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Japón, viaje a la dignidad

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En marzo se cumplirán seis años del terrible tsunami que asoló una vasta zona de Japón y dañó usinas nucleares. Los japoneses nos dejaron una lección que no debe olvidarse, hay que recordarla.

¿Cómo viviría  un país occidental una catástrofe como la ocurrida en Japón? Sabemos que habría muchas diferencias, la mayor parte de las cuales nos avergonzaría en la comparación. Todavía estaba temblando, todavía había radiación… y ya estaban los niños de regreso en las clases.

Esta lista de Diez Cosas Para Aprender de Japón circuló por Internet hasta que cayó en el olvido;  consideramos que debía rescatarse para que sirva de permanente inspiración.  Se desconoce al autor, como se desconoce cualquier intento de explicar por qué los japoneses son así y nosotros somos como somos. Ya nos habíamos referido al tema en http://viajes.elpais.com.uy/?p=5121, pero ya verán que esta insistencia no es redundante. Para empezar, esta actitud de grandeza se aprende desde chiquito y a lo largo de tu vida los demás te juzgan no por lo vivo que sos sino por lo dignamente que te comportás.

UNO. La Calma. Ni un solo golpe en el pecho, ni una muestra de exagerada aflicción. La tristeza, la pena, fueron elevadas a otra dimensión.

DOS. La Dignidad. Disciplinados para hacer colas por agua y alimentos. Ni una palabra brusca, ni un gesto hosco.

TRES. La Capacidad. Los increíbles arquitectos, por ejemplo. Los edificios se balancearon, pero muy pocos se cayeron.

CUATRO. La Gracia. La gente compró solo lo que ellos necesitaban en el momento, para que todos pudieran conseguir algo.

CINCO. El Orden. Ningún saqueo en tiendas. Ningún bocinazo y ningún adelantamiento en los caminos. Solo el entendimiento.

SEIS. El Sacrificio. Cincuenta trabajadores se quedaron para bombear agua de mar en los reactores nucleares sabiendo que resultarían contaminados.

SIETE. La Ternura. Los restaurantes bajaron los precios. Un ADM (cajero automático) indefenso es dejado en paz, no se lo roban. El fuerte se preocupa por el débil.

OCHO. El Entrenamiento. Los viejos y los niños, todos los japoneses sabían exactamente qué hacer … y lo hicieron.

NUEVE. Los Medios. Los medios de comunicación fueron moderados, toda la información fue procesada de manera constructiva. Nadie le pidió escándalo a los medios.

DIEZ. La Conciencia. Cuando se cortó la luz, la gente en las tiendas devolvió las cosas a los estantes y salieron sin protestar ni aprovechar la situación.

Cuando hayas terminado de leer esto, algunos se apresurarán a insertar un comentario sarcástico y negativo. Cuando los demás lo leamos, habremos comprendido hasta qué punto llega la estupidez de algunos en occidente. Eso es exactamente lo que nos diferencia de los japoneses.  Pero estoy seguro que, como en la anterior nota sobre este mismo tema, la inmensa mayoría de los comentarios serán positivos y admirados, hasta en exceso. No estamos condenados, podríamos reaccionar.

Porque a mi manera de ver, el mayor de los méritos de los japoneses en un trance como el que vivieron, es que no son superhombres; son tipos exactamente iguales a nosotros con excepción de Toshiro Mifune, que si se calentaba te cortaba un brazo de un sablazo. Ese era el problema con los samurai cuando alguien los sacaba de quicio.

Entre los japoneses hay unos cuantos fanatizados con las maquinitas tragamonedas, con la pornografía animé y otras porquerías. Son los mismos que invadieron China e hicieron cosas imperdonables, alguno de ellos fue capaz de tirar gas sarín en el subte de Tokio y otros de cometer estafas inauditas.  Es decir, son normales, son tan buenos y tan malos como nosotros. Su grandeza no se explica con alguna condición genética, es un rasgo cultural que tiene sus naturales excepciones.

Pero eso es lo raro, lo habitual en la población de Japón es su increíble reserva moral, su capacidad de superar el egoísmo, su concepto de responsabilidad comunitaria.  Y cuando son puestos a prueba por la naturaleza, son capaces de darle al mundo una lección formidable de decencia y dignidad.

Lo peor que nos podría ocurrir, sería que consideremos que ellos son así porque son diferentes. No señor, todos somos iguales, pero ellos desde chiquitos valoran otras cosas.  Ellos no aceptarían ni como chiste, la moral de Isidoro Cañones, por ejemplo. Te recuerdo: el historietista creó a Patoruzú, noble y digno, para ser el héroe y a Isidoro para ser la contracara. Pero los rioplatenses le torcimos la mano al autor y escogimos como héroe al vividor inmoral. ¿Hay mejor manera de demostrar nuestra dramática diferencia?

Quizás deberíamos preocuparnos por nosotros; ellos ya se recuperaron del tsunami, pero nosotros… No obstante, no es el desánimo y la desolación el objeto de este artículo; es una apelación a la reubicación de los valores. Podemos cambiar.

Guillermo Pérez Rossel