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Con los Emberás de Panamá

Uno es dueño de tener todos los prejuicios que quiera, ese es el privilegio de la ignorancia. Pero si sos buen observador, entonces descubrirás que estos indígenas de Panamá tienen mucho para enseñarnos.

Todo el pueblo estaba vestido de fiesta en nuestro honor. Apenas la piragua se encajó en el barro de la costa, junto al pequeño muelle, dos niñas salieron corriendo y me tomaron de las manos para ayudarme a trepar la empinada y resbalosa costa. No lo hicieron con los otros dos pasajeros de la piragua a pesar de que eran mujeres, lo hicieron conmigo en consideración a mi edad y a mis tambaleos al saltar a tierra.  Les aseguro que ningún mayor les indicó que lo hicieran, tampoco permanecieron a nuestro lado como esperando una propina; fue algo absolutamente espontáneo, uno de esos gestos ennoblecedores de las transferencias generacionales. Eso no se enseña, eso es un sentimiento.

Reconozcámoslo: la civilización y el progreso se basan en el egoísmo ventajero, en la aspiración a ser y poseer más que el otro. Como grupo tribal que se precia de respetar las teorías  de los antropólogos como si las conociera, no tienen un cacique;  pero cuando hay que decidir algo, todas las miradas se dirigen hacia uno de ellos, el que sabe por anciano, pero más sabe sabe por inteligente y por prudente. Artigas no lo hubiera organizado mejor.

Hasta concierto de bienvenida tuvimos. Algunos de los músicos traían el “taparrabos largo”, pero otros no estuvieron conformes con el ceremonial y en la selva, la libertad es libre.

No llevan puesta ropa (el taparrabos, no hay otra prenda) más o menos lujosa que pueda distinguir jerarquías…  pero algunos/as se las ingenian para que las de ellos sean más lindas y vistosas. También hay collares y abalorios que ellos mismos hilvanan y tallan,  así que no hay supremacías avasallantes; no hay bastón de mando ni ninguna insignia de prevalencia, pero hay reconocimiento a la belleza que cada uno logra con su talento artístico. Torres García no lo hubiera dispuesto mejor.

Comencemos por el principio.  Estaba en la ciudad de Panamá diez años después de mi primera visita, extasiándome y alegrándome del progreso vertiginoso que están logrando luego de la devolución del Canal por parte de los estadounidenses. Como ustedes saben, ese canal y su hermano gemelo paralelo, producto de una ampliación, recorren en buena parte  lagos y pantanos. Sí, ese húmedo imperio del paludismo y otros males que tantas muertes causó entre los chinos y  negros que trabajaron en el ferrocarril y el Canal.

Las mujeres vistieron sus mejores galas para recibirnos. Todas las fotos y dos de los videos fueron tomados  por el autor. Si alguien los quiere “levantar”, que lo haga a su gusto; vaya por tantas veces que me surtí con otros. Lo mismo digo sobre los textos.

Si en lugar de despojar malamente a los indígenas locales, hubieran intentado  entenderse con ellos y llegar a un arreglo satisfactorio para ambas partes, muchísimas muertes se hubieran evitado y no me vengas con que los indios son haraganes porque saco la cerbatana y te encajo una dosis bien merecida de curare. Así que los mosquitos terminaron protegiendo a estos indios sobrevivientes que tuve el honor de conocer… muy por arriba, pero de manera suficiente como para transmitirles estas experiencias.

Entre toda la folletería del hotel, me encuentro entonces con una comunicación a mimeógrafo, humilde y tentadora:  “excursión en piragüa hasta una población indígena. Sale a las 7 am y regresa a las 6 pm. Visita a una cascada en la selva. Almuerzo incluido”. Apuesto a que ustedes hubieran hecho lo mismo que yo. A  las 7 me pasó a buscar una poderosa camioneta 4 x 4; pasamos por otro hotel a recoger a dos señoras; éramos todos los pasajeros de la excursión.

Cuando las señoras subieron a la camioneta, el chofer tomó el teléfono y dijo  “Pedro, ponete el taparrabos más grande que vienen señoras”. Y lo tomamos a broma, porque no teníamos la menor idea de en qué cosa nos estábamos metiendo. El nombre de Pedro es inventado, pudo ser Carlos o Antonio o cualquier otro; no lo anoté y ahora lamento no tener el número de su singular teléfono para saludarlo.

La proa de la imponente piragüa de Pedro. Creo que si me hubiera dado vuelta para filmar la popa, nos íbamos todos al agua.

Pedro nos esperaba con una monumental piragua de no menos de cinco metros de largo y no más de 0,5 de ancho, hecha de un solo tronco. Llevaba puesto su taparrabos apto para señoras. ¡Atención! El taparrabos era una obra de arte llena de armonioso y restallante colorido. Colgando de la cintura, su teléfono inalámbrico de imponente apariencia. “Me lo presta la Agencia de Viajes”, me confió durante  mi tour que resultó casi una expedición. Naturalmente en la aldea no hay electricidad, pero junto con el teléfono le dieron un panel electrovoltaico para mantenerlo cargado. Me lo mostró, colgaba de un árbol, era una estridencia en medio de lo natural. “Yo fui a la escuela, igual que dos primos –me aclara- señalando un edificio blanco que ya se ve diminuto mientras avanzamos con la piragua propulsada con un poderoso motor Johnson. Pedro nos lleva a nosotros, a una reposición de combustible y dos bultos con las compras que le encomendaron.

Habla poco con las señoras, que por otra parte se muestran un tanto inquietas con que el asunto de los indios era de verdad y que nada tenía que ver con lo habitual en el Hollywood. Nuestro capitán saluda a otras piraguas que van y vienen por el canal o río, hasta que salimos a “mar abierto” y el agua comienza a salpicarnos y a desbordar (literariamente). “No se preocupen, tenemos una lata para achicar el agua que entre”, dice con un tono que parece broma, pero puede no serlo.

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https://www.youtube.com/watch?v=_GwcpMmSWo0

Nuestro anfitrión daba enorme confianza, sabía lo que estaba haciendo, se lo veía muy inteligente y racional, aunque un poco cohibido con esas señoras, tan vestidas. El viaje duró como una hora y media; al fin llegamos, empapados.

Pedro nos hizo una recorrida por el pueblito, mostrándonos las casas tipo palafitos, grandes y sin divisiones interiores, donde vive toda una familia. En el piso superior, donde no llega el agua ni en las crecidas, hay una parte de barro y piedras cubriendo el piso de madera. Esa es la cocina. “Aquí serviremos el almuerzo en un rato, nos da el tiempo que los que quieran vayan a la cascada conmigo. Es una zona totalmente selvática”, aclaró, por las dudas. A esa altura, los dos primos de Pedro habían traído más viajeros desde otros lugares de partida. A la cascada nos animamos cuatro.

Pedro con su taparrabos apto para todo público; detrás, la aldea de sus ancestros

El sendero estrecho, empinado, irregular, atravesado por cursos de agua, estaba destrozado por alguna crecida. El último trecho lo tuvimos que hacer entre las piedras del cauce formado por el arroyito que genera la cascada. Lo que no se puede describir, es el sonido de la selva; por momentos sobrecogedoramente silenciosa, alternando con una algarabía de chillidos de monos, cantos de pájaros y otros ruidos un tanto ominosos por los cuales no quise preguntar. Con todo, la presencia de Pedro infundía plena confianza.

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https://www.youtube.com/watch?v=uHTO8h9lVP4

Sin duda mi video tomado con una camarita de fotos, es muy insuficiente, pero al menos es auténtico y nada cinematográfico. No incluye irrespetuoso griterío turístico que escucharán en el otro.  A la selva corresponde ir con respeto y recogimiento.

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https://www.youtube.com/watch?v=hJXxqZUeaSU

A este lo saqué de Youtube, su autor tenía menos miedo de caerse que yo, pero tenía una actitud diferente. La respeto, pero no la comparto. Después de todo estás en un templo de la Naturaleza.

¡Qué baño me di en medio de la selva sin preocuparme ni preguntar acerca de si había caimanes o alguna otra bestia de esas que no necesitan pasta base para terminar contigo! Pedro y yo hablábamos como si nos conociéramos de toda la vida; él quería saber dónde quedaba Uruguay, cómo era, como eran nuestros indios, todo. Quería saber todo, era una esponja ávida de conocimiento. Y yo también.

“Me gustaría presentarte a mi papá”, me dijo mientras volvíamos a la aldea. Así que un rato después, estábamos sentados los tres. El padre era ese sabio a quien todos acudían; descarto  la idea de la ancianidad como causa del respeto, en la aldea había gente más vieja que él. El padre de Pedro (tampoco recuerdo su nombre, qué estupidez la mía) era simplemente la persona reputada como la más inteligente de la aldea y yo fui presentado, primero como una persona “no gringa” y además, muy inteligente (Si Pedro me hubiera conocido más, no hubiera arriesgado semejante juicio). Así que dio un paso al costado y dejó hablar a los dos veteranos, aunque varias veces tuvo que intervenir como intérprete.

El autor con dos mujeres de la tribu, en este caso con sostenes ceremoniales para turistas pudorosos. O para una foto “en horario de protección al menor”

¿Qué quería consultar conmigo el sabio de la aldea? Le estaban proponiendo poner una escuela en la aldea y él dudaba, no porque no apreciara los servicios de una escuela, sino porque eso podía cambiarles radical y abruptamente las tradiciones. “Quiero que mi gente aprenda todo lo que pueda”, dijo, “pero no quiero que eso acabe con nosotros”. Y me expuso la contrapropuesta que pensaba hacer: que pusieran la escuela de manera equidistante con otras aldeas, que todas las aldeas se ocuparan de brindarles todo lo necesario al maestro (que debía ser indígena de su misma etnia) y que el proceso de aculturación se fuera dando de manera paulatina, escogiendo lo bueno de nuestra civilización y preservando lo bueno de la cultura “Emberás-Wonam”. En la nota original los había identificado como “Bribrí”, porque eso fue lo que me dijeron en el hotel; pero más de un amable lector me ha hecho conocer el error.

Se pueden imaginar mi respuesta y mi admiración. Entre nosotros hay gente que puede tararear la música de tres jingles  y ya con eso se cree mucho más civilizada que estos indios. Ahora, si a estos indios los llevás un día a uno de nuestros partidos de fútbol en que si pierden (o si ganan, e’segual) rompen todas las butacas que pueden, no dejan entrar al alfabetismo en su selva… y no habría cómo reprochárselos.

No los voy a molestar con muchos datos que al final aburren. Abajo puse algunos links para los que quieran conocer más y dejo que las fotos hablen por mí.

Estas otras dos chiquitas posan en la cocina, en el primer piso de una de esas cabañas. La cocina en altura obedece al cambiante nivel del río y la fuente en primer plano corresponde al postre que nos dieron al final. Un menjunje dulzón; puedo elogiar muchas cosas de estos indios, pero como cocineros son salvajes.

Esas cuatro dulces nenitas de la foto de portada, sacada por mí junto con algunas otras y algunos videos, estuvieron allí todo el tiempo, compartiendo sus secretitos entre sonrisas. Se las veía enormemente felices y confiadas; esperaron pacientemente a que nos sirvieran el almuerzo a los turistas, luego se sirvieron los hombres y mujeres de la aldea y recién después les correspondió a ellas. ¿Vos hubieras invertido el orden? Puede ser, pero eso no hubiera cambiado esa expresión de serena confianza de las niñas; puede que el varón y el mayor tengan primacía, pero nunca ocurriría aquí en la selva, el sometimiento insoportable que históricamente  impusieron a las mujeres cristianos y judíos, o los que todavía horriblemente imponen algunos pueblos musulmanes que también dicen interpretar la voluntad divina.

¿Qué comimos? Pescado de río asado a las brasas. No los voy a engañar diciéndoles que me pareció delicioso, aunque alerto en el sentido de que las preferencias culinarias también son un patrimonio cultural; puede que a ellos uno de nuestros chupines de corvina les pareciera una calamidad. La fruta sí; riquísima y universal, no hay como la naturaleza para emparejar culturas.

Un último detalle. Antes del almuerzo, las mujeres de la aldea exponen sus artesanías en numerosas mesas.  “Cómpreles algo”, me aconsejó Pedro, es la única ganancia que obtenemos y de alguna manera es la compensación por el almuerzo. ¿Cuál es la mesa de tu madre, de tu gente íntima?, le pregunté con intención de favorecer a sus familiares directos y me miró con un poco de sorpresa. Eso no importa, me dijo cuando entendió la intención, todo es de todos, si uno gana, ganan todos; si uno pierde, perdemos todos.

¿Y la artesanía? En su selva hay semillas durísimas. Tienen corteza oscura y corazón blanco como el marfil. No pueden imaginarse las tallas hermosísimas que hacen con ese y otros materiales, como huesos de pescados, fibras, etc. Mezclado con eso, vi abalorios de plástico y aleaciones ordinarias, “procedentes de Taiwán, las traigo en la piragua” explicó Pedro.  Y bueno, comentó con una sonrisa, alguna picardía teníamos que tener;  hay turistas que ni cuenta se dan y las compran como si fuera artesanía legítima.

Es que hay civilizados tan salvajes…

 

La danza de despedida, con turistas invitados que se suman con entusiasmo, a sabiendas de que hay mucho de marketing selvático, pero que igual vale la pena.

Dice la bibliografía que pesqué al vuelo en internet, que según el último Censo Nacional: los indios Nöbes son 169.130. Los Kunas son 61.707. Los Emberás son 22.485. Los Buglés son 17.731. Los Wounaan son 6.882. Los Nasos o Teribes son 3.305. Los Bri brís son 2.521. Los Bokotas son 993. En otras bibliografías rejuntan a casi todos en la denominación de Emberás, o de Bri brís, que son mayoría por ejemplo en Costa Rica. ¿Son Emberás los que yo conocí? Puede ser, la vestimenta los asocia con ese grupo, pero reconozco que leyendo estas informaciones quedo bastante desconcertado.

Complementan la pesca y la recolección, con el cultivo de plátano, maíz, arroz, tubérculos como ñame, yuca y otoe y otros. También crían animales y recolectan plantas medicinales.

http://www.nativeplanet.org/indigenous/embera/

https://es.wikipedia.org/wiki/Comarca_Ember%C3%A1-Wounaan

http://es.wikipedia.org/wiki/Bribris

http://es.wikipedia.org/wiki/Religi%C3%B3n_bribri

Guillermo Pérez Rossel