ir arriba
Uruguay

America del Sur

America del Norte y Central

Europa

Africa

Asia

Oceania

Destacado

Home » Europa

Costas italianas (1): rumbo a la Costa Azul.

147182_43922506826151

No es lo mismo ir a Europa sin saber si podrás volver; que regresar distendido por tercera o cuarta… sabiendo que podés repetir.

Por más cumbia villera y despotismos tropicales que nos quieran hacer tragar para mimetizarnos en otra identidad, los uruguayos tenemos esa cosa de europeos de cuarta generación que sueña con regresar a la patria continental. El resto del mundo tendrá lo suyo, pero Europa es Europa.

Estas son las líneas que le descubrí en facebook a mi amiga Florencia tras el reciente viaje que hizo desde Estados Unidos donde vive, a Milán primero y de ahí a través de la Toscana  Umbría, a todos los pueblitos que soñaron… y a algunos que se les atravesaron por el camino. Siempre buscando la costa, dada la temporada. Ella lo escribió como una ayuda-memoria, para que estos tesoros vivenciales no se escapen… pero escribe tan bien, cuela tan inspiradamente toda esa culturina yorugua que todavía nos queda, que conforma un relato a modo coloquial que me pareció imperdible. Eso sí… mi Florencia viajera no encaja en esa frecuente e inexplicable ambiguedad de republicanos independizados hace tantos años… pero con un matiz monárquico alimentado por las páginas de sociales y la tilinguería universal.

Le pedí dividiera el relato en tres tramos, para que el lector no se nos canse y ella nos agregó algunos detalles que ayudan a entender el decurso de una aventura imborrable, como cuando “nos encontramos con la pareja de amigos en Sant’Agnello, caminando a 20 minutos de Sorrento. El lugar no fue elegido por pintoresco sino por el precio, pero resultó muy buena elección porque Sorrento en sí misma esta atiborrada de turistas y pierde un poco la gracia. Cuando habiamos ido hace 10 años, era otra cosa”.

67071794_10219882855318673_7458536525723074560_o

Acá los tenés, Gonzalo y Florencia… te permiten ir con ellos y papar los mismos vinos, quesos y fiambres saboreados bajo limoneros

“Con los amigos alquilamos un gomon, un día recorrimos en auto la costiera y otro fuimos al Vesubio. De noche salíamos a cenar o hacíamos una picada, comprada por nosotros mismos en la salumeria de Ambrogio, abajo de los limoneros en el patio del hotel. El encargado, es un fenómeno. La habitación no tenía frigobar, así que él nos mantenía el stock de vinos, quesos y embutidos bien refrigerado”.

O dicho de otra manera, podés ir a Europa a la apurada (a veces no hay otro remedio) o podés tener la suerte de hacerlo con calma y regresar en busca de los detalles, mirando lo que miraban  nuestros abuelos y comiendo y bebiendo quizás hasta en la misma mesa. Aunque fuera una historia familiar totalmente inventada. Ahora sí, el primer reporte de Florencia:

—————————

Imagen de previsualización de YouTube

 Por gentileza de Florencia Cornú

El viaje empezó el domingo en Milán y seguimos rumbo a Santo Stefano al Mare, cerca de San Remo. Llegamos en la nochecita y apenas pudimos caminar por una preciosa rambla hasta el restaurant recomendado, a comer las famosas anchoas fritas y un pulpito. La noche era preciosa, había fiesta en la calle y se sentía el ritmo del pueblo, los niños que jugaban, las señoras sentadas en la plaza mirando el verano pasar.

Al día siguiente salimos por la costa vía San Remo, disfrutando de nuestras primeras vistas desde la carretera serpenteante. Así llegamos a Eze, en Francia, un pueblito medieval en lo alto de la montaña. Desayunamos abajo, mirando el campanario y emprendimos la subida a pie. El lugar parece sacado de un cuento y, al llegar arriba, junto a un jardín de cactus, suculentas inmensas y otras plantas exóticas, esperan unas inigualables vistas de ese pedazo de Costa Azul.

Luego emprendimos rumbo a Mónaco y al llegar entramos en el tránsito caótico de Monte Carlo. El objetivo de la visita era conocer el famoso casino del hotel Paris y, ya que andábamos en la vuelta, cholulear un poco por esos paisajes. Estacionar en Monte Carlo no es sencillo ni barato. Pese a que está lleno de estacionamientos públicos muy bien señalizados, también está lleno de autos buscando lugar. Algunos, super ultra recontra lujosos y otros, como el nuestro, llenos de curiosos en Peugeotitos. casino montecarlo

Finalmente estacionamos y pudimos entrar al casino que, al afecto a estas actividades de la familia le resultó – excuse my french – una bichera. Exageraciones. Es todo muy coqueto, como era de esperar. Mientras el probaba suerte con el azar, yo recorría y miraba techos, oropeles, espejos, las canillas del baño y hasta las tacitas del bar donde me tomé el café y en el que Janice me contó que vive en Niza y viaja todos los días, como todos los que trabajan en Mónaco, que no pueden permitirse los precios inflados de la burbuja inmobiliaria de los Grimaldi.

El lugar me resultó, como suele suceder, más chico y menos espectacular que lo que aparece en las películas. Del otro lado hay una explanada que se llama Princesa Grace, con fotos de la princesa Grace inaugurando el Fairmont Hotel que está pegado y que, que me perdonen los monagescos, es un adefesio arquitectónico que para moderno quedó viejo y para viejo le faltan 200 años. O sea, un mamarracho. Las cosas en Mónaco son como en aquella canción de Schussheim del General Duval: o se llaman Princesa Grace o se llaman Rainiero III, no hay tutía. Parte dos de la visita, el castillo del principado al que llegamos en un bondi que nos dejó cerca de la Catedral. Habernos ahorrado la caminata por dos módicos euros, fue lo único que encontré barato por esos lares.

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERA

Impulsada por el espíritu de la abuela Catita, que vivía adentro de una revista HOLA y se conocía vida, obra y milagros de la realeza europea, arrancamos hacia la Catedral donde la hermosa Grace Kelly se convirtió en Princesa Gratia Patricia y donde está enterrada al lado de Rainiero. La catedral no es muy grande, pero yo esperaba encontrar la tumba fácilmente asumiendo grandes ornamentos. Pues no, apenas una orquídea y unas rosas blancas. Me acerqué lo suficiente a las de Rainiero, a la derecha de Grace para constatar que las flores –perdónalos abuela Catita- eran de tela. Un hereje el Alberto.

Hablando de Alberto, por todos los comercios del casco antiguo uno ve pegada una foto de la familia, no sé cómo se dirá, si principesca o principal: el Beto, los nenitos y la esposa, que en todas sale con cara de secuestrada. Y ahí me acordé de los titulares sensacionalistas de las revistas de los supermercados que decían que la campeona de natación había querido salir rajando de la Rochelle y la atajaron. Es que la cosa de la sucesión no es moco de pavo: si no hay heredero el principado se convierte en un protectorado de Francia y debe haber más de un curro que se termina. Los líos sucesorios fueron los que pusieron a Rainiero en el trono: la madre de Rainiero era una hija no reconocida del Príncipe Louis y una bailarina de cabaré. Como no tenía otros hijos y no querían que el trono fuera a parar a otra ala de la familia que era de ascendencia alemana, hicieron que Louis la adoptara.

Sin título

Pero la adopción no les quedó muy prolija porque se apuraron un cachitín y Louis no tenía aún 50 años, que era un requisito del Código Civil de la época. Después casaron a Charlotte, que tuvo dos hijos, un matrimonio infeliz y un divorció y se fue a vivir con un doctor italiano. Le perdonaron el desliz porque, después de todo, había hecho lo que tenía que hacer: darle un heredero al trono. Cuando se acercaba la fecha de vencimiento de Louis, el run run por la sucesión empezó de nuevo con aquellos parientes que se sentían con más derecho: ¿quién no tiene entre la parentela un duque despechado? A cualquiera le pasa.

Para cortar por lo sano, Charlotte renunció a sus derechos sucesorios al cumplir Rainiero 21 años y así empezaron nuestros Grimaldi contemporáneos. Pero la parte interesante de la historia es que la mujer después estudió trabajo social y usó una de sus propiedades en Francia, el Chateau de Marchais, para crear un centro de rehabilitación para exconvictos. No pude confirmar si sigue existiendo, pero calculá que si Albertito le pone flores de tela a los padres, es capaz de haberlo cerrado. No hay caso, el pinta no me cae. Cuando allá por el 1297 Francois Grimaldi, alias Malizia, se disfrazó de fraile para entrar a Mónaco y tomar la fortaleza, no se pudo haber imaginado el lío que estaba armando.

Imagen de previsualización de YouTube

Luego bajamos caminando, parando en las barandas para observar la impresionante vista de la marina a la derecha y los balconcitos pintorescos a la izquierda. Atravesamos el puerto entre suntuosos yates, casi todos embanderados en paraísos fiscales. Siempre me pregunto qué necesidad tienen algunos ricos de ser tan miserables. Dos embarcaciones nos llamaron la atención: la de Roberto Cavalli, un yate todo negro que tenía una cubierta con poltronas animal print, jarrones antiguos con flores, un cuadro con marco dorado…la definición misma de lo kitsch, por no decir un auténtico esperpento. Después nos paramos frente a otros, curiosos porque a la salida del barco había un Rolls Royce estacionado de puerta abierta y un movimiento como nervioso de los trabajadores de la marina. Uno de ellos se agachó a recoger algo en el barco y empuñó lo que, a la distancia y después de tantas películas, parecía un rifle.

Casi me caigo al agua del julepe, pero no, era un paraguas negro para esperar a un viejito de saco azul de lino, calzado con championes negros con velcro que no le pegaban ni un poquito. Google mediante, supimos que el señor era un millonario libanés que se ve que vive por la zona y que tiene abundantes fotos con el Príncipe realtor y la princesa secuestrada.

Por recomendación de Maurizio y Elena, nos fuimos de Mónaco a cenar mejillones a la provenzal a Menton, un balneario francés de dimensiones más humanas, con una preciosa rambla. Caminamos un poquito y volvimos a Santo Stefano al Mare, prontos para emprender el recorrido por la Riviera del Ponente rumbo a la Riviera del Levante al día siguiente.