ir arriba
Uruguay

America del Sur

America del Norte y Central

Europa

Africa

Asia

Oceania

Destacado

Home » Destacado

Gárgolas, la arquitectura del terror

No es imprescindible, pero antes de asustarte deberías conocer la diferencia entre gárgolas, quimeras, grifos, arpías y otros horrores.

Sin ninguna duda, asustar es más barato y menos cruento que reprimir. Esa podría ser la explicación de la costumbre cristiana europea, pero también maya y azteca, de ornamentar sus grandes construcciones ceremoniales con  estos seres que parecen salidos del peor delirium tremens. Es interesante que conozcas algo de todo esto, pues en tus viajes encontrarás muchas de estas bestias apenas levantes la vista.

Según la Wikipedia y otras fuentes, los grifos anteceden a todo esto, aunque la aseveración no es muy convincente, pues egipcios y babilónicos ya incursionaban en el susto como elemento de la albañilería. ¡Mirá que el hombre es ingenioso para evitar la simple felicidad de la ignorancia!

Comencemos con la gárgola que es la más famosa, la preferida de Disney y la que se confunde con todas las demás. No señor, gárgola es únicamente la que sirve como último tramo de un desagüe. De ahí su nombre, gárgola, gárgaras, gorgoritos,, vinculado al agua. Ya veremos los demás horrores.

Para empezar mirate este video de youtube donde están las famosas gárgolas de Notre Dame, alternando con quimeras, que como intuirás, son parecidas, de la misma familia, pero no están ahí para desaguar, sino únicamente para asustar demoníacamente, objetivo singular para una iglesia cristiana.

Imagen de previsualización de YouTube

http://www.youtube.com/watch?v=6VyFcY-tqWk&feature=related

Que no te llame la atención tanto misterio, pues seguramente gárgolas y quimeras proceden de los Caballeros Templarios, esa Orden tan hermética, tan mítica, tan rica, tan constructora de catedrales y, finalmente tan exterminada supuestamente por corruptela. Aunque seguramente las riquezas acumuladas desde las Cruzadas deben haber tentado mucho a sus enemigos.

Puede que ellos hayan tomado inspiración justamente en esos antecedentes mesopotámicos que conocieron durante sus andanzas, pero el imaginario europeo enseguida le encontró justificación y origen, al menos a las gárgolas.

Dice la tradición oral francesa que hubo un dragón llamado La Gargouille, con cuello largo y rectilíneo, hocico delgado y alas membranosas (es decir, exacto como un desagüe). Vivía en una cueva próxima al Sena y tenía muy malos modales, hasta el punto que comía barcos y quemaba todo lo que se le ponía al alcance de su aliento. Luego bebía y escupía agua con tanta fuerza que ocasionaba inundaciones.

En el año 600 llegó a Rouen el sacerdote cristiano Romanus, quien prometió al vecindario que se hacía cargo del dragón pero a cambio todos debían aceptar el bautismo y construir una iglesia destinada al culto católico. Luego que ellos aceptaron, Romanus enfrentó a la gárgola con las herramientas de un exorcismo: campana, Biblia, vela y cruz. Dice la tradición que la gárgola se amansó de inmediato, gesto que no impidió que la quemaran en la hoguera.

Cuando revisaron las cenizas, descubrieron que su boca y su cuello estaban intactos, de manera que lo pusieron en el edificio del ayuntamiento y luego en la Iglesia de Rouen, donde todavía presta servicios como desagüe, dixit.

Si, ya sé, es una explicación bastante traída de los pelos. Pero todas las demás no dejan de ser sesudas hipótesis tan carentes de base científica como la leyenda. Por ejemplo, se pone énfasis en que las aterradoras bestias infernales están en la parte exterior de las iglesias, lo cual no deja de tener alguna excepción. De esa manera, gárgolas, quimeras y grifos tendrían como utilidad complementaria a la de disponer el agua pluvial, pero la primaria pudo haber sido la de espantar al diablo y sus adláteres. O a los enemigos, o a los ladrones.

La hipótesis no resiste el hecho de que el diablo no se asustaría de sus propias criaturas, más bien se sentiría atraído por ellas. En cuanto a los ladrones, le cedo la palabra a quienes han puesto alarmas,  cercas electrificadas, comprado un mastín y tantos otros recursos sin otro resultado que el costo. Eso sí, a más de uno le robaron el mastín, pero no tengo noticias de que alguien se haya afanado una gárgola. Una explicación tan carente de fundamentación como las demás, pero al menos más coherente, es la de que muestran a los demonios huyendo de la iglesia. Pero, de nuevo, tampoco explica qué estaban haciendo adentro.

Doy fe de que las quimeras que cualquiera puede ver en el muro de una preciosa casa de la calle Mar Antártico, en Punta Gorda, fueron elaboradas por algún artesano local o importadas de Europa, pero de ninguna manera fueron malamente arrancadas de una catedral. Lo mismo podría decirse de las que alguien dijo haber visto en el Castillo Pittamiglio. Si alguien sabe de otras gárgolas en Uruguay, o quiere aportar alguna foto, por favor, que agregue un comentario y el autor se comunica con él.

Si por el contrario te da por explorar toda esta mitología encontrarás buena información en http://leyendasdelosseresmagicos.blogspot.com/2008/07/indice.html . Por una simple cuestión de lascivia, te recomiendo todo lo referente a íncubos y súcubos, pero el riesgo nocturno va por tu cuenta. Contiene un inefable capítulo sobre el bestiario y las leyendas argentinas.

El Bestiario de Rochester y un horrible monstruo de inspiración cocodrílica, morfándose a un hereje.

A propósito de “bestiarios”, esa sí que podría ser una explicación. Durante la edad media fueron muy populares los volúmenes ilustrados con descripciones de animales, plantas e incluso rocas fabulosas. Imagino que los dibujantes ganarían mucho dinero vendiendo o prestando esos libros de figuritas, tan aptos para un tiempo en que solo los sacerdotes (algunos de ellos) sabían leer.
Los bestiarios eran una degradación del interés por la historia natural. Dice la Wikipedia que el primer bestiario conocido en la forma en que más tarde ganaría popularidad era un antiguo volumen griego anónimo de entre los siglos II y IV conocido como Physiologus, que resumía conocimiento y sabiduría antiguos sobre animales en las obras de autores clásicos como la Historia de los animales, de Aristóteles de Estagira, así como otras obras de HeródotoPlinio el ViejoCayo Julio SolinoClaudio Eliano, y otros naturalistas. Hasta Leonardo Da Vinci tuvo su “bestiario”, aunque como era de suponer, refería a bestias reales o a descripciones creíbles suministradas por viajeros. Todo muy bien, pero de allí es que surge luego esa locura en la cual en lugar de investigar a lo Darwin, se inventaban animales al impulso de la afiebrada mente de algún monje de reclusión.

Ahora mirate este disparate actual  sobre Quimeras y Gárgolas.

Imagen de previsualización de YouTube

http://www.youtube.com/watch?v=EdUA0Zi5ZOA

¿Y el grifo? Bueno, el grifo no es una bestia fantasiosa cualquiera, para ser grifo debe tener la parte superior de un águila, con plumas doradas, afilado pico y garras poderosas, en tanto que la parte inferior es la de un león, con pelaje amarillo, musculosas patas y rabo. Si no es así, te vendieron gato por liebre, no es un grifo.

De manera que el grifo es como el imposible resultado de una cruza genética, como podría serlo una sirena o un centauro, con la diferencia de que a estas otras bestias mitológicas, los caballeros templarios y los arquitectos, les dieron muy poca pelota. Andá a saber por qué.

Otras fuentes ponen énfasis en que gárgola viene del francés gargouille, gargouiller, es decir, producir un ruido semejante al de un líquido en un tubo, algo así como nuestro paisano Estanislao del Campo llamaba “gorgoritos” al ruido que hacía el aguardiente deslizándose por la garganta de un gaucho. De manera que parece indiscutible la patria francesa de la gárgola tal como la conocemos en las catedrales, pero guardame al gorgorito y a Gardel  para las tradiciones rioplatenses.

Un grifo comme il faut y uno que seguramente no pagó el diezmo

Desde Francia, la costumbre de meter gárgolas y quimeras se expandió a toda Europa y hasta llegó a América. Tipos tan respetados como Le Corbusier empleó gárgolas en la capilla de Notre Dame du Haut, en Ronchamp, Francia. Y en la Catedral de Palencia, España, es posible ver una gárgola representando a un fotógrafo, esa bestia tan temida por los gobiernos y por las personas famosas. Parece que cuando hubo que sustituir una gárgola rota, a alguien se le ocurrió que un fotógrafo era lo más endemoniado que podía imaginarse en estos tiempos.

¿Y las arpías? Porque también hay arpías en la arquitectura catedralicia. Contrariamente a lo que sugiere nuestro léxico cotidiano, las arpías no son las suegras, sino una de las formidables invenciones poéticas de los griegos. Y si las inventaron los griegos, no debían ser feísimas como las retrataron los artistas medievales, sino bellísimas. Aladas y bellas, pero malas, malísimas. Le robaban la comida a Zeus y llevaban chismes de un lugar a otro.

Las arpías medievales y una arpía como la imaginaría Fidias si hubiera nacido ahora.

Por esa cosa tan medieval del odio a la mujer, las arpías se transformaron en horribles genios maléficos con rostro de mujer, cuerpo de cuervo y causantes de tempestades, pestes e infortunio. ¿Qué hacen entonces en las catedrales? Andá a preguntarle a los templarios, pero tené en cuenta que la transmutación comenzó con los griegos. Hesíodo las describía como criaturas “de adorables cabellos”, pero no hay que confiar  en él, hay muchos hombres que se enamoran de arpías o de harpías, porque se puede escribir con y sin “h”.

Guillermo Pérez Rossel