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Hasta los londinenses se mamaban hasta las patas

William_Hogarth_-_Gin_Lane

Con toda esa elegancia de gentlemen, uno no se los imagina tirados por el suelo en la más vulgar exhibición de debilidad humana. Fue un momento en su historia… a cualquiera le puede pasar.

Y si llegó hasta nosotros es porque el indiscreto de William Hogarth  nos dejó dos grabados titulados Beer Street y Gin Lane, retratando lo que fue la “London Gin Craze”, un momento de locura londinense por la ginebra. Es un curioso panegírico de la cerveza, buena e inglesa, contra la ginebra, perversa y extranjera.

Nada de censura ni de barrer bajo la alfombra: lo que ennoblece a los londinenses es que no esconden sus vergüenzas y que de ellas tratan de sacar experiencias para que estas cosas no se repitan. No hablamos de lo individual, sino de una patológica conducta colectiva cuyo origen incierto nos hubiera gustado conocer a los montevideanos, pues nunca en nuestra historia habíamos tenido que tomar serias precauciones contra borrachos extremos. Hasta los compañeritos liceales de nuestras hijas pueden desatar un escándalo y caer en delirium tremens durante la celebración de cumpleaños.  ¡Con esas caras de angelitos! De hecho, tenemos alcohólicos bastante menores de esos quince años, alimentados en su vicio por camionetas que venden lo que sea y estacionan cerca de boliches y de locales de fiesta.

Ahora que estamos tomando medidas contra el exceso de alcohol, es bueno recordar que el nuestro no es el primer gobierno  en adoptar medidas y que el asunto es tan delicado que cuando interviene el Estado, suele despatarrar el castillo de naipes de las estructuras económicas y sociales. En este caso los británicos venían  brindando beneficios para estimular a la industria de la destilería, solo para incrementar el precio del grano y sacarle mejor provecho a las colonias.

 

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La calle de la cerveza

Parecía una medida tan inteligente que parlamentarios y economistas de la talla  de Daniel Defoe (el de Robinson Crusoe) la consideraban un pilar de la prosperidad británica en la balanza de pagos. Pero Defoe no masticaba vidrio, de manera que cuando vio las borracheras que provocaba ese intervencionismo estatal, dio marcha atrás y se unió a los que promovían el prohibicionismo, con lo cual volvió a equivocarse. Porque tal como ocurrió en Estados Unidos con la Ley Seca, prohibir exageradamente el alcohol (y cualquier otro vicio) lo único que logra es incrementar una clandestinidad que termina en extremos como el que denunciaba Hogarth.

William_Hogarth_-_Gin_Lane - copia

El callejón de la ginebra

Hogarth y su amigo el escritor Henry Fielding se transformaron en actores incisivos de un debate que, como tantos, llevó a muchas medidas y a muy pocas soluciones. Los grabados de nuestro artista fueron coincidentes con el análisis publicado por Fielding denominado “An Inquiry into the Late Increase in Robbers”: una investigación sobre el incremento reciente de los robos. Y ambos se jugaban a que eran los pobres quienes se emborrachaban y también pobres los que robaban, tal como asegura todavía hoy la extrema derecha y la extrema izquierda, siempre tan coincidentes.

¿O había una interpretación falluta de Hogarth? Porque nada menos que Charles Dickens era de la opinión de que el grabador lo que estaba denunciando no era tanto la borrachera como los extremos de pobreza. No te creas que en aquellos tiempos se podía denostar la falta de solidaridad de las clases altas sin alguna consecuencia personal, de manera que el alcoholismo bien pudo ser un ornamento y un pretexto. En todo caso, el grabador no rendía pleitesía a los ricos, sino que más bien se burlaba de ellos. Esa novedosa tolerancia amparando la libertad de opinión, le estaba preparando el camino a las revoluciones francesa y americana, al tiempo que trazando los marcos de los derechos del hombre. A mi manera de ver, los derechos humanos tocaron tierra en Francia… pero despegaron de Inglaterra, donde el humor y la ironía hicieron mejor trabajo que la lucha armada y la guillotina.

Entonces, ¿Hogarth era un crítico social, o simplemente un caricaturista, condición ésta que de por sí entraña enjuiciamientos sobre todas las cosas? No nos queda claro… el arte de ese tiempo se inspiraba en las cosas que estaban mal en ese (y este mundo), como ocurría desde Brueghel en los Países Bajos y El Bosco en España. Aclaremos que don Gerónimo estaba en España como tantos flamencos, pero era compatriota de los Brueghel, padre e hijo. Toda esta cosa del humor y la ironía, eran frecuentes en artistas y autores como Jonathan Swift, a quien unos cuantos atolondrados valoran por lo que creen es un cuento para niños, cuando en realidad los Viajes de Gulliver son una de las críticas más duras contra la sociedad y la condición humana. A propósito, Hogarth era un ferviente admirador de Swift, como lo era Voltaire… para que tengas una idea. Hay quienes aseguran que cambiamos mucho y para bien… pero para que los  de ahora califiquemos para ingresar a ese paraíso celestial reservado a los realmente buenos, faltan unos cuantos pársecs.

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Sobre lo que no hay duda, es que Hogarth fue un pionero del comic, además de un impresionante grabador y pintor. Había nacido en Londres en 1967 y su padre era un pobre maestro de escuela. Era un adolescente cuando sufrió la traumática experiencia de que su padre fuera a prisión por deudas por cinco años. Con 23 años comenzó a trabajar como grabador independiente, haciendo escudos de armas, facturas de tiendas y otras menudencias, hasta que en 1727 un tapicero lo contrató para diseñar una alegoría sobre la tierra. El contratista se enteró de que Hogarth era un grabador, no un pintor y rechazó la obra… pero por una vez, hubo justicia y nuestro héroe ganó el juicio, al tiempo que se hizo conocer.

No fue fácil; los buenos clientes de pintura se inclinaban por lo barroco, ampuloso… y extranjero. Los artistas ingleses eran subestimados y lo que se vendía era la obra de Holbein, Rubens, Van Dyck, Canaletto y otros. Así que si quería comer, tenía que aflojar y tocar temas mitológicos e históricos: el tema satírico del que se había enamorado desde sus lecturas de Swift –que era la modernidad de ese tiempo–, no paraba la olla. Sus grabados comenzaron a ser replicados por la piratería que no vaciló en vender las falsificaciones por toda Europa.

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En fin, que estos dos grabados no fueron un negocio de alguien que necesitaba dinero, sino un aporte a las ideas renovadoras. Comencemos con “Gin Craze” que no deja de ser un juego de palabras, pues puede leerse como el “Callejón de la Ginebra” o como la “Locura de la Ginebra”. A esta altura es bueno que tomes conciencia de que no hay ni un detalle en una obra de Hogarth, que no contenga un mensaje simbólico. Es un paisaje repleto de miseria, desesperación y muerte, todo a causa de la ginebra.

En la casa de empeños, el avaro se queda con la sierra del carpintero y de los utensilios de cocina del ama de casa, vendidos para embriagarse. La escena más cruel y desagradable es la de la mujer en primer plano, cuyo hijo desatendido cae por el hueco de la escalera hacia una bodega. Ella, medio desnuda, se exhibe como prostituta sin poder ocultar las úlceras sifilíticas de sus piernas.

Un bebe es calmado por su madre con un vaso de ginebra y en el fondo, un recién nacido grita desnudo en el suelo mientras a su madre la cargan en un ataúd. Dirás, “no todo es referencial, por ejemplo hay un perro negro que no agrega nada al clima de desesperación”. Pero te equivocás, pues en ese entonces el perro negro era la viva imagen de la enajenación y desesperación. No lo dudes, no hay nada al azar, esto es como una película… o como un comic en un solo cuadro.

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¿Le pagaron los cerveceros a Hogarth? Difícil, pero el segundo grabado denominado la Calle de la Cerveza pinta un paisaje urbano diametralmente distinto… en apariencia. Los vecinos de la calle de la cerveza aparecen robustos y felices. En primer plano un herrero se encuentra con una jarra de cerveza espumosa en una mano y una pierna de jamón en la otra. Parece una imagen de abundancia y prosperidad… pero allí tenemos a un ricacho seduciendo a una doncella y dándole una llave para que lo visite en la noche así como a un artista colega de Hogarth pintando un cartel, pero vestido con harapos. Ya no hay un suicida en el ático sino un barril bajando para reponer los que se vacían. ¿Qué hacen esos tipos en los tejados? Ni idea, estas observaciones las obtuve de las webs que cito, no soy tan prolijo observador ni tengo conocimiento para decirles qué diablos es ese objeto con una flecha y tres bolas que aparece en ambos grabados. No es una veleta, no sé qué es, pero seguramente entraña un mensaje importante. ¿Y esa pila de libros arrumbados mientras corre la cerveza?

Esa imagen de prosperidad podría representar una acusación de que la riqueza de unos conlleva la pobreza de otros. Con Hogarth no conviene estar seguro de nada.

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No haré un pormenorizado compendio de las cosas que sobre este artista encontré en internet, pero para que tengan una idea de su obra, diré que entre su vasta obra destaca por su popularidad la serie denominada “Casamiento a la Moda”. Se la considera lo más representativo de su arte secuencial, desarrollado en seis escenas, todo destinado a denunciar la nefasta costumbre de arreglar matrimonios. Se puede apreciar en la National Gallery de Londres.

El arruinado Conde de Squanderfield se casa con la hija de un rico comerciante; todo comienza con la firma del contrato de matrimonio en la mansión del conde, y acaba con el asesinato del hijo por el amante de su mujer y el suicidio de la hija después de que su amante fuera ahorcado en Tyburn por el asesinato de su marido.

UNO

En el primer cuadro vemos al rico comerciante y al noble venido a menos a punto de firmar el contrato que estipula una sustanciosa dote, mientras los jóvenes son mostrados a la izquierda, como protagonistas todavía incipientes. ¿Te fijaste que el noble padece de gota, enfermedad que suele acompañar a una vida de disipación, alimentación inadecuada y alcoholismo? Ahora estoy citando a Beatriz Vera Vinuesa, autora de una entrada denominada Matrimonio a la Moda (I y II): del dinero y otros demonios. Beatriz debe ser la campeona mundial de la interpretación de detalles; recomiendo enfáticamente leer sus aportes en el blog cuya url incluyo al final.

DOS

En el segundo cuadro, después de la boda, la casa está desordenada, como si hubieran dado una fiesta y nadie se hubiera preocupado por llevar las cosas de vuelta a su sitio. El mayordomo lleva un libro de cuentas y un enorme fajo de facturas sin pagar, dirige la mirada al cielo y hace un gesto despectivo con la mano, exasperado por la actitud de los jóvenes. Por el suelo hay tirados unos naipes, que nos dan a entender que el tiempo que él ha pasado con otras mujeres, ella lo ha pasado jugando a las cartas con otras personas. La partida se debe haber alargado muchísimo y haber acabado de madrugada, de ahí que ella esté tan agotada.

TRES

En el tercer cuadro el matrimonio está tan desconectado que no aparece la condesa. En cambio, el conde va al médico buscando remedio para la pre-adolescente a la que le ha contagiado su sífilis.

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La niña, llorosa y avergonzada, se tapa la boca con un pañuelo mientras derrama lágrimas de sus ojos hinchados. Las cajitas que los protagonistas llevan en las manos contienen pastillas de mercurio, que era lo que los curanderos daban a aquellos afectados por enfermedades venéreas y, como podréis adivinar, mucho no mejoraban la salud de los pacientes.

cuatro

El cuarto cuadro demanda la explicación de la observadora Beatriz, pues retrata una costumbre perdida en el tiempo, cuando las damas de alcurnia eran visitadas durante la “toilette”, en el dormitorio, mientras las peinaban y maquillaban. La dama de amarillo y blanco es nuestra joven casada por interés; un sonajero en el respaldo de la silla muestra que ya fue madre. ¿Quién la acompaña en proximidad? El abogado que elaboró el contrato matrimonial muy apretadito con la protagonista. Está claro, son amantes.

cinco

En el quinto cuadro, el conde los descubrió en el lecho, sacó la espada y salió a defender su honor, si sabía de qué se trataba todo eso. Le fue como la mona, lo mataron de una estocada y el abogado ahora también asesino, huye en camisón por la ventana. Vemos al conde el instante antes de morir, desplomándose sobre una mesa y exhalando su último aliento, con la piel cadavérica y las rodillas que no lo sostienen. Cae hacia atrás lentamente, y ha soltado su arma.

seis

Y así llegamos al sexto y último cuadro, en el cual vemos a la viuda suicidándose tras enterarse por el diario que yace a sus pies, que su amante ha sido condenado a la horca. En torno al sillón donde yace el cadáver de nuestra protagonista vemos a la hija del matrimonio intentando abrazar a su madre muerta, y siendo apartada con asco por la vieja niñera. Este efecto dramático se intensifica al comprobar que la pequeña no sobrevivirá: en su rostro destaca la mancha de sífilis, herencia del padre. Además, si nos fijamos en sus piececitos, vemos que tiene las piernas deformes y para que pueda aprender a andar le han puesto hierros. ¿Un último detalle patético? Apenas agoniza y ya le están robando el anillo de bodas.

Fue un enorme trabajo de Hogarth a quien no solo le resultó difícil venderlo, sino que fue muy criticado por las clases altas. Nuestro amigo William no era un revolucionario en todas las cosas… pero no andaba lejos. Con gente como él se construyó el mundo en el que hoy vivimos.

Guillermo Pérez Rossel

https://lasmilhistoriasdelarte.wordpress.com/2014/04/19/matrim–onio-a-la-moda-hogarth/

https://lasmilhistoriasdelarte.wordpress.com/2014/05/03/matrimonio-moda-2-del-dinero-y-otros-demonios/

https://es.wikipedia.org/wiki/William_Hogarth

http://www.library.northwestern.edu/spec/hogarth

http://come.to/William_Hogarth/

http://www.thecult.es/Arte/william-hogarth-biografia-y-caracteristicas-de-su-obra.html