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Momijigari, el otoño en Japón

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Te voy a aclarar que los japoneses también tienen defectos, pero cuando hacen las cosas bien son admirables. En todo caso, ellos están entrando en primavera… somos nosotros los que iniciamos nuestro otoño.

Nuestras maestras le podrán poner a los niños una redacción sobre el otoño, pero a las familias no se les ocurriría salir en grupo para disfrutar de los colores de la estación más colorida del año. Si lo hicieran en algún domingo sin fútbol que prácticamente no existen, en los parques veríamos los despojos de cucuruchos de helados, algún sobrante de yerba, el envoltorio de algún alfajor… etc. No es que seamos una calamidad, también tenemos cosas extraordinarias, pero en este tipo de cosas somos insoportables, estamos en las antípodas de los japoneses, literalmente. ¿Se dieron cuenta de que el fútbol deja a muchas familias sin padre para los paseos dominicales?

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… Pero ellos no pueden deambular con la ceremonia del té a cuestas, como nosotros caminamos en pareja y en familia, con el termo bajo el brazo. En eso sí que les ganamos por lejos. ¿Pero por qué nos parece una pelotudez salir a disfrutar del paisaje, de la belleza urbana, de un Jardín Botánico que debería ser mucho más visitado? Al fondo del parque de Cambadu está el álamo más antiguo y grande que existe en Uruguay; casi seguramente lo plantó con sus propias manos Dámaso Antonio Larrañaga, uno de los dos secretarios de Artigas por cuyas manos pasaron esas frases que deberían ser una consigna universal. ¿Por qué esas cosas no nos mueven un pelo?

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Las hojas rojas de los arces y las amarillas de los ginkgos son las reinas del otoño japonés. Alternando con el verde intenso de los árboles de follaje perenne, escriben cada año un nuevo capítulo de la gran ópera de la naturaleza. ¿Alguna vez escuchaste con atención el Otoño de las Cuatro Estaciones de Vivaldi? Escuchalo ahora y decime si es justo que la gente prefiera al Invierno o a la Primavera. Vivaldi sí que era un tipo recontrasensible que le podía dar lecciones hasta a los japoneses.

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Disfrutar del otoño no es una novelería ni una moda reciente en Japón. La antología poética Manyoshu del período Nara (710-794) hace referencia a la admiración por los colores del otoño. La Historia de Genji, otra obra más bien épica escrita por Murasaki Shikibu a comienzos del siglo XI insiste en el tema se señala en una de las fuentes.

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 “Hoy los colores de otoño en Saga
ayer los colores de otoño en Ohara
mañana los colores de otoño de Kifune”

Esta contemplación otoñal se denomina Momijigari  紅葉狩  Es decir,  Momiji ( 紅葉 ) , “Hojas rojas” o ” arceárbol” y Kari ( 狩り? ) , “La caza o la búsqueda”. También se le llama Koyo ( 紅葉 ) , pero resulta que Koyo es otra pronunciación de los caracteres de “Momiji”. Como ves, se escriben igual, pero se pronuncian distinto. Ese es el problema de la escritura en ideogramas en lugar de usar fonemas como nos enseñaron los geniales fenicios, a quienes también debemos la numeración decimal, nada menos. Como los fenicios solo eran gente estudiosa, industriosa y comerciante, en lugar de ser guerreros y asesinar a la gente por miles para fundar imperios al pedo, tienen poco reconocimiento. La historia es dura con quienes  asesinan poco.

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Las familias pasean por sus barrios y ciudades, donde nunca falta un parque o un paseo arbolado para que se saquen el gusto, pero los apasionados, los enamorados y los padres amorosos que educan a sus hijos en las mejores tradiciones, viajan hasta las ciudades de Nikko y Kyoto, los más famosos centros otoñales. Yo te diría que como es muy caro ir hasta estos lugares para ver el otoño, bien podrías averiguar qué se siente yendo al Jardín Japonés que la embajada de aquél país nos regaló y mantiene en el hermosísimo Museo Blanes.

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No sé si en las riberas del arroyo Miguelete que circunda el Museo encontrarás muchos arces y gingkos, pero te cuento que en la avenida Sarmiento alguien tuvo la brillante idea de poner gingkos como árboles ornamentales y que en el cercano Parque Rodó, bordeando el lago, también puede apreciarse el estallido del otoño sobre el follaje. Algunas hojas se ponen amarillas, otras como el arce, viran al rojo, las hay que adquieren un marrón acartonado y todavía más extrañas son las que se colorean casi de violeta. Los eucaliptus y los pinos, ni bola le dan al otoño.

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La Asociación Japonesa de Turismo ofrece información sobre unos 700 lugares para ver el Koyo en todo el país, ordenándolos por popularidad y proximidad geográfica. Los templos más visitados son el Arashiyama y el Kodaiji, que proponen iluminación nocturna formidable. En todos esos lugares y también en puestitos en los parques, los restaurantes incluyen en su carta otoñal manjares gastronómicos de estación.

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El más representativo es el llamado Momiji Oroshi, que es una mezcla de pimiento picante y nabo japonés rallados. Puede acompañar una comida de olla elaborada con carne de ciervo que recibe el nombre de Momiji Nabe, asi como la tempura de hoja de arce que es algo dulzona, con carne de ave, todo cocido en salsa dulce y picante. ¿Y de postre? Bué, si te ponés fanático, es muy divertido el Hiroshima Momiji Manju, que se presenta en forma de hoja de arce y que contiene esta hoja entre sus ingredientes.

 

Guillermo Pérez Rossel

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