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Las misiones guaraníticas

Casi toda nuestra geografía tiene nomenclatura guaranítica, es una vergüenza que sepamos tan poco de ellos.

Aunque desde hace un tiempo se puso de moda exterminar todos los nombres guaraníticos de nuestras calles, nosotros continuamos refiriéndonos a ellas como Cuareim, Yi, Yaguarón, etc. Pensá en todo esto mientras ensillás un mate y le ponés yerba que nunca se produjo en Uruguay. No señor, nos decimos charrúas y no está mal que nos consideremos indoblegables, pero en materia de costumbres somos tan europeos como guaraníticos.

Agricultores sedentarios, ecologistas al extremo, no edificaron grandes ciudades no porque no supieran, sino porque ¿quién querría vivir hacinado? Lo más parecido a urbanizaciones fueron los pueblos misioneros que edificaron siguiendo las instrucciones de los jesuitas, en una rica experiencia que duró más de 150 años y dejó vestigios, hoy abandonados o desaparecidos, en un vastísimo territorio que ocupan Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay.

En su orden São Miguel das Missões en Brasil, San Ignacio Miní en Misiones, Santa Ana en Misiones, Santísima Trinidad del Paraná en Paraguay y Misión jesuítica de Jesús de Tavarangué también en Paraguay.

Mientras Pizarro descuartizaba indígenas en el Perú, los misioneros jesuitas se metían de a uno en las comunidades indígenas, que decidían hacerles caso porque les daba la gana, no porque fueran obligados. De otra manera no se explica que un jesuita estuviera a cargo de miles de guaraníes. La suya es también una historia de traiciones. Las traiciones, intrigas y conspiraciones comienza en Europa de donde fueron expulsados los jesuitas, pero se extiende a esta región del mundo donde muchos ambicionaban esclavizar a los indígenas y extender los cultivos de algodón.

Instruidos por los jesuitas, los guaraníes eran capaces de administrar imprentas que surtieron bibliotecas europeas o tallar imágenes religiosas que hoy se veneran en el viejo continente.  Pero por las malas no había caso, eran capaces de formar ejércitos como hizo Andresito Guacurarí para apoyar a Artigas. Aunque antes de eso, los “bandeirantes” de San Pablo asolaron muchos pueblos en busca de muchachos guaraníticos para esclavizar. A la larga, a la explotación humana le resultó más fácil e igualmente inmoral arrebatar negros de Africa y desperdigarlos por donde hubiera plantaciones. Con algunas excepciones: los esclavos no son aptos para la ganadería. Al dejarlos necesariamente solos, con un caballo y un facón, se rajaban y no se les veían ni los talones, ni a los negros ni a los guaraníes. A todo del mundo le gusta la libertad, fácil de lograr habiendo un caballo para montar y una vaquita para almorzar. Bueno, no a todo el mundo le gusta la libertad, últimamente se ven muchos que buscan afanosamente a quién obedecer.

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Hay que tener cuidado de no generalizar; los jesuitas también fundaron misiones con los indios guaycurúes, un conjunto de pueblos indígenas de la pampa y parte de la Patagonia. Pero estos no tenían ni la voluntad ni la capacidad para aprender de los jesuitas y sufrieron la misma ninguneadora historia que la mayoría de los indígenas de esta parte del mundo. Los guaraníes, en cambio, preservaron su idioma y buena parte de sus costumbres.

También hubo misiones en Uruguay, no solo de los jesuitas sino también de otras órdenes religiosas, pero ninguna de ellas llegó a tener la grandeza de las ubicadas más al norte.

Bien, pero esta es una web de viajes, de manera que quien desee saber algo más sobre los guaraníes y las misiones jesuíticas, puede trasladarse a alguno de estos sitios, con la salvedad de que -pese al tiempo transcurrido- todavía es difícil encontrar información objetiva:

http://www.oni.escuelas.edu.ar/2004/corrientes/621/index.htm
http://www.cervantesvirtual.com/bib_tematica/jesuitas/misiones/misiones.shtml
http://es.wikipedia.org/wiki/Misiones_jesu%C3%ADticas_guaran%C3%ADes

El gran problema para el viajero uruguayo es llegar a alguno de estos pueblos misioneros abandonados. Alguno de ellos, como San Ignacio Miní en Misiones, es el más conocido por nosotros pues está camino a las Cataratas del Iguazú y suele formar parte de las excursiones en autobús. En sus proximidades está la casa de Horacio Quiroga, muy bien conservada e interesante de conocer.

Ocasionalmente hay paquetes turísticos que llevan al sur de Brasil e incluyen visitas a algunos de estos emplazamientos, particularmente a Sao Miguel das Missoes. En Paraguay puede contratarse alguna expedición, más que excursión a Jesús de Tavarangué y a la de Santísima Trinidad. Desde la provincia de Misiones hay varos paquetes turísticos que inc.luyen a las misiones jesuiticas (ver: http://www.transit21.com.ar/circuito_ruinas_jesuiticas_dia_0.htm) y que también ofertan otros paseos interesantísimos de esta zona argentina insuficientememnte conocida por los viajeros. Desde Uruguay no hay circuitos sistemáticos que conduzcan a estos enigmáticos y fantasmagóricos pueblos, acabada muestra de hasta que punto las conspiraciones políticas y religiosas, pueden acabar con una cultura.


Todo porque el pueblo guaranítico era tan amante de la paz que entre sus creencias figuraba la de que, en algún lugar físico más que espiritual, existía la “Tierra sin Mal”, un lugar ideal donde nadie perjudicaba a nadie, a nadie le faltaba nada y la naturaleza aprovisionaba a todos, sin retaceos ni privilegios. A veces es muy malo creer en esas cosas, pues a primeras de cambio a uno lo civilizan y termina consumiendo pasta base en lugar de un inocente “tereré”.

Seguro que ya fuiste o que en algún momento irás a San Ignacio Miní, en Misiones. En el pueblito encontrarás algún guía que, con menor o mayor capacidad te mostrará todo y te contará todo lo que sabe o cree saber. De cualquier manera y como ya te dijimos, toda esta cuestión guaraní y jesuita está impregnada todavía de pasiones que alejan la objetividad. O se está a favor o se está en contra, raramente se examina el tema desapasionadamente.

Y la ausencia de pasión es relevante para considerar una de las cosas más interesantes de la cultura guaraní, como lo es la tenencia de la tierra, la propiedad. Los jesuitas se caracterizaron por no destruir lo que antes había, ni aquí ni en cualquier otro lugar del mundo por donde anduvieron, sino de adaptarlo a sus creencias y su beneficio. Por eso ellos aprendieron guaraní, en lugar de obligarlos a aprender español. Y al sistema tribal de pertenencia, le agregaron la propiedad privada, “Abambaé” (propiedad del hombre) la cual debía surtir las necesidades familiares, a diferencia de las tierras “Tupambaé” (propiedad de Dios) destinadas a mantener el templo, la escuela y las necesidades colectivas, además de a los propios jesuitas que no agarraban una pala ni por equivocación.

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Si considerás la particular concepción jesuítico-guaranítica de la propiedad, te darás cuenta que no intentaron abolirla entre otras cosas porque es imposible. Las cosas tienen dueño, no hay con qué darle. El dueño será eventualmente un egoísta propietario capitalista o el usufructuario absoluto podría serlo será la cúpula del partido que gobierna un país sin propiedad privada; pero dueño tiene. Estará más disperso como en el sistema capitalista o estará concentrado en algunos líderes partidarios. Pero el problema no es la propiedad, sino el poder que da la propiedad o que da la fuerza o que da la convicción. Y el poder, corrompe; cosa que durante años y en apariencia, no ocurrió con estos guaraníes. Como de costumbre, la cuestión es la moral.

De manera que si los jesuitas les enseñaron muchas cosas a los guaraníes, queda claro que ellos también les enseñaron unas cuantas; por ejemplo, acerca de la geografía de esta parte del planeta y de la medicina natural.

Era en esas tierras “Tupambaé” que se cultivaba la yerba mate entre otros productos de intercambio cuyos beneficios pregonaban los jesuitas en Asunción, Buenos Aires, Santa Fé y en Montevideo. Ese era el comercio exterior de las misiones jesuíticas. Pavada de marketing tuvo la yerba mate.

También les enseñaron a andar vestidos y a no prestarle la mujer a nadie, pero si uno mira televisión con asiduidad, verá que esos cambios que se consideraron civilizadores van perdiendo terreno en el mundo contemporáneo.

Y y0 digo, con toda la movida turística que tenemos, ¿no hay nadie capaz de invertir un poquito para rescatar lo que nuestros ancestros no lograron exterminar de guaraníes y charrúas? Porque el turismo también sirve para corregir atroces olvidos históricos.

Guillermo Pérez Rossel