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Teotihuacán, según como se mire

Lo que pasa con Teotihuacán y otros lugares, es que cada uno la ve diferente.

Y así debe ser, porque los ojos son una minúscula parte de la percepción. A menos que uno sea un nabo a todos los premios y se quede con lo que le dicen en lugar de apreciar las cosas con toda su carga individual. Para bien, o para mal.

Es probable que, como es el caso del editor, hayas visitado Teotihuacán tantas veces como como fuiste a Ciudad de México. Y lo bien que hiciste, pues cada vez luce diferente; no por ella lógicamente, cuya imponencia es quietamente milenaria. Teotihuacán es según como te agarre.

Recuerdo mi primera vez, trepando a la Pirámide de la Luna y encontrando a mitad de camino a una jovencita estadounidense llorando desconsolada mientras exclamaba “nobody loves me”. La historia y el apunamiento la habían agarrado fuerte, tanto que no pude convencerla de que yo era una excepción y la quería, por lo menos durante un ratito.

Imagen de previsualización de YouTube

Para ilustrar esta entrada hemos preferido únicamente videos colgados en Youtube, pues las fotos difícilmente dan una idea del conjunto urbano o ceremonial o andá a saber qué si te salís de la subjetividad.  El segundo video es bastante descriptivo y el tercero es una visión turística bien filmada.

Otra vez, escuchando el sonsonete de las crueldades horripilantes de todas las culturas americanas, donde no pasaba día en que no anduvieran arrancando corazones, desangrando gente a tirando niños a los cenotes o congelándolos en las montañas, me agarré una rabieta contra la obediente sumisión de los historiadores latinoamericanos. ¿Te cabe en la cabeza que semejantes civilizaciones estuvieran de laceración constante? No señor, las culturas americanas seguro que eran como las europeas, que se tomaban sus tiempos para ir a misa luego de empalar, quemar, hervir o guillotinar … piadosamente, claro.

Así que es interesante también ver Teotihuacán como la ven otras personas, particularmente si esas personas tienen la sensibilidad de mi amigo Juan Manuel Beltrán, un español “políticamente incorrecto” , a quién le pillé (así diría él) este artículo en su blog “Letras de nada”.  A ver si te vienes de paseo a Uruguay como prometiste y nos comemos algo en el Mercado del Puerto.

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A 50 kilómetros de México se encuentra la historia; los huesos de un pueblo que hace 16 siglos quiso alcanzar el cielo sobre los huesos de los muertos. La ciudad de los dioses es enorme, con avenidas y plazas de tamaño gigantesco y por encima de ese trazado lineal y matemático, se alzan dos gigantes a los que acompaña una delicada dama de piedra.

La pirámide del Sol, 280 metros de lado y 63 de altura se levanta en el medio, con muchos escalones para el poco aire de los 2300 metros del lugar. La pirámide del Sol luce sus huesos descarnados de estuco, como si los huesos de los esclavos que murieron para levantarla recobraran la voz tras siglos de silencio. Es grande, majestuosa y vieja contadora de historias, aunque todavía son muchas las que quedan por contar.

La Pirámide de la Luna parece hecha con la intención de poder contemplar la avenida de los muertos en todo su esplendor, con su trazado perfecto y recto, como pensado para atemorizar a los habitantes de un valle fértil que lograron transformar en un desierto. Todas las edificaciones sirven a un poder sobrenatural y a él se rinden. Las casas, los enormes estanques, espejos de las estrellas que regían sus vidas. Obras bonitas, unos conocimientos de los que, otras culturas, tardaron siglos en alcanzar; 200.000 personas cuando Europa no existía apenas y miedo, un miedo que, a pesar del tiempo transcurrido, nos llega al alma y nos impide la alegría completa de unas vistas formidables.

Y la dama de piedra espera, el rostro amable de Quetzacoaltl, la serpiente emplumada, la madre tierra, generosa y amable a la que sus hijos hicieron grande para postergarla luego tras las garras del jaguar. Cuando ese pueblo necesitó el terror, sus jefes militares tomaron el poder y edificaron otra pirámide austera que tapaba el rostro amable de la serpiente emplumada. La pirámide se nos aparece en medio de una plaza – la ciudadela española – formada por los edificios administrativos de los que recibían el diezmo.

El pueblo podía ver 365 representaciones del dios incrustadas en las cuatro fachadas, con símbolos del sol, el agua, la tierra y el fuego, los elementos cotidianos de su vida. Pero la ciudad de los dioses es mucho más; es esfuerzo, calor, ritos ejecutados en la cima del sol mezclando liturgias paganas y cristianas; la inocencia de la pobreza que anhela la intervención divina para arreglar sus vidas. Un pueblo que mira al cielo sabedor  de que los que tienen  el poder, les olvidan.


Publicado por Juan Manuel Beltrán para Letras de Nada (http://letrasdenada.blogspot.com)