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Pobres porteños que tienen el río al revés

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¡Qué sabe el resto de la humanidad de la fortuna que es tener un país donde el sol se  recuesta en el mar cada noche, en medio de una orgía de arreboles! En el mar dije, porque ocaso hay en todos lados, pero ninguno como los que produce un horizonte marino.

El festival comienza por el Este, quizás antes de José Ignacio, se continúa en Casapueblo, hace una pausa en la rambla de Atlántida y antes de escaparse definitivamente por la empedrada Colonia del Sacramento sobre el río, hace una esplendorosa parada en Plaza Virgilio. Te contaré de una que no tiene parangón: la costa de la laguna Negra llegando por la entrada del Parque de Santa Teresa y recostándose a unas extrañas rocas que hay en la orilla. Esta es la sellada de nuestro paisito; pero la de la Plaza Virgilio la tenemos cerquita y es maravillosa. ¡Pobres porteños que tienen el río al revés y no son madrugadores! Pero, claro, los argentinos  tienen otras cosas como las cataratas, o como los glaciares, porque a la naturaleza hay que reconocerle cierto criterio de justicia al repartir los paisajes.

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En fin, en esa Punta Gorda que es una cuchillita rocosa con vocación marina felizmente parquizada, tenían los charrúas un taller de lapidado donde construían bolas para las boleadoras, rompecabezas para sus martillos de guerra, puntas de flecha y de lanza. Cuando yo era niño y andaba por ahí, en muchas casas de veraneo ya transformadas en hogares, había pequeñas colecciones de estos objetos históricos que solo valían como curiosidades, de tantos que se encontraban. Con un poco más de empeño, los hallazgos podían incluir vestigios de la presencia de los ingleses, que allí desembarcaron con la intención de invadir Montevideo, razón por la cual mi querida playita se llama De los Ingleses.

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Camilo Antoria nos regala una puesta de sol seguida de una noche de luna llena, un atracón de paisaje.

PLAZA-VIRGILIO

Ya mayorcito, haciendo como si fuera periodista en el diario El País, recuerdo con qué orgullo el vasco Aguerrebere, (que había sido “cablero” y luego publicista), le decía a todo el mundo que el nombre de “La curva del ensueño” lo había inventado él, a pedido de Everli Rodríguez, por ese entonces dueño del Hotel Oceanía, el restaurante Makao y la boite New York-New York. Los locales eran poco difundidos y la construcción había interrumpido su función hotelera algunos años antes para albergar recatadas monjas antes de acoger a aquellas montevideanas de los años 60 que meneaban la pata con las primeras minifaldas (más bien las segundas, porque en los años 20 hacían polleras con pañuelitos). Hoy apunta a apartamentos de lujo para ricachos amantes de la mejor vista de Montevideo.

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Pero la construcción había nacido como hotel en 1937 como lucida obra de Bello & Reboratti. Fueron los avatares cambiarios, revolucionarios y económicos que sacudieron la zona durante la Guerra Fría, cuando ya habíamos dilapidado la bonanza que nos produjo la Segunda Guerra, lo que produjo la caída del hotel. Y fue la agudeza y audacia de Everli, lo que lo empujó a recrear esa magnífica construcción en el mejor lugar de Montevideo. “El restaurante es un lujo y la vista soberbia”, le dije una noche… “pero la comida es siniestra. ¡Tenés que cambiar de cocinero!” “ No puedo me confesó Eberli, el cocinero es mi mamá”. ¡Te juro que es cierto! Como remate de esta anécdota, la última vez que lo vi, me confesó que había vendido todo y se había concentrado en un restaurante en Carrasco. “Los años pesan”, me dijo entrecerrando los ojos como es su costumbre.

Sin título

Bien no es el hotel sino la Plaza Virgilio lo que nos trae hasta acá. La Curva del Ensueño (que debería continuar llamándose así) era la parte de la rambla República de México que en lugar de segur la cortada de Coimbra hacia la cumbre en la Av. General Paz, se abre camino entre la roca y desemboca del otro lado de la punta. Lo que queda encima es nuestra plaza Virgilio y casi todas esas residencias con maravillosa vista “al mar” como decimos los montevideanos con agrande cartográfico digno de mejor causa, también tienen frente por las calles Mar Ártico y Mar Antártico, gracias al feliz nomenclátor que caracteriza la zona. La calle intermedia, se denomina Mar Mediterráneo, con lo que para un enamorado del mar como mis hijas y yo, este es nuestro lugar en el mundo. Todo eso es lo que se denomina Punta Gorda.

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Y la Plaza Virgilio se llama oficialmente Plaza de la Armada… pero eso es algo que no nos entra en la cabeza a los que anduvimos correteando por allí, quizás dando nuestros primeros besos… porque también es un besódromo discreto. Discreto dije, besitos y alguna caricia hasta el borde mismo de la lujuria, pero nada más; nunca fue un lupanar al aire libre… pero no podría garantizar que siga siendo un lugar seguro de noche como lo era antes. En cuanto a las parejas, no puedo poner las manos en el fuego por nadie, sobre todo las manos.

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Te van a llamar la atención los árboles, todos como agachados, peinados para atrás como Gardel, de tanto capear sudestadas, pamperos y hasta esa virazón que cada noche sopla hacia la costa, como bien sabemos los que hemos navegado canoas en estas mismas aguas. Desde ahí arriba, esperando el ocaso, mis ojos siempre buscaban nuestro “Puerto Piojo”, una bajada casera tallada por los dueños de chalanas de pescadores que preferían este lugar quizás porque era más resguardado, o porque en algún tiempo tuvieron algún ranchito en el lugar. Nosotros aprovechábamos para recalar con nuestras canadienses (a los kayaks solo los veíamos en documentales) y mirar embobados las dos estupendas casas en la rambla, justo a la entrada de la curva, que habían sido premios de concursos de Jabón Bao. ¡Y después dicen que el marketing se inventó ahora!

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Tiraron abajo a una de esas casas, posiblemente la otra también cayó; una lástima podrían ser un monumento a la publicidad. Algunas de las gruesas pastillas de jabón Bao traían adentro una capsulita con un premio para quien lo encontrara. Había máquinas de coser, radios (que valían más que los televisores de ahora) y otros premios menores; pero el premio mayor, dos años seguidos (1951 y 1952, según leí alguna vez), fueron estas casas. Y los camiones de reparto de jabones, andaban con parlantes por los barrios poniendo excitada a la gente, con riesgo de chocar con los camiones de Coral y la Salteña o los de hielo del Frigorífico Modelo.

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Esta es la Plaza Virgilio, ni más ni menos, según TV Ciudad

En otra casa más adelante, encumbrada entre las rocas, con aspecto de fantasmagórico palacio normando, vivía mi amigo Hormaeche, ocasional compañero de Educación Física, inventor y  “buzo” improvisado contratado por la policía, miembro de una familia asombrosa. Era otra de esas casas con salida a Mar Artico. Recuerdo al padre que saludaba con una mano sin distraer la mirada de su partida de ajedrez, quizás la misma comenzada anteayer. La madre era encantadora, su hermano también y la joya de la casa era la esposa de ese hermano. Bellísima, simpatiquísima, culta… una perfección. Fue la peor y más horrible jugada del destino, pues estando embarazada, esa criatura contrajo poliomelitis uno o dos años antes de que la vacuna comenzara a exterminar la maldita enfermedad. Mi amigo Hormaeche y su hermano, la cuidaban amorosamente en el pulmotor que le permitió seguir con vida… por un tiempo más.

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En el extremo de esa Plaza Virgilio está el “monumento-escultura en honor a los caídos en actos de servicio de la Armada” y te lo repito textualmente porque, aún en la respetable memoria de marinos, no deja de ser originalmente rebuscada la descripción, difícilmente debida a Eduardo Díaz Yepes. La obra no te deja impávido, te apasiona, te enoja o alguna otra cosa, pero no pasa desapercibida. Ciertamente es desgarradora, retrata un momento conmovedor en el mar con muchos de los atributos marinos y mucho del terror que el ahogamiento nos produce. No es en vano el renombre que tiene este escultor hispano uruguayo.

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Desde un drone, hurgando el paisaje

Durante el día y hasta el atardecer verás autobuses estacionar en el parqueo sabiamente allí instalado. Traen turistas que suelen no alborotar mucho porque paisajes como éste enmudecen a la gente. Puede que haya algunos chiquilines correteando, especialmente en primavera cuando vienen con las cometas. Vas a encontrarte con veteranos solos o en parejas que aparecen con sus mates y bizcochos, algunos de los que hacen “footing” por la rambla suelen subir para darse una panzada de horizonte y están también los uruguayos que vuelven aunque sea por unos días desde lo más lejanos destinos y quieren volver a experimentar a la Plaza Virgilio. Yo llevé a un amigo costarricense (¿te acordás Armando?) y a pesar de la belleza de su país, tuvo palabras de elogio a mi placita.

Porque en definitiva, esta es una experiencia, más que un accidente geográfico o una acertada decisión municipal. No me extrañaría que los charrúas o quienes fueran, también se sentaran acá y convocaran espíritus para ayudarlos a sobrellevar las penas mundanas o para celebrar la magnificencia de la Creación. Pruebas de que estuvieron hubo abundantes, pues por ahí se encontraban a menudo puntas de flecha y boleadoras.

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Antes de que se ponga el sol, mirá en lontananza la silueta recortada de la ciudad y esa aguja que penetra en el mar que es Punta Carretas, nuestro Sur más extremo. Si fueras tan maniático como yo, alguna vez vendrías muy de mañana a mirar, si no al amanecer, al menos durante ese momento de silencio que anuncia al nuevo día. Suele haber bruma cubriendo el lejano casco urbano, pero apenas el sol se afirma, la brisa vuelve a cambiar en esa península que es nuestra ciudad y la bruma se eleva para disiparse en medio del vertiginoso dibujo que trazan las gaviotas en el cielo. Esa hora tiene tanta o más magia que el atardecer, como bien lo rubricaba Orfeo a tañendo su arpa movilizadora del mundo. Es una infamia que al amanecer lo llamen Orto… y te explicarán que sale de “ortogonal”, pero igual es un nombre inapropiado para algo tan bonito.

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El mágico entorno urbano de la Plaza Virgilio

Antes de que oscurezca, dale una mirada a mi querida playita de los Ingleses que está al Oeste, otra a la playa Verde que está al Este y otra más a la Playa Honda, un poco más lejos, hacia el centro de la ciudad. A estas dos últimas no las verás desde ahí, pero las podés intuir o mirar en estas formidables fotos que tomé de Panoramio y de las contribuciones de admiradores en internet. ¡Playa Honda!. Desde el medio de esa playa, donde mis abuelos tenían primero su casa de veraneo y luego su hogar definitivo, inicié yo mis expediciones. Luego viví muchos años en medio de ese barrio que es un paraíso y que extraño cada vez más.

Guillermo Pérez Rossel