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Caníbales y turcos en la Patagonia

 Calificarlos de salvajes es insuficiente, no hay palabras para tanto horror.

Uno creció con esa imagen del gaucho noble, sufrido y patriota. Y seguramente eran digna  mayoría; pero también estaban estos otros que llevaban la xenofobia a extremos inimaginables. Y también estaban los indígenas que descuartizaban extranjeros y se los comían, solo para apreciar la diferencia de sabor entre turcos y “huincas”, es decir, entre turcos y españoles, al decir de los mapuches. Se decía que venían de Chile, pero andá a saber.

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 Por Alberto Moroy

 

La historia de hoy es siniestra, sucedió en la Patagonia a mil doscientos kilómetros de Buenos Aires, allá por el año 1908, cuando al menos 80 o 100 de estos vendedores ambulantes fueron devorados por caníbales en la provincia de Rio Negro. En la portada un sello uruguayo en honor al turco vendedor de baratijas y el llamado mercachifle en Buenos Aires, nombre este que proviene de los antiguos vendedores sevillanos en el Virreinato  del Perú, que además de vocear, tocaban un chifle al estilo de  los afiladores. Durante la emigración turca de fines del siglo XIX, muchos sirio libaneses con pasaportes de esa nacionalidad (pertenecientes al Imperio Otomano), se dedicaron por necesidad a la actividad  de vendedores trashumantes, mucho no les costaba , eran buenos en este “metier” la traían en sus genes. Su presencia se incremento notablemente, al comienzo de la primera guerra mundial

Los jefes caníbales, Izq. Pedro Vila, capitanejos Alberto Maripe, Hilario Castro, Juan Carrillo

 

Antecedentes del odio al emigrante

 

Para 1860  vemos como los emigrantes con su tesón y trabajo, despiertan el odio de los locales. Uruguay en la época de Máximo Santos presentaba problemas similares, muchos extranjeros desaparecían, eran torturados, asesinados o robados (ver http://viajes.elpais.com.uy/2012/05/25/cuando-italia-nos-declaro-la-guerra/ ) En diciembre de 1871, en Tandil (357 km. de Buenos Aires Cap.), estando reunida la multitud enemistada con los inmigrantes, uno de los seguidores de Solané, Jacinto Pérez, alias “El Adivino”, convocó a los gauchos a una cruzada contra los extranjeros. Pocas horas después, ya finalizada las celebraciones de Año Nuevo, una multitud inició la masacre, al grito de “Viva la Patria”, “Viva la religión”, Mueran los masones” y “Maten, siendo gringos y vascos”.

 

Tomaron los sables que se encontraban en el juzgado local y se dirigieron a la plaza central del pueblo donde se encontraba la multitud. Allí dieron inicio a la masacre asesinando al organillero Giovanni, un italiano que vivía en la plaza, murió desangrado. Luego la multitud montó a caballo y se dirigió a la Plaza de las Carretas, donde degollaron a nueve vascos, patrones de carretas. Luego se dirigieron al almacén y hospedaje del inmigrante vasco Juan Chapar, donde degollaron a toda su familia, así como a los dependientes y huéspedes extranjeros, entre ellos una niña de cinco años y un bebé de pocos meses Una partida policial salió a perseguir a los gauchos, matando a once y atrapando a doce.

Plaza de Tandil / Seguidores del Tata Dios

 

La masacre de Tandil 1872

 

http://www.revisionistas.com.ar/?p=4

Patagonia, años después

 

La banda turca 1889

 

La banda turca. El diario “La Prensa” del miércoles 11 de octubre de 1899 recurrió a un título inquietante que sobresalió entre los de sus páginas interiores: “Río Negro – Varios crímenes- Encubrimiento de una gavilla de malhechores”. De inmediato reproducía un telegrama de Choele Choel que señalaba: “Acaba de descubrirse por el juez doctor Lamarque, con motivo de un sumario instruido contra los turcos, que comuniqué ayer, que éstos estaban organizados desde hace tiempo en gavilla y que habían cometido varios crímenes que se hallaban impunes. Uno de los cómplices es un comisario de policía que está preso. La indagación ha descubierto que en el mes de julio la gavilla hirió gravemente al vecino Juan Pérez, poco después a Eusebio Guerra y luego al infeliz ex sargento Cayetano Medina, cuyo estado de gravedad es alarmante”

 

Los crímenes de 1899 resultaron siniestros al decir de la prensa: “El sistema empleado por la gavilla consistía en herir a los vecinos dentro de la propia casa que tienen en ésta, como medio de cancelar cuentas que tienen pendientes. Desde anoche el juzgado trabaja activamente”. Lamarque tomó 20 declaraciones y esperaba descubrir otros crímenes. Y mientras en Patagones se alistaba el vapor Limay, ya cargado con los muebles y expedientes del Juzgado Letrado, el sargento Medina se agravaba por falta de médico. Su agonía se precipitó. El 14 de octubre murió pero quedó insepulto por varios días en la esperanza de que algún médico llegara para la autopsia. Pero ya mismo empezaba el drama de los sirio libaneses: noticias de Limay (hoy Cipolletti) del 18/10/1899 denunciaba que “dos soldados asaltaron a dos mercachifles ambulantes a inmediaciones de Alarcón, despojándolos de 350 pesos, 5 revólveres y otras mercaderías”.

 

El vendedor de baratijas en el campo

 

En realidad, el mítico mercachifle de antaño, trabajaba en las ciudades. En el campo andaba en su carromato, se acercaba a las estancias y a los puestos, ofertaba herramientas y objetos hogareños, alpargatas, bombachas, camisas, pañuelos, corraleras, sombreros y boinas. Y también rastras y botas para los lujosos, el consabido tabaco; zarazas, percales, hilos y agujas para las mujeres y, entre éstas, para las más presumidas, adornos, baratijas, cintas, pañuelitos bordados, perfumes

Esculturas de Carlos Ernesto Pieske /  Mercachifle Jacobo Wilder

 

La  Patagonia siniestra 1909

 

Los Mapuches, durante la extensa Guerra de Arauco ( Chile,1536-1883), practicaron el canibalismo, impulsados por hambre extrema debido a un estado de beligerancia permanente con tropas coloniales españolas que afecto la alimentación. No fueron actos costumbristas ni rituales. También se dijo que los indios fueguinos consumían carne humana pero nunca fue probada tales costumbres. El canibalismo tuvo lugar finalmente, dentro de un contexto de violencia y desintegración socio económico de la región patagónica, que afectó a los pueblos aborígenes, durante los primeros años del siglo XX posterior a la guerra contra el blanco.

 

La primera denuncia formal sobre la desaparición de inmigrantes sirios libaneses en la Patagonia Norte, a manos de bandoleros aborígenes, fue radicada en el desolado paraje de El Cuy (500 km de Viedma) por el ciudadano Salomón el Dahuk, el 15 de abril de 1909, quién para esa fecha, se hallaba angustiado por la falta de noticias de su cuñado José Elías y un peón árabe Kesen Ezen, quién lo acompañaba en sus labores de intercambio comercial. El Dahuk declaró apesadumbrado que desde agosto de 1907 no sabía nada de su pariente

 

Los vendedores trashumantes eran libaneses apenas llegados al país, que salían desde Neuquén y General Roca, en grupos de dos y tres, acompañados por algunos peones y baquianos, con caballos o mulas cargados de ropa, telas y otros artículos”

 

Como para entonces los rumores de “turcos” desaparecidos en las mesetas rionegrinas se habían transformado en un clamor desesperado, el gobernador del Territorio de Río Negro, Carlos Gallardo ordena al jefe de Policía Domingo Palaciano que proceda a investigar lo que estaba sucediendo. Por mandato suyo, le toco la misión al áspero comisario José Torino, cuyo sable no escatimaba a la hora de dar castigos a maleantes y vagos por igual.

Comisario Torino y sus empleados / José Torino

 

La partida del Comisario Torino

 

Al mando de 10 efectivos, el comisario salió sabiendo que lo esperaban días muy difíciles con temperaturas por debajo de 15 grados. Torino andaba complicado a la hora de iniciar la investigación porque nadie le decía nada, hasta que el menor Juan Aburto, de 16 años de edad, quién decidió declarar que, un grupo abigarrado de indígenas venidos de Chile, asesinaban comerciantes en las mesetas a fin de robarle todo cuanto poseían y que había presenciado no menos de cuarenta muertes.

 

Cuando alcanzó los toldos de la mapuche Antonio Cuece que en realidad era mujer y machi (bruja) cuyo alias era Macagua, vio la  realidad. Una banda liderada por el winka  Pablo Berbránez, chileno, alto, rubio, de ojos verdes y elegante vestir de negro, cuya función era nada menos que ser Juez en Tolten,  (Chile 39° 2’12.03″S   73°12’20.73″W) aliado con la bruja en cuestión cuyo poder era incuestionable entre los conas (guerreros) indígenas, se habían pasado de la raya al asaltar, asesinar y después, devorar, algunos  mercachifles (comerciantes) sirio libaneses.

Mujeres de la partida / Vicenta Guaichanas en cuya casa se comieron varios turcos

La prensa de la época, Caras y Caretas (Febrero 1910)

Diríase que los famosos bandoleros chilenos que infectan los valles de la cordillera y las regiones del rio Negro y Neuquén hubieran propuesto batir el record de salvajismo alcanzado por aborígenes africanos, afectos a merendar con costillas de cristianos. De pasto de la voracidad de los siniestros personajes, ha servido la carne de esos pobres y sufridos turcos que se internan en el corazón del territorio argentino, cruzando por las carreteras y los rieles de la trocha angosta ofreciendo en venta baratijas a insignificante precio.

 

Cinco años de  depredación y asesinato llevaban los bandoleros chilenos y hubieran de continuar en el crimen y repugnante empresa a no mediar la batida que llevo a cabo el comisario Torino Como jefe de la banda macabra se ha conseguido individualizar a Pedro Vila, Bernardino Aburto, Francisco Muñoz y Julián Benigno Muñoz de negrísimos antecedentes, caníbales que no dudaron en manifestar que ellos comieron carne humana a fin de conocer la diferencia que hay entre la del Huinca y la de turco.

Durmiendo en la comisaría / En Gral. Roca (Arg.) maniatados

 

Algunos nombres

 

Ramón Naucucheo, (Colon Quilapi), Francisco Morales (Lancon), Manuel Linea (Huentequeo), Francisco Antelco (Pizarro), José Alonso (El Vengo), Manuel Vera (Tripa Gorda) Celestino Naucuche (Chelle) Ignacio Loncon (Salas Loncon) El Bandolero Marcial Avilés, falleció el 9 de enero al iniciarse la macha a Gral. Roca

 

 Así trabajaban…

 

 

Cuando los capitanejos (capitán grupo de indios) tenía noticias de la llegada de los turcos con sus cajones de menudencias a cuestas reunían a sus auxiliares para el mejor éxito del ataque Luego de un cambio de ideas y de designar a los operadores se invitaba a los ambulantes con cordero asado, vino a discreción, mate amargo Y entre un mate y un trago de vino, los bandoleros ultimaban a sus víctimas. Después entre los cadáveres se procedía a la extracción del dinero, ropas mercadería y alhajas.

 

El descuartizador efectiva la división de los cadáver en trozos Terminada esta horripilante operación, los capitanejos ordenaban el traslado de los restos a un monte de la vecindad donde se practicaba la incineración de los mismos Reducidos los huesos a polvo estos servían de amuleto eficaces contra el gualicho y de “dije” empaquetado contra la persecución de la policía.

 

A muchos de los criminales se les ha comprobado la pertenencia de campos valiosos y de hacienda para invernar A uno de ellos la justicia precia su si haber en $ 80.000 Entre rejas se encuentran las mujeres Rosario Cunanue, Manuela Nauches, Vicenta Guaichenahuel, Martina Robles, Rita Manuela, Carmen Mercado, Dorila Marilef y María Alonso

Personal policial interviniente / Los menores intervinientes Juan Aburto, Pascual Muñoz (Caña), Juan Hilario Castro, Jose Alonso  v Celestino Ayancucha (Chilles)

Antonio Kussiche quien tiene $ 80.000 mil en ganado / Restos humanos, líos y baratijas

El comisario preso

 

El comisario Torino describió a la curandera como una mujer vieja, a la que había visto moribunda, postrada en un catre, con sangre en la boca y las piernas ulceradas por la sífilis, que no dijo una palabra sobre los crímenes que les imputaban. Tardíamente, el mismo comisario envió una comisión para detenerla, después de que uno de los ayudantes regresó al campamento con la información de que habían visto a la mujer vagando por el desierto. Sin embargo, nunca prendieron a la mujer que se vestía como hombre y decía llamarse Antonio, y en su rancho encontraron un escrito de un poderoso patrón de estancia que pedía al comisario que “dejara vivir en paz” a la curandera, “una buena persona que no hace mal a nadie”.

No solo la mujer, acusada por la muerte de los árabes, no fue arrestada, sino que la mayoría de los detenidos quedó en libertad. El que fue preso, en cambio, acusado de torturador, fue el comisario José Torino. La colectividad árabe le pagó un abogado.

 

Ref.

http://hispanistasdetanger.blogspot.com.ar/2009_11_01_archive.html

http://rhexabel2.wordpress.com/2009/06/01/patagonia-canibal