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Begonias contra el gris

Bruselas es bellísima, pero se la acusa de gris, igual que a Montevideo.

Miren de qué manera aquella ciudad combate la acusación y la derrota por amplio margen, al menos una vez cada dos años y por solo cinco días. Pero ¡qué cinco días! Son casi un millón de begonias para componer un tapiz de 25 por 75 metros.  Desconozco cuál será la flor escogida para la próxima primavera, pero no importa porque en la ciudad donde nació la pintura flamenca nunca faltará la inspiración estética.

Podés recorrer la plaza a pie o pagar seis euros para subir hasta el balcón del ayuntamiento, también decorado para la ocasión. Dirás que es un enorme trabajo para solo cinco días, pero no discutas el buen criterio de un belga, ¿vos te imaginás cuántos diarios del mundo estarán publicando informaciones como ésta sin cobrarle nada a su Ministerio de Turismo? Además, la municipalidad no contrata gente para la colocación de las flores, todos son voluntarios, porque allá la gente coopera y quizás acá también, si se tiene una idea como ésta y se pide de una manera correcta.

En algunos años, en lugar de begonias se escogieron otras flores y el tapiz pudo mantenerse en exhibición durante hasta dos semanas. Todo comenzó en 1971, pero recién a partir de 1984 se estableció como un acontecimiento bienal. No queda claro, pero el creador de esta maravilla pudo ser Etienne Stautemas, un arquitecto paisajista que ya había decorado otras plazas de Flandes cuando la emprendió con la Grande Place de Bruselas. Su objetivo no era promocionar al país, sino ¡homenajear a las begonias! que eran sus flores preferidas.

Si querés mi opinión, como imagen de la ciudad, me quedo mil veces con esta alfombra floral que con el insoportable Manneken Pis, que igual hay que ir a fotografiar como si fuera un rito. Cada domingo cien voluntarios recogerán las flores ya marchitas y la plaza no perderá su encanto, pues para muchos es la más bella plaza mayor de todo el mundo.

Naturalmente forma parte de la lista del patrimonio mundial de la UNESCO, igual que el Ayuntamiento y la Casa del Rey que forman parte de la inigualable arquitectura que enmarca el recinto de la plaza. Como toda Plaza Mayor que se precie, la de Bruselas acogió las más grandes alegrías y los más grandes horrores, como cuando en 1523 allí mismo la Inquisición quemó vivos a los protestantes Henri Voes y Jean Van Eschen y también allí pero cuarenta años más tarde, frueron decapitados el conde Lamoral y el conde Hornes. Recuerdo esto no porque sea memorable, sino para que lo tengas en cuenta cuando en México o en Perú, se empeñen en convencerte de que los indígenas americanos tenían una crueldad inaudita.

Las guerras no perdonaron a esta bellísima plaza, pero los belgas la reconstruyeron primorosa y cuidadosamente cada vez, sustituyendo progresivamente todas las construcciones de madera por estas otras de sólida piedra que han llegado a nosotros y estarán disponibles para muchas generaciones. Las flores y las plantas son una rutina semanal en una plaza absolutamente adorable.

La Grande Place nunca fue una Plaza de Armas, sino un mercado, casi un homenaje religioso  a San Nicolás, el patrono de los comerciantes. De hecho, las autoridades de la ciudad no eran de origen noble ni religioso, eran comerciantes y artesanos que se cuidaban muy bien de respetar la jerarquía de los señores y pagar por esas libertades tan poco frecuentes en esa época. La necesidad tiene cara de hereje, también con la aristocracia. Así que las maravillosas construcciones con frente a la plaza, fueron sede de grandes corporaciones y mansiones de ricos burgueses, con excepción del impresionante Ayuntamiento y la bellísima Casa del Rey, aunque esta última también tuvo un origen nada aristocrático, como la de haber sido el Mercado del Pan.

Con todo, la ciudad no tiene como patrono a San Nicolás sino del Arcángel Miguel, cuya estatua venciendo al Diablo se aprecia a 96 metros de altura, en la cumbre de la torre del Ayuntamiento. Si te parás frente al edificio, verás que los lados derecho e izquierdo de la torre no son iguales, la torre no es simétrica. Hay una leyenda según la cual el arquitecto se suicidó tirándose de la torre cuando advirtió su error, lo cual naturalmente es una tontería. Ambas partes no fueron construidas simultáneamente y las sucesivas reconstrucciones también tienen parte de la responsabilidad. Y todavía hay más hipótesis, como una que adjudica a secretos misterios de la alquimia la decisión de procurar la asimetría. En todo caso, el edificio sigue siendo imponente.

La Casa del Rey fue, desde el siglo XII, un edificio de madera donde se vendía el pan, de ahí el nombre que aún conserva en flamenco, broodhuis (casa del pan). La Wikipedia señala que fue sustituido en el siglo XV por un edificio de piedra que acogía los servicios administrativos del Duque de Brabante, es decir, el despacho del recaudador general del Señorío de Brabante; por esta razón, se le llamó Casa del Duque, y cuando dicho duque fue coronado Rey de España, pasó a denominarse Casa del Rey. Carlos Quinto la hizo a su vez reconstruir en estilo gótico tardío, muy parecido al que podemos admirar hoy en día, aunque sin torres ni galerías. Debido al desgaste sufrido a lo largo de los siglos, sobre todo durante el bombardeo de 1695, la ciudad la hizo reconstruir en 1873 en estilo neogótico. El edificio, renovado en 1985, acoge hoy en día el Museo de la Ciudad de Bruselas.

Bruselas tiene mucho para ver, pero estoy seguro que me agradecerás que te recuerde que allí está el Museo del Cómic que rinde tributo a la pasión belga por lo que ellos denominan bandes desinées. No te lo podés perder si sos un seguidor de Tintin o si te apasiona el arte del arquitecto Víctor Horta, autor del precioso museo que aloja miles de comics.

Guillermo Pérez Rossel