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Panamá, estallido de bonanza


Junto con el milenio, Panamá finalmente tomó posesión de su canal. Difícil contener los millones que riegan a un país largamente postergado.

La primera vez que fui al bello país, el canal era todavía estadounidense y la ciudad opaca, sin demasiado mérito. Tuve la suerte de ir tres veces más y cada vez que llegaba me parecía una ciudad distinta; los rascacielos crecían como hongos junto con los buenos restaurantes. La gente estaba más alegre y elegante.
Uno cree que, aparte de ir a ver el Canal, poco más hay para hacer en Panamá, pero Teresa Bausili enviada especial de nuestro socio GDA La Nación nos revela algunas de las muchas cosas, sin perjuicio que también los servicios turísticos panameños están en eclosión.

Por mi parte, agrego dos fotos de una incursión en piragua que me animé a hacer porque alguien en el hotel me lo sugirió. Fue una hora y media navegando por los lagos que alimentan el mecanismo del canal, pero también forman parte de la selva cerrada del Darien. Allí hay indígenas que sin perder su identidad, se benefician de los viajeros que les arrima el turismo. No les vayas con espejitos de colores, pues se te reirán en la cara, pero aceptan dólares y euros.

Ahora sí, y textual, la nota de Teresa Bausili:

Pregunte a cualquiera qué sabe de Panamá y, nueve sobre diez, le mencionarán el canal. Algunos tal vez evoquen a Noriega, ex dictador que en los últimos días volvió a cobrar un relativo protagonismo por su extradición a Francia. Sin desconocer el enorme potencial turístico del paso entre inter océanico, el país que fue colonia española, provincia colombiana y protectorado estadounidense, ahora apuesta por reforzar su propia identidad. Y esto incluye difundir sus otros atractivos, desde las playas repartidas en dos costas hasta las llanuras húmedas, los bosques montañosos, los monumentos históricos o los shoppings de última generación.

Y, por lo que cuentan desde la Secretaría de Turismo, parece que no le va nada mal. Un millón y medio de turistas visita anualmente este país estrecho con forma de s recostada -el más angosto de América-, cifra con la que ni soñaban hace una década. “Durante años estuvimos bajo la bota yanqui, en letargo total, pero ahora despertamos”, ilustra un funcionario mientras se mete una caramañola (especie de croqueta rellena de queso blanco, guiso de tomate y plátano maduro) de lleno en la boca.
La bota yanqui, por si caben dudas, son los 85 años (1914-1999) en los que Estados Unidos administró el Canal de Panamá. El antiguo cinturón militar que ciñe el cruce entre los océanos está formado por bases, oficinas administrativas, escuelas y residencias que poco a poco se van recuperando como colegios y hoteles.

Pero de la presencia norteamericana quedan aún unos cuantos legados, con la economía dolarizada como el más notable. Las personas también se pesan en libras, la nafta se vende en galones, el auto se parquea o si algo es lindo, entonces será priti (del inglés pretty). Después están los típicos ómnibus escolares estadounidenses -como el que conduce el alocado Otto, de Los Simpson -, pero que aquí se pintaron con colores vivos y se llenaron de frases del tipo Jesús te ama , Janeth, pedacito de mi cielo o Titanic, una leyenda . Pintorescos y folklóricos como son, estos vehículos se conocen como Diablos Rojos por la cantidad de accidentes que han provocado en las atestadas calles de la ciudad.

Por si faltaran nombres originales (Dayanis, Osiris, Josamel, Shajaira, son apenas una mínima muestra de los que se cruzaron en el camino) se agregan otros como Uandolar (one dollar, y es de hombre) o localidades como la de Arraiján. Cuentan que esta última está frente a la zona canalera que solía pertenecer a los norteamericanos. Y éstos, cuando daban las indicaciones para llegar a la mencionada localidad, subrayaban la necesidad de tomar a right hand (a mano derecha). Y así fue como a right hand pasó a ser Arraiján, y Arraiján quedó nomás.

Anécdotas aparte, a la moderna ciudad de Panamá se la conoce como la Ciudad de los Rascacielos por la cantidad de torres que trepan al cielo y compiten en altura y espectacularidad. Lo llamativo es que el boom de la construcción explotó en los últimos años, mezcla de un paquete de beneficios fiscales para atraer multinacionales y del hecho de que, antes de 1999, la ciudad no podía crecer hacia las llamadas áreas revertidas, las zonas boscosas del canal. Ahora, hasta Donald Trump ha invertido en los millonarios desarrollos inmobiliarios, despachándose con un hotel de 62 pisos y forma de velero, muy al estilo del Burj Al-Arab, de Dubai.

La avenida Balboa, que discurre paralela al océano Pacífico, la nueva Costa del Este (con terrenos ganados al mar) o la avenida España, centro financiero de la capital, son el exponente de la Panamá moderna y cosmopolita, la misma que se precia de ser la meca imbatible del shopping.

 

La otra cara de Panamá está en las huellas de su pasado precolombino y colonial, resguardadas en el casco antiguo de la ciudad. Porque los primeros en desembarcar en estas latitudes fueron los españoles, que no perdieron tiempo y fundaron ciudades como Portobelo o la misma Panamá, en 1519. Esta última, cuna de los tesoros de la corona española, fue saqueada y destruida por el pirata Henry Morgan en 1671. Hoy apenas quedan en pie los restos de la catedral, las casas del clérigo y un puñado de ruinas -conjunto monumental histórico que se conoce como Panamá La Vieja-, todo en medio de una vegetación espesa y tropical, a 8 km de Panamá city.

Por suerte, el fantástico altar recubierto en oro fue salvado de la rapiña de los piratas y trasladado a lo que hoy es el casco antiguo, donde se reconstruyó la nueva ciudad. Allí, las estrechas calles empedradas, fachadas coloniales y balcones de hierro forjado conviven con ropa que cuelga de las ventanas, vecinas de ruleros que escuchan reggaeton a todo volumen, peluquerías improvisadas en medio de una vereda o indias kuna que venden sus coloridos tejidos (las molas, consideradas unas de las más sofisticadas artesanías en América latina).

El gobierno emprendió hace poco la restauración del barrio, empezando por los edificios cercanos al parque Mayor y al Palacio de las Garzas, residencia presidencial. Al mismo tiempo, los conventos dilapidados se reconvierten en lofts, en los viejos edificios militares se instalan tiendas y restaurantes, y las antiguas casonas se transforman en hoteles boutique.

¿La próxima Costa Rica?
Los emprendimientos inmobiliarios no son exclusivos de la ciudad. A medida que la ruta deja atrás la maraña de torres espejadas comienzan a asomar los cartelones que anuncian la construcción de tal o cual condominio, todos con nombres similares como Villas del Pacífico, Ocean View, View Bay, Vista Mar…

Hay quienes se aventuran a decir que Panamá se encamina a ser la nueva Costa Rica, donde los mega-hotels y resorts se adueñaron de ciertas provincias sobre el Pacífico.
La diferencia es que en Panamá aún persisten comarcas indígenas como las de Kuna Yala, Emberá y Ngöbe-Buglé, territorios semiautónomos donde las construcciones a gran escala están prohibidísimas. Sí se promueve, en cambio, el turismo ecológico y el alojamiento en cabañas que administran las mismas comunidades.

Porque antes que los españoles, los estadounidenses, el canal, los rascacielos o Noriega estuvieron ellos, los nativos, los mismos que bautizaron a estas tierras rebosantes de naturaleza como Panamá. Que no significa otra cosa, en lengua indígena, que abundancia de peces, árboles y mariposas .

 

 


El atajo

Los pasajeros saludan, el público aplaude, más de uno se emociona. El espectáculo se repite varias veces al día, todos los días del año, cada vez que un barco o un crucero atraviesa el Canal de Panamá (tarda de 8 a 10 horas). “Hasta aquí han llegado personas cuyo sueño en la vida era conocer este icono. Y han llorado al verlo operando”, cuenta Dazzel Marshall, de la Oficina de Comunicaciones del canal, que no se cansa de repetir las cifras que lógicamente conoce de memoria. Y hasta las cita con orgullo: por año cruzan el canal más de 14.000 barcos, o entre 35 a 40 por día, llegando a pagar hasta 300.000 dólares de derecho de paso (aunque el promedio es de 90.000. Y atención, porque en 1928 un hombre cruzó los 80 km a nado, pagando apenas 28 centavos de peaje ).

Hasta 1999, cuando el canal era administrado por Estados Unidos, los ingresos eran destinados exclusivamente a su mantenimiento. Hoy, ya en manos panameñas, lo que prima son los fines de lucro. Por eso, con la construcción del tercer juego de esclusas (que estará listo en 2014, con una inversión de 5250 millones de dólares), el gobierno pretende mantener aceitada una máquina de dinero que le depara la tercera parte de su PBI.
“Las esclusas son como ascensores de agua, mientras el canal es como un gigantesco puente de agua”, ilustra Marshall, para simplificar la explicación sobre el funcionamiento de las esclusas, que gradualmente bajan los barcos del Atlántico al Pacífico y viceversa, ya que hay un desnivel de 26 metros entre las aguas de ambos mares.
Así, lo que comenzó siendo el sueño del emperador Carlos V y la pesadilla del ingeniero francés Ferdinand de Lesseps (que fracasó después de 20 años de obra), se convirtió en una realidad a principios del siglo XX, de la mano de Estados Unidos. Esta titánica obra de ingeniería consiguió unir dos océanos tras diez años de construcción, 352 millones de dólares de inversión y 25.000 vidas sesgadas por la malaria, la peste y la fiebre amarilla. “Ya lo saben: el que no visitó el canal, entonces nunca estuvo en Panamá”, se despide Marshall.

 
Radiografía del turista

Los europeos buscan ecoturismo, playas y naturaleza; los norteamericanos, buenos resorts, restaurantes y pesca; los sudamericanos, shopping; los asiáticos, casinos y también compras al por mayor (en la zona franca de Colón). A rasgos generales, ése es el perfil de visitantes que recibe Panamá, aunque también el turismo de salud atrae multitudes. Implantes dentales, cirugías plásticas y cardiología son algunas de las especialidades más solicitadas por europeos y norteamericanos. De paso, éstos tantean el terreno para venir a pasar sus últimos años a estas tierras. No por nada la publicación estadounidense International Living nombró a Panamá, por séptimo año consecutivo, como uno de los cinco mejores lugares del mundo para retirarse.

Con permiso del cacique
Así como la ciudad de Panamá impacta por su extenso perfil de acero y hormigón, no menos sorpresivo es pasar, en cuestión de minutos, al oasis de verde profundo y por momentos montañoso que abraza al resto del país. Trece parques nacionales, ocho reservas forestales y una veintena de zonas protegidas son el hogar de más de mil especies de mariposas, 927 de aves (tantas como Estados Unidos y Canadá juntos) y 1200 de orquídeas. La frondosa provincia de Darién, en el límite con Colombia, es la zona más salvaje de Panamá, además de la única sección de América Central que no es atravesada por la Carretera Panamericana. Alberga inmensas áreas de selva virgen y pueblos indígenas que han vivido de la misma forma durante siglos.

Otro territorio atemporal y políticamente independiente dentro de las fronteras de Panamá es la reserva Kuna Yala, de los indios kuna, también conocida como San Blas (cuenta desde 1925 con autoridades y leyes propias). La comarca abarca 365 islas (sí, una por cada día del año) en las aguas turquesas del Caribe, pero sólo 49 están habitadas. Si bien en los últimos años se ha convertido en un destino cada vez más popular, el turismo a las islas está estrictamente limitado, y los visitantes deben pedir permiso al cacique para poder pasar la noche. Aunque el turismo significa una fuente de ingreso, los kunas son en gran parte autosuficientes y tienen interacción limitada con el mundo moderno . Los cocos, de hecho, son usados como un tipo de moneda entre ellos. Y más vale no intentar llevarse uno de alguna isla aparentemente deshabitada, porque estos frutos son protegidos de cerca.

DATOS UTILES Cómo llegar
Copa Airlines tiene vuelos directos diarios entre Buenos Aires y Panamá, a partir de US$ 1090 (con impuestos) ida y vuelta. 0810-222-2672; www.copaair.com
Atención con quedarse al menos un día en Panamá, centro de conexión obligado para muchos vuelos por América central.
El canal
•    La entrada para visitar la esclusa de Miraflores del Canal de Panamá es de US$ 8. Incluye el acceso al Centro de Visitantes y sus cuatro salas de exhibición.
Los barcos construidos pensando en el canal, cuyas medidas son de 33,5 m de manga y 305 de eslora, se conocen como Panamax. Los que se construyen en función de las nuevas esclusas, y que podrán tener 49 metros de manga y 366 de eslora, son los Post Panamax.
•    Se puede cruzar también de océano a océano en tren, en el Panamá Canal Railway, de lunes a viernes, por US$ 22 el tramo (son 55 minutos).
Dónde dormir
•    A 110 km de la ciudad de Panamá, el Breezes Resort & Spa ofrece un servicio súper all inclusive desde US$ 135 por persona, por noche, en habitación base doble. Informes: 4893-3003; reservas@gosuperclub.com.ar; www.breezes.com
En internet
•    www.atp.gob.pa