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Berna, la que domó al Aar

Nació en una colina abrazando a un río, ¿para qué andar construyendo fosos y murallas si la naturaleza te regala defensas?

Si, ya sé que no tenés un Stradivarius, pero por un momento supongamos que tenés uno y te lo olvidás en el asiento de un tren, como le pasó al músico Alexander Dubach, mundialmente conocido por sus interpretaciones de obras de Paganini. Lo de Dubach fue peor todavía, pues el violín era prestado: le habían confiado varios millones de euros a un músico excelente, pero distraído.

Hubiera sido algo terrible, el violín pudo terminar maltratado en un cambalache, el verdadero dueño en el colmo de la indignación, el músico con la peor vergüenza de toda su vida (declaró que no lo hubiera podido reponer) y el que lo encontró, si sabía el valor de lo que había encontrado, todavía estaría dando saltos de alegría mal disfrutada.

Pero  todo esto ocurrió en Suiza, más concretamente en la estación ferroviaria de Berna y todos los protagonistas también eran suizos, de manera que el propietario del Stradivarius confió absolutamente en la devolución,   en tanto que el muchacho  que lo encontró hizo lo que hace un suizo con credencial correctamente asignada:  lo devolvió sin pedir nada a cambio. El nombre del honesto jovencito: Pascal Tretola. Porque esto ocurrió de verdad.

Solo esto bastaría para ir a Berna a ver si aprendemos algo, pero hay mucho más. Con esa y otras historias, Berna bien merecía ser la hermosísima ciudad que es.

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Lo único que necesitás para recorrer Berna sin problemas es un buen par de zapatos, además de la precaución de no arrojar un papelito al suelo porque los nativos te pueden fulminar con la mirada. Hacen bien cuidar lo que tienen, incluyendo sus leyendas. Cada ciudad y cada cantón tiene la suya, Berna lleva ese nombre porque oso se escribe “Bär” en alemán y cuenta la tradición que el duque Bertoldo V. de Zähringen, fundador de la ciudad, se enfrentó a uno de ellos y lo derrotó. Parece que cualquiera que se alimente con emmental es capaz de muchas cosas, entre ellas de vencer a un oso o de asegurar que lo hizo.

Pues bien, el oso forma parte del escudo y la bandera de la ciudad y del cantón. A dos de esos osos, Björk y Finn, los podrás ver retozando, bañándose y examinando a los turistas, en lo que algunos llaman el Parque y otros el Foso de los Osos. En todo caso, se los ve felices y queda claro que no podrían andar libres por allí, expuestos a la ferocidad del ser humano, que es mucho peor que la de ellos. El lugar está cerca del Puente de Nidegg, otra atracción que no te podés perder.  Allí tendrás la mejor vista del río Aar, que le da la vuelta al cerro donde construyeron la ciudad, aprovechando la geografía para protegerse durante los difíciles tiempos medievales. Te arrimabas por el río con malas intenciones y había montones de Guillermo Tell para bajarte a flechazos.

Andá mirando la url del sitio oficial de la ciudad y de la autoridad turística de Berna: http://www.bern.ch/weiche_de (usá el traductor de Google) y http://www.berne.ch/sp/. De estas webs y de Wikimedia Commons, proceden las ilustraciones de esta nota. Pero, como siempre, lo mejor es experimentar, ir a donde te lleven los pies y el aroma de una buena comida, que también abunda.

Ahora te queremos ubicado frente a la Torre del Reloj exactamente cuatro minutos antes de cada hora exacta. Si te animás a pronunciar su nombre oficial en el dialecto suizo “Zyt”, denominala “Zytgloggeturm” y no confieses que eso significa  “torre del reloj” porque se pierde la magia y el impacto en quien te escuchó. No es un reloj cualquiera, es el reloj de los relojes, uno de los artefactos que hizo famosa a la relojería del país. Cuatro minutos es lo que dura el espectáculo de los muñecos, el carrillón y toda una ingeniería dedicada al entretenimiento que continúa apasionando a la gente desde 1530. La torre es muy anterior, se inauguró en 1256 y llegó a ser prisión de mujeres (porque algunas suizas se portan mal, felizmente).

Además de las bellas figuras con movimiento, el instrumento consta de un reloj astronómico que indica la posición del sol opuesta al planisferio pintado en el cual se aprecia la salida del astro por el Este, en el lado izquierdo. En el nivel más alto se lo observa al Sur, como corresponde en el hemisferio norte. Los segmentos dorados y negros marcan las fases lunares y las condiciones actuales se aprecian por su posición relativa con el indicador solar. En el círculo exterior, también móvil, se muestra el signo zodiacal vigente en el momento en que estás ahí.

Ahí no termina la cosa, porque esto de alguna manera es el kilómetro cero de Suiza, dado que Berna es la capital del país, además de la capital del cantón. En el frontispicio fijaron las medidas de longitud aceptadas por todos los cantones, cosa relevante si las hay en un país con tantas extracciones culturales coexistiendo. Originalmente eran la vara y la braza, pero hace mucho tiempo que se pasaron al metro.

Te diría que una caminata por el casco antiguo no solo te permitirá conocer una de las mejor conservadas arquitecturas medievales, sino que también te abrirá el apetito para que disfrutes de la gastronomía local. Poné atención a las casas, los callejones, las fuentes y ese aire de magia que se conserva intacto. La Catedral de Berna a está ubicada en lo más alto del cerro y desde una plataforma a 101 metros de altura a la que no siempre se consigue acceso, podrás sacar las mejores fotos de la ciudad.

Esta es una ciudad que merece ser visitada siguiendo las instrucciones de http://www.guiarte.com/berna/que-ver.html, una web que como su nombre indica, privilegia los aspectos artísticos, arquitectónicos y culturales de cada destino. Si te da el tiempo, recorré  42 kilómetros al sur y encontrarás Hauterive, un pequeño pueblito con una hermosa abadía, casitas e iglesias como la de la foto que se derraman hacia el lago Neuchatel y un viñedo, una bodega y un restaurante que llevan el nombre Rossel. Salvo por la tecnología,  el primoroso mantenimiento y la fama actual de sus vinos, no cambiaron mucho desde el momento en que mi bisabuelo materno salió de allí.  Esta digresión no se justificaría si no fuera porque se me dio la gana y también para ejemplificar una de las principales características de los suizos. Casi todos los 350.000 habitantes de Berna son de habla alemana, los de Hauterive, a 42 kilómetros, hablan francés.

Pero todavía no salimos de Berna y deberíamos internarnos en el Lauben, un laberinto de arcadas y pérgolas medievales que Guiarte.com considera el paseo de compras más grande del mundo, pues tiene seis kilómetros de recorrido. No importa que llueva, el lugar está enteramente cubierto por galerías. El Jardín de Rosas ubicado en el barrio antiguo se vanagloria de poseer más de 200 clases de rosas, además de muchas otras plantas florales. Desde él se divisa buena parte de la ciudad recostada sobre el río Aar.

El Museo Einstein es otro imperdible; se llega a él a través de una impresionante escalera, justo el tiempo para reflexionar un poco sobre lo relativo de la fama, pues Albert no nació allí, aunque vivió bastante tiempo escapando a la barbarie nazi. Otro notable que vivió allí, aunque nació en un pueblo cercano llamado Münchenbuchsee, fue Paul Klee, quien siempre dijo ser alemán como su padre, porque le negaron la ciudadanía cuando procuraba fugar del racismo y nunca lo perdonó. Los suizos en parte se reivindicaron, porque construyeron un imponente museo en las afueras de la ciudad (en la foto) para albergar 4.000 de sus piezas. Si ya te hartaste de la arquitectura tradicional, andá al complejo Westside (así, en inglés, la gringofilia no tiene límites) que es un shoping y parque de diversiones.

Aunque es muy probable que prefieras rematar el día con una cena memorable en el restaurante  Schwellenmätteli recomendado por Guiarte.com. Supo ser un bar de pescadores y se ha convertido en un restaurante de moda en los barrios Matte y Marzili. Disfrutarás otra de las espectaculares vistas del río Aar.

Por si te faltaba algo para amar a Berna: de esta ciudad y sus alrededores procede el “boyero de Berna”, una raza de perro absolutamente adorable. Es un perro de granja, quizás el mejor de ellos, capaz de conducir sin vigilancia humana, al ganado desde su lugar de ordeñe hasta los mejores pastos. Es un perro simpatiquísimo, pero si lo ves junto a un rebaño, ni se te ocurra tocar una vaca. Conseguite uno y te aseguro que a tu hijo no le roban más los championes cuando va a la escuela.