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Bacharach

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Te dirán con gesto displicente: yo estuve en Stuttgart, en Bonn, en Munich… y vos le contestás como al descuido ¿y en Bacharach no te quedaste un par de días?

Me juego a que los dejás atónitos, porque por acá pocos saben de esta joya con forma de pueblito medieval. Una de las que sabe  es una casi sobrina con ascendencia alemana por parte de madre y con compulsión viajera. Creeme que  si Verónica se toma el trabajo de llegar a este pueblo, es porque algo muy bueno puede encontrarse allí.

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Mi sobrina, su compañera de viaje y una callecita que ellas fotografiaron.

Claro que quizás te la mostraron a la disparada durante un crucero por el Rin, porque en el curso de una vida, no alcanza con “vedere Napoli”, también hay que hacer un crucero por este río que cavó uno de los más bellos valles del planeta. Aún así, te diré que es insuficiente,  hay que bajarse del crucero o llegar en tu propio auto desde alguna de las ciudades que figuran en todos los relatos, para quedarse una o dos noches. No hay mejor manera de disfrutar la resaca de un vino del Rin, bebido en el que llaman “el pueblo del vino”. Y no lo tomes como una acusación a la sobrina, muy sobria y recatada… en apariencia. En las fotos ves los viñedos de donde surgen esos vinos, derramándose hacia las primorosas casitas con frentes entramados en madera.

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Para que sepas, Bacharach está ahí desde hace más de mil años y el vino era tan bueno que el propio Carlomagno lo elogió. Por allí estuvieron también los arquitectos españoles Jorge y María, autores de la web Viaxadoiro quienes recomiendan la taberna Zum Grunen Baun en la calle principal. Allí pidieron un carrusel de vinos (13,5 euros), no sea cosa que te pierdas justo el más exquisito. La cata de vinos (¡15 copas!) la acompañaron con unos panecillos salados, papas y embutidos, pocos pero tan consistentes que luego de todo ese vino, salieron caminando como si nada. Mérito de las papas, de los embutidos y del garguero español, tan célebre como los vinos del Rin.

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Lo llaman “el pueblo del vino” para no incurrir en herejía, pues en celta Baccaracum significa el “altar de Baco”, ¿y te va a dar por la sobriedad justo ahí? La zona es como un cuento de hadas a las que les gusta empinar el codo: por río o por carretera, te invita a un viaje fascinante por Renania Palatinado, en el Valle superior del Medio Rin, repleto de pueblos medievales vigilados por castillos desde las cumbres. Viajás rodeado de viñedos por una región que es Patrimonio de la Humanidad. Pero Bacharach es el más lindo de todos esos pueblos, nadie lo discute.

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Ahora me voy a guiar por José Miguel Redondo, “Sele”, autor del impecable blog  El rincón de Sele (http://www.elrincondesele.com). Dice Sele que en busca de uno de esos pueblos que parecen inventados por los Hermanos Grimm, se encontraron con Bacharach, a una hora de auto tanto de Frankfurt como de Mainz. En barco está entre Coblenza y Mainz. Se alojaron en el pequeño hotel Bacharacher Hof, apenas traspaswando la torre (Marktturm), que queda frente al embarcadero.

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El pueblito está dispuesto a lo ancho del río en un estrecho pasaje que parece hecho a la medida. Tiene dos calles paralelas al Rin: Langgstrasse (junto a la muralla y a las vías del tren) y Oberstrasse (donde está la oficina de turismo y varias de las casas más vistosas). Por ahí anda la Markplatz, el imperdible mercado local, la iglesia de San Pedro y la calle que parte de allí (Blücherstrasse) para perderse perpendicularmente por el valle de Steeger y sus viñedos en vertical. Toda Bacharach además está rodeada de murallas y torreones. Y en lo más alto de la colina central el castillo de Stahleck poniendo sus ojos sobre la localidad y alrededores en 360 grados. Y no te lo digo porque lo haya visto (¡cuánto lo lamento!) sino porque estoy reproduciendo sin vergüenzas, el texto de Juan Manuel, con la única disculpa de reconocerlo y de recomendar que lo lean, porque tiene otros destinos muy bien descritos.

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Amaneció con la bruma típica que el Rin regala a su valle a primera hora de la mañana, continúa Juan Manuel. Cuando despertamos el castillo estaba envuelto en una neblina que le daba ese toque que tanto le gustaba a los románticos decimonónicos tan amantes de las ruinas, las fortalezas medievales y la niebla como de sus desgastados libros de poesía.

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Cuando empezamos nuestro recorrido por Bacharach no había demasiada gente en la calle. Y nos vino bien para tomar fotografías y disfrutar de la tranquilidad de uno de esos lugares donde no me importaría retirarme algún día (aunque la lista empieza a ser larga a estas alturas). La Marktplatz hace de corazón de esta ciudad cuyo nombre proviene del topónimo “la hacienda celta del Baccaracus”, que hace referencia a su pasado mucho antes de que el emperador Carlos VI le otorgara el rango de ciudad en el año 1356. Precisamente la Plaza del Mercado, uno de los pocos puntos semiabiertos de Bacharach, acaudala a la vista de la Peterskirche una colección de preciosas casas de entramados de madera. La Alte Haus (que significa en alemán “casa antigua”) es una de las postales preferidas por los visitantes, aunque nos bastaba con caminar apenas unos metros para toparnos con auténticas casas de muñecas que lograban trasladarnos a la Edad Media.

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Para trepar entre los viñedos hacia los castillos, te conviene llegar al edificio municipal (Rathaus) y encontrar el sendero que lleva hasta la principal fortificación de la ciudad, el castillo de Stahleck. Allí vivía y se guarecía uno de los siete príncipes electores del Palatinado, lo cual explica … o justifica, su valor preminente ante otros pueblos del Rin. Estamos hablando de la familia Hohenstaufen; nadie pasaba por allí sin permiso (y pago) del príncipe. Una excepción fue Víctor Hugo, que pasó sin pagar y en 1842 escribió un libro sobre su experiencia.

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Se impone una visita a la Peterskirche, una iglesia protestante repleta de sepulcros y estatuaria de caballeros medievales y familias nobles. A continuación los vecinos te aconsejarán visitar la Wernerkapelle, otra iglesia construida en honor a un santo local que nunca fue reconocido por la autoridad católica. La historia dice que la aparición del cadáver del jornalero Werner, abierto al medio y colgado patas para arriba conmocionó al pueblo, el cual conforme a la costumbre de la época avivó el racismo y culpó a los judíos. El Vaticano no se hizo eco de los prejuicios y Werner no ingresó al panteón de los santos, cosa que poco importó a los locales, que le siguieron rezando. La polémica se deslindó en 1689, cuando un incendio destruyó el templo y lo convirtió en un vistoso esqueleto de piedra.

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Guillermo Pérez Rossel, con el auxilio de Verónica, de José Miguel Redondo y de los arquitectos Jorge y María, relatores insuperables, así como de toda la folletería que anda desparramada por internet para ayudar a quienes no estuvimos en esos lugares.