamativos pilares adornados por estatuas esculpidas directamente en las columnas.