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Sobre la sensibilidad y la fiebre amarilla

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Unos tienen sensibilidad, otros creemos tenerla y muchos ni siquiera la sospechan


Todo viene al caso por este óleo de Juan Manuel Blanes. No es el que suelen elegir los críticos como su obra cumbre; tampoco lo era para mí, hasta que un episodio de mi vida me desacomodó todas las ideas que tenía acerca de la percepción y de este cuadro. De MI percepción, porque uno puede hablar de la percepción que uno supone tener, pero no le posible siquiera imaginar la percepción que otros tienen de todas las cosas, o de algunas cosas.

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Se denomina “Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires” y seguramente fue pintado en 1871. El 8 de diciembre de ese año fue expuesto en el foyer del Teatro Colón de Buenos Aires y caló profundamente en el espíritu de los porteños debido a que casi todos los asistentes tenían muertos que llorar como causa de la epidemia; más allá de que la obra es de una calidad rara vez alcanzada en estas latitudes. Nadie puede imaginar hasta qué punto y de qué manera las personas pueden ser afectadas por un episodio como esa epidemia. Muchos huyeron para salvar sus vidas y otros huyeron hasta de su responsabilidad, pues eran jerarcas que debieron usar todos los recursos disponibles. Pero hubo otros que actuaron con una heroicidad extraordinaria.

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Observen el sombrero en alto en señal de respeto ante la desgracia y las manos cruzadas en medio de la impotencia. El que se descubre es el Dr. Argerich, a su lado el Dr. Roque  Pérez.  Se ignoraba que el vector era el mosquito y cuando la epidemia se detuvo, la creencia popular se inclinó hacia la voluntad divina que respondía a los rezos. En realidad se debió a la llegada de los primeros fríos invernales que disiparon los insectos. ¿O fue esa la manera de expresarse que tuvo la FE?

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Dos de esos héroes están retratados por Blanes en esta obra. Son los médicos Roque Pérez y Manuel Argerich, ambos muertos en cumplimiento de un deber llevado mucho más allá de lo que es dado exigir a un profesional de la salud en esos casos. Otros diez médicos argentinos fallecieron en idénticas circunstancias, acompañados por 2 practicantes y 5 farmacéuticos que salieron a ayudar en lo que sabían. Otros 22 integrantes de la Comisión Popular creada para luchar contra la plaga, resignaron sus vidas. Hay que sumar al menos 30 sacerdotes que se prodigaron para auxiliar espiritualmente a los enfermos sabiendo a qué se estaban exponiendo.

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“Gracias al parte policial del Comisario Lisandro Suárez, se sabe que la mujer en el piso era italiana, se llamaba Ana Brisitiani y vivió en un conventillo de la calle Balcarce hasta encontrar su trágico fin el 17 de marzo de 1871” (http://mnav.gub.uy/cms.php?o=7 ) A diferencia de mi hija, que descartó por obvia esta referencia, la mayoría de las reseñas se refiere a estas dos figuras para resaltar el dramatismo de la obra.
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Pero no todos actuaron así. Cien de los 160 médicos que había en Buenos Aires, huyeron de la ciudad junto con otros 115.000 habitantes. ¿Te parecen pocos? Entonces no tuviste en cuenta que en 1870 la ciudad tenía apenas 190.000 habitantes. De esos 45.000 que quedaron a pie firme entre muertos y agonizantes, hubo algunos que avergüenzan a la especie humana, pues se dedicaron al grosero saqueo en el mejor de los casos, pues era gente tan desgraciada como la que se moría. El peor de los casos era el de gente educada y de buena posición, que aprovechaba el momento para adulterar o crear falsos testamentos y quedarse con heredades de la manera más canallesca que pueda suponerse.

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¿Querés un detalle horroroso? Se estima que durante estas epidemias, entre un 2% y un 5% de los pacientes son enterrados vivos entre el apresuramiento y la irresponsabilidad. No solo en Buenos Aires sino en cualquier lugar en que estas epidemias se presentaban.

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Sin los prejuicios que también produce la cultura, mi hija no se centró ni en la madre, ni en el bebe que busca el seno materno, ni en el padre yacente en la oscuridad. Para ella, todo giraba alrededor del hijo sobreviviente, el que en un país extraño, sin ayuda de nadie se debería hacer cargo de su hermanito. Observen el brillo de los ojos, que sugiere lágrimas que el niño retiene. ¿Logró alguna vez liberar su sufrimiento?

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Porque está claro que era una familia de inmigrantes y por si no quedaba claro, Blanes incluye el arcón bajo la cama, ese arcón en el que trajeron todas sus pertenencias y en el que depositaban sus esperanzas de una vida menos ingrata de la que hubieran tenido en Europa. De hecho hasta sabemos la dirección exacta del conventillo: Balcarce 384.

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Atrás, en la penumbra, el cuerpo del padre fallecido antes. Y esta es una licencia que se permite Blanes, pues está registrado que el desgraciado inmigrante falleció en un hospital de La Boca. Aún así, me reservo el beneficio de la duda, pues Blanes investigaba mucho e investigaba muy bien, procurando ser riguroso hasta con los más mínimos detalles, de manera que el dato que perduró pudo estar equivocado.

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No conozco me todas estas cosas por erudito, sino por lector compulsivo. Encontré esos datos en la crónica titulada “La gran epidemia”, una magnífica pieza escrita por el Dr. Omar López Matos, un porteño autor de varios libros generalmente vinculados con la medicina y el arte. Recomiendo enfáticamente la lectura de su blog https://omarlopezmato.wordpress.com, donde entre otros memorables posts incluye el relato que reproduciré al final de este artículo.

Es en ese artículo donde hace referencia al cuadro de Blanes y recuerda que en el Parque Ameghino, sobre la avenida Caseros, muy cerca del Hospital Muñiz, sobre el mismo terreno que albergara al cementerio Sur, hay un monumento que en uno de sus lados reproduce la pintura de Blanes, la síntesis patética de esta epidemia. Al frente se lee: “El sacrificio del hombre por la humanidad es un deber y una virtud que los hombres cultos estiman y agradecen, el municipio de Buenos Aires a los que cayeron victimas del deber en la independencia de fiebre amarilla de 1871”.

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Ahora, volvamos a la sensibilidad, que es el verdadero tema de este artículo. Mi hija Alicia tendría unos nueve años o menos, cuando un domingo resolví embarcar a la familia entera a una expedición desde Punta Gorda hasta el Museo Blanes, en el Prado, sobre el Arroyo Miguelete. Alicia me había impresionado por su habilidad para el dibujo y la pintura, de manera que me pareció mi responsabilidad, acercarla a los maestros que se veían en ese museo.

Pero ella tenía otros planes para ese domingo. “¡Yo quiero ir al Parque Rodó!”, gritó, reforzando sus dichos con una patada en el piso, brazos cruzados y ceño fruncido. Tuvo suerte a medias: “Primero vamos al Museo Blanes y después al Parque Rodó, ¿tamo?”. Se la tuvo que aguantar, como todos los chiquitos, pero me hizo prometer que después íbamos al Tren Fantasma. “¡¡¡Tamooo!!!”, y otra patada en el piso, como para subrayar.

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Hoy ese cuadro está en el Museo Nacional de Artes Visuales, mirá que casualidad, en el Parque Rodó. Pero en ese entonces era una de las piezas del primero de los dos salones portentosos del Museo Blanes. ¿Qué por qué lo sacaron de ahí? Andá a saber, pudo haber alguna razón convincente, pudo no haberla, como en otras cosas. La cuestión fue que, todavía ceñuda, Alicia trepó las formidables escaleras de mármol, le dedicó unos segundos de atención a la cabeza tolteca que en ese tiempo también estaba allí, sin una justificación clara de su ubicación ni tampoco otro argumento con incente para haberla sacado de allí. En Uruguay, las obras de arte deambulan como los locos.

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En la entrada me recordó la promesa, “Miro todo y después vamos al Parque Rodó, ¿ehhh?”. Asentí con la cabeza y salió disparada al primero de los salones, luego fue al otro, recorrió pasillos, otras salas y volvió casi jadeando. No habían pasado ni diez minutos; yo todavía estaba mirando la segunda de las obras que me llamó la atención. Así que me enojé de verdad. “No es así como se visita un museo”, rezongué.  “Si pasás corriendo, no ves nada, es como si no hubieras venido”. “Pues a mí me alcanzó”, aseguró soberbia, “lo vi todo”.

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“¡A ver! ¿Qué viste, qué te gustó más?”. “Lo que más me gustó, es ese cuadro con la mamá muerta, en el cual lo más importante es el detalle de los pies del niño, uno sobre otro, apretujados”, me contestó… y me dejó helado. Nunca había reparado en los pies del niño.

Así que fuimos todos y nos plantamos frente al cuadro. En ese momento descubrí un nuevo cuadro y descubrí también, que mi sensibilidad por el arte, de la que estaba tan orgulloso, era una paparrucha, una porqueriíta de cuarta categoría, que no tenía ni idea de lo que podía ser la sensibilidad verdadera para alguien especialmente dotado. Jamás había visto poner el acento en ese detalle, el cual sin embargo, dice todo lo que hay que decir de ese terrible drama.

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Observá como a diferencia de los zapatos de los médicos, los pies descalzos del niño están bañados por la luz que ilumina la escena indicando los puntos de interés. Un maestro de la luz nuestro querido Blanes.

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El cuadro de Blanes es como un libro, una crónica completa, como una de esas películas de dos horas y media que nunca logran reflejar por completo el asunto. Lo de Blanes es una enciclopedia de un solo cuadro sobre la fiebre amarilla en Buenos Aires. En la medida que lo pensás lo apreciás de esa manera, Blanes logró un milagro.

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Ustedes pensarán que entonces mi hija Alicia es ahora una persona dedicada a las artes plásticas. Pues no, es odontóloga, como oftalmólogo es el doctor López Matos; nada que ver o mucho que ver, andá a saber. Como padre me enorgullecía, pero me aterrorizaba, esa pasión por el arte de mi pequeña hija. Y acá me imagino el rezongo que me podría dedicar mi amiga la curadora Alicia Haber. Me pareció prudente para una futura mujer que debe superar más escollos que un hombre, tratar de orientarla hacia una profesión independiente que le diera un buen futuro y que la alejara de esas privaciones siempre amenazantes, como yo muy bien lo sé.  Agarró y soltó los pinceles varias veces en su vida; pero la existencia  que es un torrente, traematrimonios, hijos, problemitas y problemazos. Alicia luchó con denuedo y solvencia contra todo eso… pero la pintura nunca pudo transformarse en su primer desvelo.

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Muchas veces la observé cuando su atención se detenía en la corteza de un árbol, en el vuelo de un pájaro, en la manera en que un gatito se acurruca en el regazo, tratando de adivinar en qué nivel de profundidad estaba percibiendo todo eso. Pero no hubo caso, no me da, eso es solo para algunos privilegiados. En mi caso, al menos pude tener un vistazo que me permitió sospechar de qué trata esa capacidad.

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Guillermo Pérez Rossel

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En fin, esto ya no da para más, llegó el momento de enfrentar al lector con el extraordinario relato de López Matos:

Conventillos del sur de Buenos Aires

Los conventillos del sur de Buenos Aires fueron el principal escenario de la epidemia.

LA GRAN EPIDEMIA
Tres caballeros soportan estoicamente el calor del verano. Están de pie frente al edificio de la Comisión Municipal, lucen gestos contrariados, hablan en voz baja, miran con recelo a su alrededor, los tres han visitado la barriada de San Telmo, los tres saben lo que han visto, no, no tienen dudas…la piel, los vómitos, la fiebre, casi ni se atreven a decirlo. Les cuesta creer en tamaña mala suerte. Apenas dos años antes fue el cólera que llegó con los soldados del Paraguay y, como si no tuviésemos suficientes problemas, el asesinato de Urquiza, las guerras Jordanistas y ¡ahora esto!

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Los doctores Tamini, Larrosa y Montes de Oca elevan su informe a la Comisión Municipal. Discuten, no saben que hacer. ¿Conviene alarmar a la población? Quizás sea un brote aislado. Si, quizás, Dios lo quiera, sólo son cuatros los muertos, si, las primeras cuatro muertes de fiebre amarilla.

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Nadie podrá olvidar el año 1871, ninguna guerra, ninguna revuelta o revolución produjo tanto daño a esta ciudad. En sus escasos tres siglos de vida, Buenos Aires había sido arrasada por la viruela, hostigada por la tuberculosis, convivía con la sífilis, las enfermedades venéreas, las diarreas eran visitas obligadas del verano, la difteria ahogaba a los niños, la neumonía se llevaba a los más débiles durante el invierno, pero la fiebre amarilla por poco la borra del mapa. Catorce mil personas murieron de una población de 190.000. Un drama al que se deben agregar los miles de habitantes que huyeron para siempre de ese infierno. A las familias acomodadas, se sumaron las autoridades encabezadas por el presidente Sarmiento, que al frente de una comitiva de 70 personas partió en tren hacía Mercedes a ponerse a salvo de la peste. Tras él marchó el corajudo vicepresidente Adolfo Alsina, que por meses se escondió en una estancia vecina a Buenos Aires. Los ministros huyeron con sus familias y la ciudad quedó en manos de una comisión de ciudadanos que con voluntad y coraje trataron de ordenar el caos apocalíptico que invadió a la gran aldea.

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Eduardo Wilde, el médico que alertó de lo que realmente ocurría.

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Pero aún falta para este éxodo. Es el mes de Febrero de 1874, la peste apenas se insinúa en los barrios bajos de la ciudad. Casos aislados, no son cuadros floridos, podría ser cualquier cosa. Con tantos tanos viviendo hacinados en condiciones insalubres, quién sabe de qué se puede tratar. ¡Sí, parecen animales! Los médicos discuten, y un lego, como Manuel Bilbao, pontifica desde “La República”, que esto no es fiebre amarilla. Hubo un brote en Corrientes, sí, pero ¿quién puede asegurar que no se trate de otra enfermedad? Puede ser cualquier cosa, y… además se acercan los carnavales. Desfiles, fiestas, bailes, algarabía generalizada. Mañana será otro día… pero al otro día, el 23 de Febrero, un joven médico que conoció a esta peste en el Paraguay, mientras servía en el ejército de la Triple Alianza, lo dice con todas las letras, esto es fiebre amarilla. No caben dudas. El médico era Eduardo Wilde y ese día la epidemia se cobró 30 muertos. Algo debe hacerse: las autoridades solo atinan a prohibir los bailes y el miedo se adueña de la ciudad, y como cada vez que crece el miedo se buscan culpas. Si, las culpas son de los otros, sí, los cocoliches, los tanos, los genoveses que habitan esos espantosos conventillos como los que tiene Pedro Esnaola. Sí, Don Pedro, el del himno, ese músico exquisito que es además un hábil banquero, famoso por su tacañería. En sus tres conventillos se agolpaban en piezas misérrimas cientos de inmigrantes que mueren como moscas.

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El mito se hace carne y el espíritu xenófobo reina sobre la razón. Los tanos son los culpables, ellos traen la peste. Nueve mil mueren y quince mil inmigrantes emprenden el camino de regreso a su país. El paraíso que ellos buscaban en estas tierras prosperas, abiertas a todos los hombres de buena voluntad, estaba infectado de muertos y malparidos.

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Bilbao, el mismo que desde “La República” restaba importancia a estos pocos muertos, ahora siembra el terror y así lo escribe en letras catástrofe. ¡Peste!
Ya no hay espacio en los hospitales. El de Hombres (actual hospital de Clínicas), el de Mujeres (actual Rivadavia) y la Casa de Expósitos no aceptan un paciente más. Se levanta un establecimiento provisorio en el Lazareto de San Roque (donde hoy se encuentra el hospital Ramos Mejía). La Sociedad de Beneficencia arrienda el Hospital Italiano pero nada es suficiente para esta marea de muerte. No hay camas, no hay enfermeros, no hay sepultureros… La gente huye de la ciudad, de 190.000 habitantes quedan menos de 45.000. Las autoridades o se han ido o permanecen catatónicas, sobrepasadas por los acontecimientos. No hay Senado, ni jueces, ni médicos, de los 160 que había en Buenos Aires, sólo quedaron 60 para apechugar la emergencia.

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Ante el caos los que aún quedan en Buenos Aires deciden fundar la Comisión Popular de Salubridad Pública. En un mitin popular organizado en la Plaza de la Victoria el Dr. José Roque Pérez – el abogado más conocido de la ciudad y jefe indiscutido de la masonería – es consagrado presidente por aclamación. Ese día morían 150 personas en Buenos Aires.

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Los lugares del mundo donde la fiebre amarilla todavía es endémica

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Mientras el presidente y el vicepresidente toman distancia de la ciudad, el general Mitre, ex presidente y ex comandante en jefe del ejército, se pone al servicio de la comisión como un miembro más. En ningún momento, ni él, ni sus hijos abandonaron la ciudad. “La Nación”, su periódico, siguió saliendo todos los días, aún cuando el general yacía enfermo.

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Los miembros de la comisión cumplían con todos los servicios que el gobierno debía prestar. Asisten a los enfermos sin medios, ayudan a los médicos y cuando no hay más remedio entierran a los difuntos, cosa que no es fácil. En primer lugar no alcanzan los coches funerarios, en segundo lugar, los cementerios han rebalsado. El Cementerio del Sur no tiene más capacidad; para paliar esta necesidad se crea el Cementerio Oeste. Hasta allí llega la línea de ferrocarril por donde transita la vieja “Porteña” convertida en el tren de la muerte, transportando su lúgubre carga de féretros. Su conductor, el ingeniero Allan, muere víctima de la enfermedad.

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El número de muertos crece de forma alarmante – el 18 de Marzo son 200, el 27 son 337 -. Los médicos reciben más de 100 consultas diarias, pero la gente aún así muere sin asistencia, o lo que es peor… no muere. El 18 de Abril, “La Prensa” cuenta sobre un tal Pittaluga que fue llevado muerto al cementerio pero resucitó en el camino.

También relata el caso de un enfermero que después de cinco días de intensísimo trabajo, se tomó una hora de asueto y aprovechó para tomarse también varios litros de vino… Tan dormido estaba que fue confundido con un cadáver y como tal transportado al cementerio donde despertó cuando lo estaban rociando con cal….

¿Cuántos habrán sido enterrados vivos? Eso nunca se sabrá. No era esta una situación excepcional, en casos de epidemia con poca asistencia profesional – muy común en los casos de cólera y fiebre tifoidea – se hacía difícil saber quien aún no había caído víctima de las Parcas. Como un rápido diagnóstico diferencial entre vivos y muertos, era habitual clavarle una aguja bajo una uña a fin que el dolor lo hiciese definirse de qué lado de la laguna Estigia se encontraba. Y hablando de resurrección, 430 personas mueren el Sábado de Gloria. Sólo 10 son por otra causa que no fuera la fiebre.

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Nada parece frenar al desastre, sólo reina el desasosiego y el caos, pero ni aún así, su majestad la peste, espanta a los ladrones, a los aprovechadores, ó los rateros. Vestidos de enfermeros entran a las casas y se llevan todo lo que encuentran a su paso. Y lo que no pueden llevarse, lo estafan con firmas falsas y testamentos apócrifos. Ni el más espantoso desastre puede aplacar la codicia y nada puede frenar la peste.

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9 de Abril, 500 muertos. La comisión está desalentada, muchos de sus miembros han muerto. José Roque Pérez, el Dr. Francisco Muñiz, el Dr. Zapiola y el Dr. Argerich ya no están. Casi nadie abriga esperanzas, sólo resta abandonar la nave que se hunde, la ciudad que se desmorona. El Consejo de Higiene Pública recomienda alejarse de Buenos Aires. Ya pocos quedan y entre ellos los niños, los huérfanos que no saben que hacer, donde ir. Allí surge la figura del padre O`Gorman., el hermano del jefe de la policía y de la difunta Camila. El padre recorre las calles en busca de los niños que son transportados al asilo de huérfanos. En cada niño que recoge quizás reconozca al sobrino que murió con su hermana.

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Muere Lucio Norberto Mansilla, el héroe de Obligado, el mismo que supo de las campañas libertadoras y la traición de Ramírez. Él, que conoció los esplendores de la corte de Napoleón III y supo tutearse con Eugenia de Montijo, murió en la misma ciudad que lo vio nacer, entre fiebres y vómitos se le fue la gloria pero ganó la inmortalidad que concede la historia.

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La desesperación sigue, los negocios quiebran, hay suicidios, la delincuencia aumenta, el alcohol se convierte en el único consuelo de muchos; pero entonces, cuando sólo había desaliento y desesperanza, la fiebre cede. Sí, el 19 de Abril sólo se registran 171 muertes. ¡El milagro ha llegado! ¡Dios ha escuchado los ruegos! Entonces lo creyeron así, aunque diez años más tarde el Dr. Carlos Finlay diría que lo que llegó fue el frío y con el frío desaparecieron los mosquitos, vectores de la enfermedad.

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El aedes aegypti, principal vector de una enfermedad que aterrorizó al mundo entero
Lentamente la ciudad vuelve a la normalidad que nunca será como antes.
Como un general después de batalla se hacen las cuentas:
– 14.000 muertes. Vale recordar que en Curupayti, la herida más dolorosa de la guerra de la Triple Alianza, murieron sólo 995 soldados argentinos.
– 5.965.831 $ es lo que le costó al gobierno estos meses de zozobra.
– 30 sacerdotes muertos.
– 12 médicos, 2 practicantes y 5 farmacéuticos caídos en acción.
– 22 miembros de la Comisión entregaron su vida.

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La Comisión se disuelve el 6 de Mayo y reduce sus gastos a sólo 500$. Por sus manos habían pasado 3.774.343$ pero a la muerte de Roque Pérez, la conducción de Héctor Varela se las había arreglado para malquistarse con todo el mundo. Si, era mejor terminar con ella lo antes posible y sólo mantener el recuerdo de su abnegación que la historia se encargó de enaltecer a expensas de otros grupos que también lucharon contra la peste. Los miembros de la Comisión recibieron una Cruz de Hierro en agradecimiento por sus servicios.

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Lentamente vuelve el orden que no fue manso. Este período post-epidémico se caracterizó por el violento estallido de pleitos y litigios que atiborraron a los tribunales con demandas y contrademandas. Los testamentos sospechosos suscitaron verdaderas guerras de litigiosidad. El campo de los muertos se llena de cuervos voraces.
En el Parque Ameghino, sobre la avenida Caseros, muy cerca del Hospital Muñiz, sobre el mismo terreno que albergará al cementerio Sur, hay un monumento que en uno de sus lados reproduce la pintura de Blanes, la síntesis patética de esta epidemia.

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Al frente se lee:
“El sacrificio del hombre por la humanidad es un deber y una virtud que los hombres cultos estiman y agradecen, el municipio de Buenos Aires a los que cayeron victimas del deber en la independencia de fiebre amarilla de 1871”.

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El cuadro no solo fue inspirador para el Dr. López Matos. Beatriz Pustilnik escribió una pieza teatral luego de realizar una investigación histórica que motivó elogios de la crítica especializada. Titulada “Hábleme de la fiebre” tiene una puesta en escena donde descolla el cuadro de Blanes. Dos personajes dialogan impactados por la obra, por los personajes que se ven en ella y por los episodios paralelos de sus propias vidas. Con la dirección de Miguel Rur y la actuación de Rocío Carrillo y Gonzalo Kramer, se presentó con éxito en el Teatro La Máscara. Se me escapó, no la pude ver.

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El 8 de Diciembre de 1871, en el foyer del Teatro Colón, el pintor uruguayo Juan Manuel Blanes presentó su tela “Episodio de la Fiebre Amarilla”. El cuadro, hoy celebérrimo, sacudió a la ciudad que aún tenia las llagas abiertas. Blanes había sabido expresar la miseria, el horror y el heroísmo de aquellos días. Su composición era equilibradamente alegórica: una miserable pieza de conventillo, sobre el suelo yace una mujer muerta de fiebre amarilla. Sobre ella un niño de pocos meses busca los pechos de su madre. Al fondo se desdibuja el cadáver del padre. Las puertas de la habitación están abiertas y contra ellas se destacan dos miembros de la Comisión Popular. En el centro del cuadro, la figura imponente del Dr. Roque Pérez con el rostro bajo, las manos unidas en un gesto de conmiseración y tristeza. A su lado, el Dr. Argerich se descubre ante su majestad la muerte. Un muchacho pobremente vestido contempla la escena con indiferencia, ¿cuántas escenas como ésta habrá visto? Atrás, un miembro de la Comisión no se atreve a entrar.

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Se propuso que el gobierno argentino comprase esta obra que tan exactamente había sabido captar el dolor de Buenos Aires, pero el cuadro ya había sido vendido al gobierno uruguayo. Se iniciaron negociaciones que no llegaron a nada. La pintura se quedó en el Museo de Montevideo.

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Blanes pudo idear íntegramente la escena, cuyos caracteres son una compendio de la catástrofe, pero vale preguntarse ¿Tomó Blanes el cuadro de la realidad?
Bucich Escobar, en su libro “Bajo el horror de la epidemia” da fecha y lugar al drama: habría ocurrido el 20 de Marzo en la calle Balcarce 384. “(…) Corrió el sereno hasta la sede de la Comisión Popular y volvió con dos de sus miembros, los doctores Pérez y Argerich, quienes levantaron a la criatura y la condujeron a la Casa de Expósitos (…)”.
Según los informes, esta mujer se llama Ana Bristiani, italiana, y tenia a su marido enfermo en la Boca del Riachuelo.

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Su fugaz y trágico paso por este mundo se proyectó impensadamente a la posteridad, rescatada por la inspiración y el pincel de este artista.

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Dr. Omar López Matos