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La pampa tiene al ombú

¿Pero cómo vas a llamar Phytolacca Dioica al querido árbol paisano?

Y bué, peores cosas hay que aguantarles a los que saben de verdad y sacan credenciales académicas.  Para empezar, uno se quedó largos años con la idea de que el gigantesco ombú era una hierba con ínfulas de grandeza. Luego vinieron los expertos y nos dijeron que esas eran pavadas. Pues bien, ahora en la Wikipedia vuelven a aceptar la idea de hierba, contra la de árbol y arbusto.

Ya que tenemos al roedor más grande (el carpincho), era bueno que lo acompañara el pasto más grande del mundo. Sea como sea, para nosotros aunque digan  que no sirve para nada, el ombú es algo como afectivo. Y además, es mentira que no sirve para nada. Si no probá con ponerle alguna hojita al mate y vas a ver como al rato tu víctima no para de ir al baño. Y también preguntate dónde irían a parar todas esas aves que se resguardan en su follaje.

“Cada comarca en la tierra/ tiene un rasgo prominente. / El Brasil su sol ardiente, / minas de plata el Perú, / Montevideo su cerro, / Buenos Aires, patria hermosa, / tiene la pampa grandiosa / y la pampa tiene el ombú…”.

Aunque no lo puedan creer, hay un rinconcito uruguayo que se llama Pueblo Cosmopolita. Allí pasaba mis vacaciones infantiles en la chacra de unos tíos. Como toda casa de campo que se precie, al costado había un ombú que lo recuerdo como el más enorme que ví.

Pues bien, a la noche, comandadas por un enorme gallo, todas las gallinas trepaban al enorme ombú porque con las comadrejas una nunca sabe. Arriba de todo, en la última rama, reposaba el gallo patrón, un buen líder, aunque tan pendenciero que ni los gansos se le animaban. Bastaba que el primer rayo de sol iluminara para que el gallo se lanzara en vuelo desde más de 10 metros haciendo un escándalo de gritos y aleteos capaces de despertar asustado al gato más somnoliento. Así que al ombú sumale la propiedad de atalaya y plaza fortificada.

Cuando mi tío iba a pescar, agarraba la pala y apuntaba a las raíces del ombú. En minutos juntábamos trojas de lombrices. Andá agregando otra utilidad junto con la refrescante sombra.  Ahora que si los científicos lo quieren llamar Phytolacca, están en libertad de hacerlo, pero  los indios guaraníes le pusieron ombú, que en su hermosa lengua significa sombra o bulto grande. Y por más que insistan en sus libros, los recontrapampeanos de Uruguay y de Argentina le seguiremos llamando ombú.

La Pampa tiene el ombú, pero también tiene al pampero, ese viento furiosamente arrachado. ¿Porqué te creés que el ombú es el único árbol alto oriundo de la Pampa? Porque si otra especie osaba elevarse, el pampero enseguida le bajaba los humos. Y no es que el viento perdonara al ombú, todo lo contrario. Lo tumba con las primeras rachas,  pero al ombú le importa un pito; aprovecha para extender su tronco y hasta para reproducirse algunos metros más allá. Eso es justamente lo que produjo las islas o montes de ombúes. A los ejemplares solitarios, que son más comunes, los sembró algún pajarito que disfrutó la fruta en forma de higo.

Ahora, esa madera que es bien semejante al tallo de una hierba, no sirve ni como leña ni para carpintería. Tampoco flota como la del ceibo, que es útil para hacer boyas y salir a pescar. Francamente, como madera es una porquería… hasta que le encuentren algún yeito. ¿Te llamó la atención que nunca viste un ombú apestado? Eso se debe a que la savia es tóxica, es la que termina radical y peligrosamente con cualquier estreñimiento. ¿Qué se puede hacer con esas propiedades?

Hay algo misterioso en el ombú. Mirá que tenemos árboles hermosos y utilitarios, a los cuales los miramos con placer. Pero a un ombú gigantesco lo miramos de otra manera, con respeto y  recogimiento, como si tuviera algún significado espiritual, digno de los tiempos en que la religiosidad del hombre se orientaba hacia cosas como ésta. No hay poeta gauchesco que no lo nombre con solemne devoción.

De otra manera no se explica que al trazar una calle tan importante como Bulevar España se hayan tomado el trabajo de rodear al ombú centenario que creció allí, en la cumbre del médano, antes de que la topografía descienda  hacia el Parque Rodó. Si ponés atención, por todos lados hay muestras de esta particular actitud del ser humano hacia el ombú; a cualquier otro árbol lo tiran abajo sin ningún remordimiento.

De repente al ombú le da por armar una barra de amigos y tapizar una franja como de 20 kilómetros a orillas de la Laguna de Castillos, formando lo que es el mayor “bosque de ombúes” que se conoce. Hay otro próximo al Cerro Arequita y lo que no hay es ninguna explicación científica de porqué en estos pocos lugares el ombú se reunió como para esperar que comience alguna liturgia milenaria. Yo me inclino por la furiosa contribución reproductiva del pampero al esparcir las ramas arrancadas por su soplido también paisano.

El paseo en lancha hacia el bosque de ombúes desde el puente de la ruta 10 sobre el arroyo Valizas es algo absolutamente inolvidable.

También hice el recorrido remando en canoa pero casi me muero de agotamiento por los vientos arrachados y los constantes giros entre los meandros. Con la lancha es fácil, barato y también te permite apreciar a los teros comunes y los teros reales que te miran desconfiados desde la orilla con sus ojos rojísimos. Alguna perdiz levanta vuelo, y con suerte hasta algún chajá lo hace cuando vos pasás.

La fiesta comienza cuando la embarcación llega a la laguna de Castillos y casi sin excepción, te encontrás con bandadas de cisnes de cuello negro, patos meregullones y todo tipo de fauna nativa disfrutando de su intimidad y del sobrecogedor respeto de los viajeros. Reconozcamos eso: los que van ahí no arman alboroto. Y si lo intentan, su fastidio dura minutos; los que vienen con él lo paran en seco. ¿De qué otra manera se podría disfrutar de una pareja de viuditas en el alambrado o unos pájaros carpinteros que hacen una pausa en su telegrafía morse y te miran, casi podría jurarse, con un poco de conmiseración?

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El monte de ombúes es oscuro y sobrecogedor; por alguna extraña razón uno comienza a hablar en voz baja, como en una iglesia.  El tamaño de los árboles es impresionante y el follaje lo cubre todo. Curioso que el parque sea tan pequeño y que el Estado o la Intendencia de Rocha no lo haya extendido. Qué querés que te diga: el alambrado de púas de la propiedad privada será un legítimo derecho, pero es como un atentado contra otro derecho en mi criterio de mayor rango: el que tenemos a que la belleza natural sea colectiva. Habrás pagado por cada metro de tierra, pero tenés (tenemos) una gran deuda con la naturaleza. ¡Dale! ¡Abrí un senderito y ponele un nombre, en homenaje a quien te parezca! Cobrá, razonablemente, si querés obtener rédito, pero NO PROHIBAS.

Cuando desembarques en el minúsculo pueblito al costado del puente, no te olvides de preguntar si tienen camarón recién sacado del Valizas, o quizás algún gigantesco cangrejo sirí. Ellos te explican cómo cocinarlo. Y date una vuelta por el balneario Valizas que bien se lo merece. Allí tomate un licor de butiá y un buñuelo de algas, después me contás.

Hay como una sensación como de impotencia y desconcierto cuando descubrís un ombú transformado en bonsái adornando el balcón de un aficionado. Porque este yuyo gigantesco admite que cualquier principiante lo enanice y lo torture dentro de una maceta minúscula. ¿Será así, o será que el ombú es tan piola con la gente que se somete a eso de buena gana solo para acompañar en la mateada  a ese gaucho de apartamento, que tampoco pudo ser campero libre?

Fuente de información e ilustraciones de Google Earth y

http://es.wikipedia.org/wiki/Phytolacca_dioica

http://commons.wikimedia.org/wiki/Category:Phytolacca_dioica

http://specialcoin.blogspot.com/2010_11_01_archive.html

Guillermo Pérez Rossel