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Pigafetta, ese sí que era un viajero

Esta es para vos, que te creés la gran cosa porque hiciste el viaje de Arquitectura.

Tenemos un relato pormenorizado del viaje de Magallanes, escrito por Antonio Pigafetta, un italiano que se coló en la famosa expedición con el mismo espíritu aventurero que podría tener un yorugua que embarca en el aeropuerto de Carrasco. Mirá como lo expresa: “como por los libros que había leído y por las conversaciones que había sostenido con los sabios que frecuentaban la casa de este prelado, sabía que navegando en el Océano se observan cosas admirables, determiné de cerciorarme por mis propios ojos de la verdad de todo lo que se contaba, a fin de poder hacer a los demás la relación de mi viaje, tanto para entretenerlos como para serles útil y crearme, a la vez, un nombre que llegase a la posteridad”. Parece escrito para esta web, con su misma intención.

Pero ahí termina la similitud. Ya verás el lío que hay para tratar de saber cuál es la versión que más se ajusta al libro de Pigafetta luego de que los más diversos editores hicieron con él lo que mejor les pareció para asegurar las ventas. En la versión que yo leí en mi primer encuentro con este delicioso texto, el primer párrafo decía que habían partido 200 marineros y luego comenzaba la descripción. Y en el último párrafo apenas consignaba que habían llegado 20. Asi nomás, sin lágrimas ni adjetivos. ¿Qué otra cosa podía esperarse en el primer viaje en torno al globo?

El palacio Pigafetta en Vicenzo, Italia y el propio Pigafetta, sobreviviente de lo que debe ser la mayor aventura en la historia de la humanidad. Y no la hizo para escapar de la pobreza o porque lo obligaban, pues era noble y tenía plata. Solo que le gustaba aprender.

Y pensar que los estudiantes de Arquitectura y de Ciencias Económicas arman un escándalo si se encuentran con una humilde cucarachita en ese hostal que no resultó lo que parecía en Internet.

Para empezar, el de Pigafetta, denominado justamente “El primer viaje en torno al globo”, “Relación de Pigafetta” o todos los títulos que pudieran ocurrírsete, no fue el primer relato, pues por ahí están las reseñas confidenciales que llevaba Magallanes hasta su muerte y el informe presentado a los reyes por Sebastián Elcano. Además, está el relato de Maximilianus Transilvanus, un transilvano que no viajó, pero se la pintó fácil a los reyes que, como te podrás imaginar, no tenían muchas ganas de leer ni esto ni nada.


Una de las carátulas y García Márquez, uno de los admiradores de la obra.

No sé que versión leyó o prefiere García Márquez, pero en varias webs se asegura que es el libro preferido del escritor.  Y sí, hay que ser muy babieca para que este libro no te impacte, sea cual sea la versión que llegó a tus manos. Volveremos a este tema, pero pegaré un salto para describir las experiencias de Pigafetta en nuestro territorio para que no se nos aburran los que están convencidos de que los libros muerden.

Y acá de nuevo empiezan los líos con las versiones. Yo me acuerdo de memoria el primer ejemplar de este libro, en el cual Pigafetta relataba que al acercarse a la costa (de Rocha, debe suponerse) para reponer alimentos y agua potable, “un gigante con voz de trueno nos llamó desde la costa”, razón por la cual no se animaron a desembarcar y siguieron viaje hasta una isla donde encontraron “unos patos que caminaban muy erguidos” y se hicieron de varios de ellos para llenar el estómago.

Los charrúas no comían europeos, pero debieron hacerlo.

¡Tuvieron que comer pingüinos por miedo a nuestros charrúas! No vayas a creer que eran un montón de pusilánimes, todo lo contrario, apechugaron con todo lo que se les puso a tiro, desembarcaron en Brasil y se relacionaron con los indios de allá, bajaron en la Patagonia, donde los indios eran también gigantes para ellos, y no solo no tuvieron miedo sino que se afanaron a dos de ellos, uno de los cuales se murió y al otro se lo almorzaron durante la travesía del Pacífico. Así de heroicos y bestias eran los que venían en naves como la Victoria, que es la que aparece en la portada.

Lo que pasa que de nuestros charrúas los de Magallanes  tenían la relación de la gente que venía con Solís, la cual sin prueba alguna aseguraba que nuestros indios eran caníbales y se morfaban a cuanto navegante osara entrar al Río de la Plata, lo que resultó lamentablemente incierto. Se equivocaron los charrúas, si se los hubieran comido a todos, no los hubieran masacrado en Salsipuedes.

En fin, esa es la versión que yo recuerdo, porque el libro lo presté y por supuesto no me lo devolvieron. En un segundo ejemplar, la versión estaba adornada para que los expedicionarios quedaran mejor parados y en una última el episodio ya era irreconocible. Acá te muestro la versión que se encontró en el Vaticano.

Acá asegura que desembarcaron en ¿Rocha? y anduvieron a los saltos con los charrúas. Personalmente, me quedo con la otra versión.

Si azaroso fue el viaje, no menos complicada es la historia del relato de Pigafetta. Tal parece que hizo una relación oficial que a Carlos V  “le obsequié un libro escrito de mi mano, en el cual había apuntado día por día todo lo que había acontecido durante el viaje”. Muy prolijo de su parte, pero una mala idea si se tiene en cuenta toda la historia de traiciones y ocultamiento que los cortesanos le dedicaron a una información que debió ser científica. Esa relación desapareció y ni siquiera sabemos si fue leída por el rey.

Por suerte el navegante se había quedado con los apuntes o con otro libro que sirvió de base a lo que fue su relato oficial. Naturalmente estaba escrita originalmente en italiano; sin embargo, las que tuvieron difusión fueron algunas basadas en manuscritos en francés. Los editores franceses serían poco fidedignos, pero eran unos fenómenos cuando algo parecía destinado a dar ganancia.

En 1880, o más bien algo antes, un tal Carlo Amoretti descubrió una versión en italiano que había estado ignorada hasta ese momento en la Biblioteca Ambrosiana. La publicó en Milán en ese año bajo el nomre de “ Relazione del Primo Viaggio intorno al Globo Terráqueo”. Las versiones que circulan actualmente en español son derivadas de alguno de esos cuatro textos, recortadas, acotadas, anotadas, tergiversadas, en fin, andá a saber qué fue lo que Pigafetta realmente escribió. Sin embargo, cualquiera de las versiones es igualmente alucinante, mirá que preciosidad de matriz literaria para un tipo que jamás pretendió ser escritor.

 

Con un poco de trabajo podés leer integralmente en español una de las versiones más antiguas y fiables en http://www.archive.org/stream/primerviajeentor00piga#page/n1/mode/2up . Lamentablemente no encontré una versión más fácil de leer.

El libro en sí es una crónica apasionada cuyo valor principal es justamente ese, el de  ponernos en contacto no solo con la realidad fría y aburrida, sino con la manera en que los acontecimientos repercutían en esos navegantes que hacían suya la propuesta de Enrique El Navegante, según la cual vivir no era tan necesario como navegar. Todo está entremezclado con leyendas medievales, creencias religiosas, hipótesis delirantes y anotaciones que te hacen pensar.

Ahora, ¿realmente podrías asegurar que algunas de las cosas que leemos y creemos en la  actualidad no son tan disparatadas como las que con extraordinaria inocencia relataba Pigafetta? Ciertamente son muy pocas las “verdades” que pueden atravesar siglos y nuevas posturas filosóficas. Así que no juzgues duramente la objetividad de Pigafetta, mejor mirate en el espejo y tratá de convencerte de que vos no estás haciendo exactamente lo mismo.

Pongamos por caso los “Fuegos de San Telmo” que Pigafetta cita reiteradamente, muy especialmente cuando los agarró una sudestada de los mil demonios, seguramente la primera sudestada brava que experimentaron los europeos por estos lares. Tan jorobada que dispersó las naves y el viaje nunca más fue lo mismo. Pues bien, en tiempo tormentoso es que pueden producirse estos fenómenos eléctricos que dejaban espantados a los marineros. Dice la wikipedia que son una descarga electroluminiscente provocada por la ionización del aire dentro del fuerte campo eléctrico que originan las tormentas eléctricas.

Los denominaban “Fuegos de San Telmo” por San Erasmo de Formia (Sanct’ Elmo) patrón de los marineros, a quien se encomendaban apenas los veían zumbando en lo alto de los mástiles. No se si será lo mismo, pero podés ver todos los fuegos de San Telmo que quieras en Aguas Dulces, caminando por Gorlerito en un día de tormenta. Los postes de electricidad chisporrotean de lo lindo y aunque esto lo produjera la salinidad del mar vulnerando la inconductibilidad de los cables, supongo que la sensación no será demasiado diferente.

¿Qué más podría decirte sin temor de aburrirte? Ya sabés que Magallanes no llegó a destino y que fue Sebastián Elcano el que logró llegar, no con 20 marineros como se supone que escribió Pigafetta, sino con 18. Pero qué eran dos vidas de marineros en aquél entonces. Una bicoca, si se tiene en cuenta que comprobaron que se podía llegar al Este navegando hacia el Oeste y que se perdía o ganaba un día en el almanaque navegando con esa orientación.

Es posible que Pigafetta haya sido más científico de lo que aparece en su relación ornamentada por editores, pues algunas fuentes aseguran que fue él y nadie más, quien describió el cielo austral y dejó registradas dos nebulosas, una de las cuales (o ambas) se conocieron como la Nebulosa de Magallanes. Fueron bautizadas así porque  Pigafetta tendría una imaginación exuberante, pero era agradecido con el navegante que lo había aceptado en su tripulación.

¡Pavada de cronista había embarcado el portugués! Tratá de conseguirte el libro y después me contás.

Los fuegos de San Telmo, que actualmente no le meten miedo a nadie.