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La casa de la cascada

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No te creas que un título académico te autoriza a enmendarle la plana a una naturaleza que se tomó millones de años para edificar su escenografía.

Si fueras más respetuoso te aprovecharías de lo que la geología y la vida pusieron en tus manos para que lo administraras responsable y cariñosamente. O dicho de otra manera, ¡por favor termínenla con mamarrachos escrachados en un entorno reclama otra cosa! Por suerte los que hacen zafarranchos son pocos y medran con la complicidad de autoridades que lo permiten y de clientes que los toleran. En cambio tenemos otros formidables arquitectos que van gestando una imagen de Montevideo contemporáneo diferente a  aquella del Palacio Salvo y sus 33 palmeras, que será bonita y tendrá imponente historia… pero engaña a muchos extranjeros convencidos de que Uruguay es un país tropical.

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Entre esos profesionales tenemos un puñado que, igual o mejor que en el fútbol, le hacen desconfiar al mundo de que Uruguay sea tan pequeño como decimos que es. Nuestra resonancia parece desmentir a nuestra demografía.  Somos pocos, sí, pero algunos son muuuy buenos. Si no, que le pregunten a los parisinos por su Opera de la Bastilla obra del Carlos Ott, o a los neoyorkinos que se están  acostumbrando a convivir con el rascacielos de apartamentos más alto y grácil de ese país, el de 432 Park Avenue, con 426 metros de altura, ideado por Rafael Vignoli, otro uruguayo que tanto ruido hace en el mundo de la arquitectura, que se ensañan con una de sus obras diciendo refleja demasiado los rayos del sol. Exageración y envidia, eso es lo que es; y queda evidente en la reseña que pusieron en la Wikipedia. No son los únicos ni son los primeros uruguayos extraordinarios en la arquitectura. Para el caso de esta nota, hay que resaltar al sembrador: a nuestro extraordinario Julio Vilamajó.

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Don Julio decía  “Por suerte la naturaleza mantiene dentro nuestro algo de la intuición primitiva. Porque, ¿qué sería del mundo donde todo fuera explicado o tuviera necesidad de una explicación? Detestable, detestable. La magia existe, tiene que existir, para perfumar la vida y por más que la ciencia chance por matar su madre la Magia: no podrá. Siempre habrá magos o genios que se encargarán de que esto no suceda.” Y de eso trata esta nota sobre la obra maestra de Frank Lloyd Wright. A propósito, ambos fueron contemporáneos y nadie copió a nadie, simplemente eran dos genios, uno de ellos con la buena fortuna de residir en un país donde por ese entonces (y ahora) el capital destinable a inversión inmobiliaria es virtualmente ilimitado.

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La familia Kaufmann no le puso límite a la creatividad de Frank Lloyd Wright. Y con eso, además de un predio espectacular, soltaron al genio de la lámpara. No soy un especialista ni mucho menos, pero para mí la belleza y el concepto de esta casa familiar construida en 1937 en Pennsylvania, todavía no ha sido superada a pesar de los avances tecnológicos y  los nuevos materiales de la arquitectura; porque lo extraordinario está en el ensamblaje de ese edificio con esa “intuición primitiva” y esa “magia” de la que hablaba Vilamajó. Es arquitectura en armonía.

Igual que más tarde Carlos Páez resuelve colgar su Casapueblo de un pequeño pero vistoso acantilado, Frank la edifica a puro hormigón y piedra, como abrazando e imitando a esa cascada mágica que se precipita en busca del arroyito que la espera debajo. Es un lugar en el cual no alcanzan los ojos para apreciarlo: hay que sumar el oído para agregar el arrullo del agua en el paisaje y es necesario apelar a algún sentido oculto que tenemos y que nos permite detectar la proximidad de lo divino, lo misterioso, lo insondable, que la naturaleza forjó en ciertos entornos. Porque ese es uno de esos bosques que claman por liturgia sintoísta.

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En medio del declive el arquitecto encuentra un árbol, no es algo que premeditadamente puso en un plano; es lo que otros considerarían un obstáculo, pero él lo valoró como un obsequio providencial. Y ahí está ese árbol que se arraiga dentro de la casa para que ni entre paredes uno se sienta ajeno a la fantasía de la naturaleza.

 

Los pisos pudieron ser de madera, pues buena madera hay en abundancia en Estados Unidos; pero él prefirió la piedra laja que en 1937 casi no se usaba en arquitectura. Coincidentemente también en Uruguay, se prefirió la piedra laja a las maderas, monolíticos y embaldosados comunes hasta ese momento. Hoy olvidamos la piedra en el piso y muchos dueños de hermosas casas la arrancan para sustituirla por cerámica brillante y quebradiza como vidrio. Estamos haciendo retroceder a la naturaleza; pero ¡cuidado!, a las innovaciones no se las puede prejuzgar, el tiempo será el árbitro.

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Los ventanales son otro aspecto a destacar. ¡Son enormes aún para estos tiempos! En ese entonces las aberturas eran pequeñas, para evitar que se disipara el calor interior, o porque era moda y nada más. Incluyendo aquellas ventanas redondas del Art Decó, solo tolerables en el Art Decó… casi una manía. Porque la belleza no es inmune al paso del tiempo; cada generación tiene una estética y si Miguel Ángel viera las mujeres flacuchentas y escuálidas que hoy son el paradigma de la elegancia, y si además le hubieran gustado las mujeres, le daría un colapso. De manera que al Art Decó hay que respetarlo y hay que tener la suficiente flexibilidad como para valorar todo lo bueno que se nos propone, aprendiendo a distinguir de la tilinguería del que solo quiere ser diferente y se afilia a una modita del folletín más reciente.

 

Construila junto con Wright

 

“Fallingwater”: con ese nombre la conocen los angloparlantes. Y al estilo de Frank Lloyd Wright se lo denomina orgánico. Figura en el Registro Nacional de Lugares Históricos y en el National Historic Landmark, pertenece al Western Pennsylvania Conservancy y funciona como museo. Wright la diseñó para Edgar Kaufmann, su esposa Lilian y su hijo Edgar jr. , quienes eran una familia adinerada, pero no portentosamente millonaria. Operaban unos grandes almacenes en Pittsburgh. Era una casa para los fines de semana. Los Kaufmann habían comprado ese predio compuesto de 600 hectáreas de bosque por el cual cruzaba el río Bear Run (debo suponer que no es lo que vemos en las fotos, sino que eso es una cañadita afluente).

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“La arquitectura orgánica u organicismo arquitectónico es una filosofía de la arquitectura que promueve la armonía entre el hábitat humano y el mundo natural. Mediante el diseño busca comprender e integrarse al sitio, los edificios, los mobiliarios, y los alrededores para que se conviertan en parte de una composición unificada y correlacionada. Los arquitectos Gustav Stickley, Antoni Gaudí, Frank Lloyd Wright, Alvar Aalto, Louis Sullivan, Bruce Goff, Rudolf Steiner, Bruno Zevi, Hundertwasser, Samuel Flores Flores, Imre Makovecz, Javier Senosiain y Antón Alberts son los mayores exponentes de la denominada arquitectura orgánica”. Copio esto de la Wikipedia para no cometer la osadía de explicarles yo, un humilde buscador de datos, en qué consiste la arquitectura orgánica.

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Me alegró muchísimo encontrar a Samuel Flores Flores en esa lista, junto a Wright, junto a Gaudí, junto a tantos. Es una muy justa incorporación, pues Flores Flores es tanto un arquitecto como un escultor de estructuras habitables. Rara vez lo verás modificando un desnivel natural ni desaprovechando las aristas de una roca. Su obra es un orgullo para Uruguay y para Punta del Este. Pero me dolió que no figurara mi adorado Vilamajó. Pero lo entiendo porque todo será muy artístico y todo eso, pero el mercado es el que tiene la última palabra. Y la obra del autor de Villa Serrana, que colgó su Ventorrillo de la cumbre más alta y que todo lo construyó con materiales del lugar, con operarios de la zona y respetando cada piedra, cada caída, cada cañadita cantarina, no se suma ni remotamente a la danza multimillonaria de todos los integrantes de la lista.

Según el testimonio de uno de sus empleados, dicen en la Wikipedia, en apenas dos horas Frank Lloyd Wright dibujó los primeros bocetos y los planos de la casa sobre la cascada. Ante la sorpresa de Kaufmann, que esperaba que colocase la casa junto a la cascada y no sobre ella, Wright le contestó: «Quiero que vivan con la cascada, no sólo que la miren sino que se convierta en parte integral de vuestras vidas.»

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Los cálculos de Wright sobre los techos y terrazas voladas con desconocida audacia, asustaron a los ingenieros de su estudio y también a su cliente. Al parecer E.J. Kaufmann desconfió del cálculo estructural de Wright y secretamente aumentó acero en la estructura, lo que motivó la ira del arquitecto quien le recriminó su falta de confianza. Sin embargo el prudente comerciante tenía razón: Wright se equivocó en el cálculo estructural. Gracias a ese acero extra los voladizos no se derrumbaron. Pese a eso, ya en los años 90 se observaba una deflexión de hasta 20 cm. Trabajos de postensado en 2001 lograron estabilizar la estructura, pero costaron 11,5 millones de dólares, unas 100 veces el coste original de la casa. Todo esto que cuentan en la Wikipedia, muestra que hasta a los genios les hace falta un poco de humildad.

 

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La cuestión es que Wright y Kaufmann se hicieron muy amigos y que el empresario lo ayudó a solventar su modelo de ciudad Broadacre City, una urbanización en la cual no habría apartamentos, todo serían casas con un acre de terreno cada una. Es decir, algo más de 4.000 metros cuadrados, imaginen una media manzana y todo lo que podrían plantar o criar en ella si tienen espíritu granjero, o los gigantescos jardines que podrían gestar. Era una idea social y política, muy alineada (¡otra vez!) con la filosofía de Vilamajó para nuestra Villa Serrana.

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La espiritualidad te da un planchazo cuando entrás en la web oficial de Fallingwater y te cuesta encontrar el lugar donde está el valor de los tickets. Porque te dan una enorme variedad de opciones, te hacen mil advertencias y te fajan a partir de 30 dólares por persona… pero hasta la podés visitar en el atardecer y podés rematar la visita con una cena en la Casa Duncan que también construyó Frank Lloyd Wright en Polymath Park. Uno entiende que a estas patriadas artísticas hay que solventarlas, pero … Los boletos se pueden comprar en línea o llamando al 724-329-8501. Cuando los tours están llenos, sólo hay un número limitado de pases disponibles para Fallingwater. Finalmente, una advertencia para las personas con movilidad reducida: la Casa de la Cascada no fue concebida para ellos, visitarla es todo un desafío. Y más vale que consultes tu día de visita, porque cierra en muchos feriados.

Guillermo Pérez Rossel

 

http://www.fallingwater.org/

http://moleskinearquitectonico.blogspot.com.uy/2007/01/la-casa-de-la-cascada.html

http://www.etereaestudios.com/docs_html/fallingwater_htm/fallingwater_movie_index.htm#

http://waterlandlife.org/163/the-fallingwater-story