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Una manera estrafalaria de derrochar una herencia

El yate Savarona no solo es descomunal, ta mbién tiene una historia muy intrincada.

Ya debería haberse convertido en museo pues así lo dispuso el gobierno de Turquía, pero los 300.000 euros semanales que algunos inidentificados ricachones están dispuestos a pagar para alquilarlo, demoran un destino que será más popular, pero seguramente también más aburrido. La cuestión es que el yate Savarona pasa de un escándalo a otro escándalo desde que comenzó a navegar en 1929.

Lo había mandado construir en pleno crack de 1929,  la norteamericana Emily Roebling Cadwallader, heredera de la familia que construyó el puente de Brooklyn, según relata un artículo ya de por sí bastante escandaloso, de la revista Vanity Fair (http://www.revistavanityfair.es/articulos/el-yate-savarona-glamour-politica-estrellas-y-proxenetismo-en-la-borda/17770 ).

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Sin ningún pudor, mientras las familias norteamericanas padecían su peor momento económico, la heredera despilfarró cuatro millones de dólares en un yate que encomendó a los astilleros alemanes Blohm+Voss, lo cual ya era otro desplante, pero por otras razones. Lo que no tuvo en cuenta Emily, era que Estados Unidos había impuesto aranceles de importación por el doble de lo que costaban los productos ingresados, de manera que para evitar esos otros ocho millones de dólares de costo, el yate permanecía en puertos extranjeros. ¡Pensar que ahora los estadounidenses hacen un escándalo si otro país practica proteccionismo con sus excedentes!

La heredera Emily Roebling Cadwallader y Kemal Ataturk en el yate de sus sueños.

Pues bien, ¿cuánto le duró la herencia a Emily? En 1938 ya estaba bastante apremiada y aceptó una oferta de risa por su yate: un millón de dólares. Téngase en cuenta que diez años antes el dólar valía mucho más y se llega a la conclusión de que el gobierno turco (¡mirá quienes para hacer negocios!) hizo una compra muy conveniente. Naturalmente que un gobierno, turco o de donde sea, no necesita un semejante yate entre sus activos. Pero éste era un caso muy especial.

Por ese entonces, recuerda Vanity Fair, Mustafá Kemal Atatürk estaba gravemente enfermo y Turquía consideraba que tenía una deuda de gratitud con quien consideran el fundador de la nueva patria, tras rescatarla de las cenizas del imperio Otomano. (Por favor, que no se me ofendan mis amigos armenios, es una descripción, no es un juicio de valor). Don Mustafá es entonces el héroe nacional de Turquía y su primer presidente; más aún, es el inventor de los apellidos en aquél país, pues antes de su gobierno los turcos solo se identificaban con su nombre de pila, al que se agregaba otro nombre de pila, su ciudad natal o su ocupación. Flor de lío y un problemón para editar guías telefónicas.

Bueno, resulta que entre guerra y guerra y decretazo más decretazo, a don Kemal lo habían invitado a navegar unos días por el mar Egeo, al final de los cuales quedó perdidamente enamorado de este yate de 136 metros de eslora. Curiosamente, el yate tuvo una historia azarosa, pero el nombre de “Savarona” con que lo había bautizado Emily, jamás cambió.

A Kemal le gustó el regalito. Lo esperó en el muelle, se subió a bordo y nadie lo pudo hacer bajar hasta que tuvo que hospitalizarse. Y en el hospital donde agonizaba, pidió una habitación con vista al Bósforo, desde donde veía a su adorado yate.

A su muerte, cuenta Vanity Fair, quedó como propiedad estatal y no navegó hasta 1951, cuando la armada turca lo convirtió en buque escuela durante tres décadas. Un incendio casi termina con él, pero el armador Kahraman Sadikoblu lo rescató, alquilándolo con un contrato por 49 años. En tres años y 25 millones de dólares después, el yate había recuperado su esplendor… pero ahora era un yate de alquiler con 17 suites para un máximo de 34 pasajeros y una tripulación de 44 marinos.

Su interior es suntuoso, describe la revista: está decorado con kilims, estatuas de bronce, una espectacular escalera central e incluso un “hamam” de mármol a imitación de los baños de Estambul. También se conservan, como reliquias, numerosos recuerdos personales del llamado “padre de Turquía”. Los precios por disfrutar de este barco eran acordes a su espectacularidad, superando los 350.000 dólares semanales, con lo que los propietarios temporales del Savarona siempre han sido celebridades de bolsillo desahogado como el Príncipe Carlos de Inglaterra, Sharon Stone, el Sultan de Brunei, Nicole Kidman en su etapa junto a Tom Cruise, Hugh Grant o, más frecuentemente, simples millonarios anónimos.

Todo sería medio extraño, pero funcional. Sadikioblu hacía negocio y el gobierno turco se había librado de un problema económico. Pero en medio del Festival de Cannes de 2007 a la gendarmería francesa se le ocurrió hacer un allanamiento, descubriendo una red de proxenetismo que sacudió los cimientos de varias familias encumbradas de Kuwait, Arabia Saudí y Libia. En el 2010 tuvo otro allanamiento, esta vez a cargo de gendarmes turcos, quienes detuvieron a 15 mujeres y 6 hombres, nuevamente por prostitución, esta vez con menores y todavía más escandaloso, con espionaje militar incluido.

La opinión pública turca ardía de indignación, pues se había mancillado la memoria de su héroe nacional. De manera que rescindieron el contrato con el armador y transfirieron la nave al Ministerio de Cultura para transformarlo en museo flotante.

Todo muy lindo… en la letra. Porque en la realidad, los catálogos náuticos continuaron ofreciendo el yate hasta este año y de hecho, dice Vanity Fair, se lo vio fondeado nuevamente en las aguas de Cannes y en la Costa Azul seguramente a ese costo de 300.000 euros semanales. De hecho, en la Wikipedia se sostiene que continúa en manos de Sadikoglu hasta el 2038.

Extravagante, pero poco

Si lo construyeran hoy, el Savarona costaría unos 57 millones de dólares. Lo cual es una minucia comparado con el yate Eclipse del magnate ruso Román Abramovich, cuyo valor la Wikipedia lo estima en unos 485 millones de dólares. Este otro yate tiene 170 metros de eslora, muy por encima de los 136 del Savarona. Curiosamente, lo construyó el mismo astillero alemán de Blohm+Voss y fue entregado en 2010.

Este sí es el yate más grande y más costoso del mundo, superando por 11 metros al anterior yate más lago que pertenece a Mohammed bin Rashid Al Maktoum, el gobernante de Dubai. Nunca vimos nada parecido en el puertito del Buceo, aunque un yate gigantesco visitó Punta del Este el verano pasado. No nos cabe en la cabeza que a un uruguayo se le ocurra semejante extravagancia… pero quizás solo hay que esperar a que continúe esta racha de imitación de todo lo reprobable que hay afuera.

Igual que el Savarona, tiene helipuerto, en este caso dos. Y hasta un minisubmarino que se puede sumergir a 50 metros, no se entiende para qué salvo que sea para eludir un allanamiento. El Savarona tiene tres cañones como método de defensa, pero el Eclipse tiene un sistema de defensa antimisiles. Sumale piscinas, yacuzzis, teatros, restaurantes y la mar en un frasquito con el agregado de tantos metros de largo imprescindibles para alojar a los 70 marinos que demanda el mantenimiento de esta barbaridad.

De hecho, el Savarona es apenas el noveno entre la lista de yates más grandes del mundo (http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Yates_m%C3%A1s_grandes_por_longitud)

¿Podrás creer que no es el único yate de Abramovich? Según la Wikipedia tiene otros tres, el Pelorus, Sussurro y Ecstasea, lujosísimos por supuesto. Tenía un cuarto “Le Grand Bleu”, pero se lo regaló a su socio y amigo Eugene Shvidler en junio del 2006. ¡Las cosas que pasan luego de tantos años privados de propiedad privada! Tomá el ejemplo, vos amarrete, que deberías estar pensando en los regalos de Navidad.

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Ahora ¡resulta que hay otro yate más largo que el de Abramovich! Van a terminar construyendo puentes, en lugar de yates.

 

Guillermo Pérez Rossel