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Las islas más extravagantes

Recorrés los 3,7 kilómetros que las separan y cambiás de día, de continente y de país.

Porque entre ambas discurre el meridiano 180º, también denominado el “antimeridiano”, para diferenciarlo del meridiano cero, todo modoso él, ubicado con extrema elegancia en Greenwich, para fastidio de los europeos continentales. Por eso, en el exacto momento en que pasás la pierna por encima de la línea imaginaria, cambiaste de día, lo cual quizás te tuvo de cabeza cuando viste o leíste La Vuelta al Mundo en 80 Días, cuando en medio de la desolación de haber llegado tarde a la apuesta, descubren que, al haber viajado todo el tiempo hacia el Este, tenían un inesperado día a su favor.

Y si eso te resulta extravagante, no menos lo es el hecho de que ambas islas, ubicadas casi en el medio del estrecho de Bering, marcan lo que fue la máxima frontera de la guerra fría, entre Estados Unidos y la ahora Federación Rusa. Durante buena parte del año, ambas islas están unidas por el hielo. Una en el continente americano y otra en el continente asiático.

Vamos a aclarar que no te estoy proponiendo un viaje de placer a este remoto lugar del mundo, pues es acá está uno de los climas más inhóspitos que se puedan imaginar. No obstante, en la más pequeña de esas islas, la que queda del lado americano, hay una población estable de unas 140 personas, tradicionalmente dedicadas a la talla de huesos de ballena y a su caza artesanal. Andá mirando las fotos y convencete de que, a menos que seas un geógrafo muy aplicado, a este lugar es mejor visitarlo desde la comodidad de Google Maps, en 65°47’N 169°01’O.

En cuanto al nombre que le adjudicaron a las islas parece un poco culturino, pues refiere a Diomedes de Tracia, uno de los mayores héroes de la Ilíada y uno de los menos reconocidos por Homero, pues aunque le asigna unos cuantos versos, no están en proporción con la magnitud de su valor. ¡Si hasta estuvo a punto de agarrarse a los lanzazos con uno de los dioses! Lo detuvieron justo a punto, porque queda feo andar matando dioses. Quizás Homero lo relegó porque la historia principal se le iba de las manos, quizá porque Diomedes era tan imprudente, que se casó con la tía.

¿Querés más extravagancias? Los rusos no las denominan Diomedes sino Gvozdev, faltaba más. Pero la de ellos está en el Mar de Chukchi, en tanto que la estadounidense está en el mar de Bering, aunque a menos que alguien nos saque del error, no parece que hubiera ningún accidente geográfico como para hablar de dos mares.

Naturalmente, si no fuera por los problemas políticos y si el clima no fuera tan hostil, ese es un excelente lugar para tender un puente (físico y de entendimiento) entre los dos países y los dos continentes. Dificultades de ingeniería y hasta de financiamiento, no habría. Pero si parás la oreja escuchás los alaridos de los ecologistas, que quizás tengan razón, pero que por momentos aburren con su manía de oponerse a todo, particularmente si contribuye a que una región del mundo pueda producir más bienestar para los más desfavorecidos.

Para nosotros no termina ahí la extravagancia de estas islas. Cuando los europeos descubrieron América de ninguna manera quisieron reconocer que la gente que habitaba el continente estaba allí desde tanto tiempo atrás como los europeos. No señor, los indígenas americanos eran como una asquerosa subespecie solo explicable si habían llegado de otro lado; ni ahora se acepta que sean oriundos, como lo son todos los dinosaurios y todos los mamíferos, incluyendo los antropomórficos que pueblan el continente.

Entonces tenés a un Thor Heyerdahl que viajó de América a Asia para demostrar que los asiáticos habían colonizado América. ¿Y por qué entonces no viajó de este a oeste? Según un amigo boliviano, viajó en ese sentido porque en el otro es imposible, las corrientes marinas lo impiden, al menos a una balsa a vela. Bueno, no te asustes, igual podemos negar que el hombre americano esté acá desde tiempos tan remotos como los primeros mamíferos. Los monos sí pueden ser americanos, pero el ser humano de ninguna manera.

Entonces, el ser humano pobló América viajando a pie desde el extremo norte de Asia, hasta el extremo norte de América, casualmente, pasando por estas dos islas. ¿Y qué comían durante esa larguísima caminata en medio de semejante clima?, preguntaba mi amigo boliviano. ¿Habían inventado el corned beef hace 12.000 años? Y el amigo te dejaba tambaleando todas las convicciones hasta que concluía, con absoluta certidumbre, que el ser humano era originario de Bolivia, más precisamente, de esa isla misteriosa en medio del misterioso Lago Titicaca. Lo cual puede ser disparatado y caprichoso, pero mirá que no lo es más que esas otras teorías según las cuales nuestros indígenas americanos eran unos pobrecitos a los que se les hacía un favor cuando se los sometía, dado que eran bestias recién aparecidas en la evolución. Entonces, estabas moralmente autorizado a bautizarlos y meterlos en unas minas de plata para que trabajaran hasta la muerte.

Fue un mail con un Power Point, enviado por un compañero de Rotary, el que me puso en camino hacia estas islas. De ese PP innominado, procede una de las ilustraciones. El resto es de Wikimedia Commons y de http://comunidad.muchoviaje.com/cs/photos/diomedes_la_isla_del_fin_del_mundo/default.aspx , una web muy recomendable donde algun usuario colgó gran cantidad de fotos.