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La Isola Tiberina

Mi querido amigo Juan Manuel Beltrán se instaló en la Isola Tiberina para pasar revista a su vida;  me intrigó tanto su elección que acá van su introspección y algunos detalles terrestres sobre esa isla. De manera que este es un viaje al interior y a un lugar de Roma en el cual corresponde extraviarse un poco, no tanto para conocer Roma como para conocerse uno mismo.

Juan Manuel no eligió nada mal; aunque el lugar tiene antecedentes lúgubres como veremos, lo cual lleva a otras reflexiones y a otras y otras, como corresponde, como también corresponde a un río. ¡Vamos Juanma! Te me pusiste como Salomón cuando le dio por escribir el Ecclesiastés al reflexionar sobre el fluir de los ríos y la vanidad de la vida; la vanidad por lo vano, superfluo, carente de objetivo. Los ríos tienen esas cosas, inspiran obras maravillosas y pensamientos que pueden ser horriblemente negativos, como los de Jorge Manrique al recordar a su padre: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir; allí van los señoríos derechos a se acabar e consumir; allí los ríos caudales, allí los otros medianos e más chicos, allegados, son iguales los que viven por sus manos e los ricos”.

Don Jorge era un enorme literato, pero un copiandín, casi con las mismas palabras lo había expresado Salomón casi 2000 años antes. Pero ¡qué son dos mil años! Sin la pretensión de esos monstruos de la expresión, mi amigo JuanMa se instala en la Isola Tiberina y mirá lo que le sale para su blog Letras de Nada:  “Desde que ponemos nuestros llantos en el mundo, la vida se empeña en llevarnos de cambio en cambio cogidos por la oreja sin que podamos parar y quedarnos quietos disfrutando de la tranquilidad ganada. Como en una tortura programada, nuestra realidad cambia como cambia cada día el río que nos empeñamos en nombrar con el mismo nombre sin reconocer que cada día es distinto, que cada hora es distinto y que deberíamos hacer el esfuerzo de reconocerlo y darle el nombre que cada realidad merecer, sin dar lugar al constante equívoco de un nombre permanente”.

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O sea, letras más, letras menos, el mismo concepto. Puede que los ríos turbulentos inspiren otros sentimientos. Pero no es el caso del río Tiber contemplado sin trucos cinematográficos  desde esta pequeña isla, cerca de la Colina Capitolina.

Tiene unos 270 metros de largo y apenas 67 en su parte más ancha, en todas las referencias que se encuentran en internet, se destaca muy especialmente que tiene forma de barco y que albergó al Templo de Esculapio, que era el dios griego de la medicina. También se agrega que era un lugar de mala fama y se inventan hipótesis peregrinas cuando hay una tan contundente que rompe los ojos. La isla era utilizada durante las horrorosas epidemias medievales, para arrojar allí a los contaminados y los moribundos, ¿cómo querés que se la mirara con simpatía?

Todavía hoy acoge en su pequeñez al  renombrado Hospital de San Juan de Dios y al Hospital Israelí. Pero su relación con la salud pública se remonta al 293 antes de Cristo, cuando la peste azotó Roma. Dice la Wikipedia que después de haber consultado los Libros Sibelinos, el Senado romano decidió construir un templo dedicado a Esculapio (el dios griego de la medicina), y al mismo tiempo organizó una delegación para obtener la estatua del dios. Cuando esta delegación regresó, mientras se encontraba bordeando el río Tíber, una serpiente (el símbolo del dios) fue vista saliendo de la barca en que viajaban y nadando luego hacia la isla. Esto fue considerado como una prueba inefable de que Esculapio había elegido a la isla para que fuese el lugar donde se le edificara un templo.

Cuando la construcción estuvo lista, la peste terminó de flagelar a Roma. Maravillados ante tan milagroso evento, los romanos construyeron una enorme nave fija que abarcaba toda la isla: Revestimientos en travertino se le adjuntaron a la orillas con formas de proa y popa, se erigió un obelisco en el medio de la isla para representar el mástil de un barco, y se rodeó la isla con muros, lo que la hacía parecer un barco verdadero.

Todavía se pueden ver algunos restos de los muros en la parte oriental, y parte del obelisco que ahí estaba, se encuentra ahora en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Te digo que los políticos de todos los tiempos son capaces de inventar cualquier fábula con tal de justificar el dispendio de dineros públicos.

Alguna crecida no registrada por la historia, terminó con buena parte de los homenajes a Esculapio, pero no con el palacio y fortaleza que allí edificó la familia Pierleoni. Con el tiempo, ese palacio fue un convento Franciscano y desde 1900 acoge al Hospital Israelí. El Hospital San Juan de Dios está en la parte más alta de la isla, a la que se accede por  los antiguos Puente Fabricio y Puente Cestio. Desde el extremo meridional se puede ver también el Puente Emilio, también conocido como el Puente Roto.

Así que cuando vayas a Roma, date una vueltita por esta isla y después contanos qué reflexiones te inspiró.