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Campo de ‘Fiori, tenés que ir

Uno pasa vertiginosamente por las ciudades sin darse cuenta que tienen alma. 

La próxima vez que vayas a Roma, hacete tiempo por ir a Campo de’ Fiori, una plaza encantadora o sobrecogedora, donde encontrarás una alegre multitud de italianos y extranjeros atraídos por los boliches y pubs de precio razonable que están allí. Hay otra razón nada turística para no faltar a esta cita, pero te la diremos más adelante. Te anticipamos que te estamos invitando también, a un homenaje a la tolerancia y un mea culpa por la barbarie.

No te escudes en que Roma no está a tu alcance y, por favor, no me la cambies por Miami, que tendrá sus cosas, pero Roma es eterna y está en tu ADN. Además, a la altura que va la crisis en Europa, viajar allá sale cada vez más barato, como en los años sesenta, cuando la guía de viajes de Arthur Frommer todavía se titulaba “Europa por 10 dólares al día”. Lo cual no era cierto, pero por 30 (¡la pareja!) lo lograbas, si no te ponías finoli.

La imponente Piazza Navona y la más doméstica y entrañable plaza del Campo de ‘Fiori

Bien, entonces estás en Roma y antes que oscurezca del todo, rumbeás para el “rione Parione”, una zona más que un barrio, llamada así por el enorme muro o paredón que quizá perteneciera al estadio de Domiciano. De Parietone se pasa fácilmente a Parione y de ahí el nombre. Harías bien en salir un poco antes para disfrutar de la Piazza Navona, que es un primor.

En la zona hay varias plazas, tales como la plaza de Biscione, la de la Cancillería, la de la Iglesia Nueva, la Pollarola y nuestra escogida de hoy, Campo de ‘Fiori. Buena memoria tienen los tanos, pues allí efectivamente hubo un campo de flores pero solo hasta 1456, cuando el Papa Calixto II hizo pavimentar todo el rione Parione. Lo que procuraba el Papa era generar una zona distinguida de la ciudad, donde  se instalaran con sus palacios los más adinerados, como la familia Orsini, junto a embajadores y cardenales. Mucha Fe, pero de justicia social ni hablemos.

La cuestión es que Campo de ‘Fiori se transforma vertiginosamente en un centro de actividad comercial, aunque le dura poco, pues o bien al señorío le venía mal el alboroto o bien Piazza Navona estaba mejor ubicada. Bastaron sin embargo esos 50 años para que alrededor de Campo de ‘Fiori se instalaran posadas y albergues, algunos de los cuales, increíblemente, siguen prestando servicio a actividades parecidas.

Seguramente la plaza tenía ese destino desde antes que se filmara la notable película “Campo de ‘Fiori” con los inolvidables Anna Magnani y Aldo Fabrizi. El retrato de ambiente de la película pegó tan fuerte que el espíritu continuó hasta hoy; aunque también podría interpretarse que ese exacto lugar de Roma tiene un destino que ni las guerras, ni las modas ni la mojigatería logran alterar.

Esto es muy posible, pues por momentos la zona tuvo por la noche un nivel de inseguridad que exigió medidas policiales bastante eficientes…  aunque más te vale no andar papando moscas ni dándotelas de magnate. Mejor arrímate a algún mostrador, compartí alguna mesa aunque no conozcas a esos otros parroquianos, ganate el favor de alternar con desconocidos y, entonces, podrás capturar la esencia del lugar en carácter de protagonista. Sino, no.

Durante todas las mañanas, la plaza nos recuerda su pasado como centro comercial, aunque el mercado callejero de frutas, verduras y especies que allí verás se realiza solo desde 1869, lo cual en términos históricos romanos, ocurrió la semana pasada, o algo así. Los pubs se amontonan del lado de la Via dei Capellari y por alguna razón poco explicable, son los preferidos de los turistas norteamericanos. No te preocupes, pensá que les gustan las mismas cosas que a vos, así que te resultarán adorables igual que los tanos, a quienes no les molesta esta invasión foránea.

Antes de sacudirte con la culpa y el atormentado recuerdo de Giordano Bruno, aprendé como se “captura” una ciudad, de la mano del adorable Horacio de Dios, que escribe para La Nación de Buenos Aires y también pasó por este lugar que recomendamos.

“A través de los consejos de Gonzalo, buen amigo y conocedor de Roma, alquilé un pequeño departamento en medio del laberinto de calles peatonales entre Piazza Navona y el Panteón. Era antiguo, muy antiguo, con una escalera de piedra en caracol de escalones rebajados por los siglos. Pero, con el genio italiano, el interior era un diseño de revista de arquitectura, en menos de 60 metros cuadrados.

“Alrededor lo tenía todo para alimentarme, comprar, pasear y divertirme. Así cumplía mi deseo de hacer vida de romano, a puro barrio. Y no era caro, alrededor de 150 euros por día, poco más que un hotel e infinitamente más conveniente para disfrutar de la mesa y gastar menos. Además estaba cerca de lugares más económicos e igualmente gratos, aunque menos turísticos: Testaccio, Monti, Esquilino, San Lorenzo, donde filma Nanni Moretti. Pero lo elegí porque por ahí pasaba mi mejor compañero de ruta, el Pollicino, como lo llaman al pequeño bus elettrico que atraviesa Vía del Corso desde el Campidoglio hasta Piazza del Popolo. Jamás tomé los ómnibus grandes, un subte o un taxi, salvo para ir al aeropuerto.

(…) “Estas líneas son un boceto de mi diario placentero. Aunque le falta lo más difícil de describir en palabras, lo intransferiblemente personal. Sentarse en cualquier lado para ver la gente pasar y pasar en esta ópera o película que no cesa día y noche.

“Al lado de mi casa era memorable la cara de la dueña de la trattoria vecina cuando me ofrecía pasta con trufas que rallaba generosamente. Luego, mi pequeña rutina para completar la noche seguía con un tartufo, un helado artesanal, en Piazza Navona. Igual que otros vecinos, bancos por medio, respetando el dolce far niente…”

 

Giordano Bruno. Y ahora viene el aspecto sobrecogedor de este rincón romano, donde entre negocios y paseos de cardenales, se aprovechaba para matar con entusiasmo, tanto a la gente que delinquía como a la que discrepaba. Porque desde que el hombre es hombre, primero se le echa la culpa al que opina, sin descuidar al que difunde (hoy son los medios) y, finalmente, los queman en la plaza pública. ¡Paqueaprendan a no andar pensando por sí mismos!

¿Qué tan amenazadoras podrían ser las revelaciones de Giordano Bruno? Tenés por ejemplo ésta, que estampó en su libro “De l’Infinito Universo et Mondi”: “Y he aquí, yo te ofrezco mi contemplación del universo infinito y los mundos innumerables”. ¡Horror de horrores! Casi en el exacto lugar donde hoy está emplazado el monumento que lo recuerda en Campo de ‘Fiore, se instaló la hoguera donde fue quemado vivo.

Fue un astrónomo, filósofo, religioso y poeta italiano nacido en Nápoles, a quien la Inquisición italiana condenó a morir quemado en la hoguera por haber incurrido en herejía y panteísmo. Lo achicharraron en el año 1600, como para inaugurar un siglo redondamente vergonzoso.  En realidad innovaba poco sobre lo ya asegurado por Nicolás Copérnico  (1473-1543), aunque con los antecedentes de Aristarco de Samos, quien ya en  el 310 antes de Cristo había estampado que era el sol y no la tierra lo que estaba en el centro del universo. Lo cual también estaba equivocado, pero al menos le abría camino al espacio exterior y a un universo infinitamente más vasto.

Curioso que a Copérnico le dejaran decir esas cosas sin problemas en tanto que a Bruno primero lo encarcelaran buscando el arrepentimiento que luego le lograron arrancar a Galileo Galilei (1564 – 1642) y luego lo quemaron vivo, porque el napolitano se empeñaba en no creer en lo que se le ordenaba.  La Wikipedia cita a Isaac Asimov, en el sentido de que su muerte tuvo un efecto disuasorio en el avance científico de la civilización, pero a pesar de esto, sus observaciones científicas continuaron influenciando a otros pensadores, y se le considera uno de los precursores de la revolución científica.

Harías bien en leer la secuencia de traiciones, ignorancia y maldad implícitas en su historia personal, más allá de que realmente fuera un cabezadura y de que también tenía ideas un poco a contramano,  como la de sostener que Cristo era apenas un mago que poco tenía que ver con Dios. Lo cual tampoco justifica su muerte en suplicio. Anduvo por toda Europa escapando sucesivamente del catolicismo y luego del calvinismo, porque aparte de que tenía razón era un contradictor impenitente.

Se ve que en algún momento el papa Clemente VIII se aburrió de su obstinación y ordenó que lo juzgara la Inquisición. ¿Creerás que Giordano pidió clemencia? Para nada, aseguran que les dijo a sus jueces: “Tembláis más vosotros al anunciar esta sentencia que yo al recibirla”. No solo lo quemaron a él, avivaron el fuego con sus libros, porque algunas ideas son combustibles.

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Como uruguayo heredero de una tolerancia que trajo para acá a algunos de nuestros abuelos, tendrías la obligación de dedicar una reflexión al pie de este monumento a la estupidez y a la crueldad humana. Y por más abanderado que te califiquemos, no te creas que estás vacunado contra la intolerancia  en tiempos en que se asegura que la discrepancia es un oscuro mandato neoliberal o bolivariano, según el caso.

¿Querés una última curiosidad? El cardenal Roberto Belarmino que fue el encargado de llevar el proceso de acusación de herejía a Bruno, fue el mismo que años después, en 1616 condenó a Galileo Galilei por algo casi idéntico. No es que faltara leña para quemarlo a él también, lo que ocurrió fue que Galileo ya tenía la experiencia de Bruno y se apuró a abjurar, diciendo que era falso todo aquello en lo que creía. Lo cual siempre satisface a los equivocados.

Y no te creas que el mundo cambió mucho; las ideas siguen siendo combustibles… pero hay mucho mayor sofistificación en los inquisidores, a quienes les da más por la política que por la religión. Cada milenio renueva su panteón de prejuicios y atavismos.

Guillermo Pérez Rossel

Las fuentes:

http://en.wikipedia.org/wiki/Campo_de’_Fiori

http://www.lanacion.com.ar/1478096-veinte-motivos-para-amar-a-roma

http://es.wikipedia.org/wiki/Giordano_Bruno