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Castres, pequeña Venecia de Francia

Otra vez el Languedoc, esta vez con carrillón y lo que queda de talleres artesanales medievales.

A una hora de Carcassone y Albi, en la imperdible región del Languedoc, se encuentra una joyita solo accesible para quienes se toman con calma su viaje a Francia. El río Agout, afluente del Tam, cruza la ciudad de norte a sur y una arquitectura muy particular se derrama en torno al curso de agua que es navegable, pero tan menudo que entre nosotros no hubiera merecido el rango de río. Ver Carcassone en http://viajes.elpais.com.uy/2012/02/03/carcassonne-la-memoria-amurallada/ y en http://viajes.elpais.com.uy/2011/08/20/carcassonne-y-castillos-cataros/
Los riquísimos yacimientos de granito determinan su arquitectura y su carácter ancestral pero no destacado de plaza fortificada, un resabio de viejas estrategias romanas que quedaron consagradas en su nomenclátor a pesar de que la ciudad no fue fundada por ellos, sino que existía desde muchos siglos antes.  Pese a su realce paisajístico,  no es el río sino su abadía, la que consagró a la pequeña ciudad en el mapa y la historia de Francia.


La tradición cristiana señala que fue el propio San Benito quien fundó la Abadía en el año 647, apoyándolo sobre el emplazamiento del fuerte romano (castrum) que todavía hoy justifica su nomenclatura. Borradas definitivamente las huellas de las centurias romanas, sus calles recibieron y reciben aún, a miles de peregrinos que de aquí parten hacia el Camino de Santiago  por la Vía Tolosana o en sus hoteles hacen una parada antes de proseguir su devoto recorrido. No es únicamente un tributo a San Benito, sino también hacia San Vicente,  pues se supone que la iglesia de la abadía conservaba las reliquias del famoso mártir de España.
Nada permite suponer que con toda esa tradición católica, Castres haya sido una de las mayores plazas fuertes del protestantismo, hasta el punto de haberse declarado república independiente. Convertidos sus habitantes entre los años 1530 y 1560 se transformó en un fuerte emporio comercial durante la quinta guerra de religión. Fue un éxito transitorio, que terminó con la sangrienta aniquilación de los protestantes en un proceso histórico que, mirado a la distancia, tiene  más sustancia política que religiosa, aunque en su momento solo lo tuvieran claro los líderes, en tanto que a los protagonistas solo les correspondió luchar y morir.


Si bien la religión es el meollo actual de su fama, en la edad media y el renacimiento lo fue su capacidad industrial, marcada a fuego por el río. Como se verá más adelante, lo que hoy parecen viviendas de sublime belleza, en su momento fueron más bien talleres que tomaban del río el agua abundante imprescindible para su producción.
Quizás haya sido esa trayectoria histórica la que inspiró al líder socialista Jean Jaurés, allí nacido y allí formado en su concepción política. Un museo recuerda al pensador y otro homenajea al pintor Francisco de Goya, albergando obras suyas y de otros muchos españoles, incluyendo a Murillo, Zuloaga y Picasso.  ¿Qué hace un museo español en el mediodía francés? Ocurre que en 1893 Marcel Briguiboul, un rico comerciante y pintor legó tres magníficos óleos de Goya y la ciudad se sintió en la obligación de ponerlos en un lugar digno y acompañarlos de otras obras españolas.


Las casas junto al río.  Fueron erigidas por los distintos gremios de artesanos, tales como curtidores, tintoreros, pergamineros, papeleros y tejedores. Una belleza determinada por la funcionalidad, pero no preguntes por el olor que despediría el río en ese entonces.

“Todas las casas tienen bases medievales cuyas aperturas tienen forma de cuna o de ojiva. Los sótanos llamados « caoussinos» en lengua occitana (literalmente significa fábrica de cal) dan al río y tenían lavaderos. Después de limpiar y enjuagar las pieles en el Agout las depositaban en tinas llenas de cal. En la planta baja, los pisos de los obreros, luego los de los dueños. Sin embargo, no era sistemático encontrar bajo el mismo techo el aposento y la actividad profesional del artesano. Desde la época de Luis XIV los documentos catastrales suelen indicar dueños diferentes para los « caoussinos » y los pisos superiores”, informa la Oficina de Turismo de Castres en su web http://www.tourisme-castres.fr/index.php?lang=es. Te recomendamos su lectura, pues en ella podés encontrar todo lo necesario para una placentera estadía, así como fotografías como las que ilustran este artículo, pues de ahí proceden y pueden ser ampliadas en alta definición, recurso de marketing que inexplicablemente desperdician casi todas las web promocionales de lugares turísticos.  También hay muy buena información en http://www.france-voyage.com/francia-municipios/castres-32769.htm.

En los dos últimos pisos se hallaban los secaderos, uno más alto que los mismos cuartos de vivir para que los cueros no rozaran el suelo. Dichos cuartos poseen pequeñas aperturas que debían cerrarse fácilmente con postigos de madera para, en verano, proteger los cueros de los ardores del sol y, en invierno, de la fuerza de la helada. Bajo tejado, el segundo secadero se llamaba “soleiller” abierto de par en par para que penetraran la luz y el aire. Estas casas, llamadas también “la pequeña Venecia” han conservado su saledizo de madera y sus balcones.


A bordo del Miredames. La mejor manera de conocer estas construcciones y buena parte del inolvidable lugar, consiste en embarcarse en el Miredames, un barquito centenario que replica las “diligencias” fluviales que recorrían los ríos y canalesde Francia. Su principal mérito es que tiene un calado de apenas 39 centímetros, lo que explica su funcionalidad en los canales. Pese a eso, puede transportar hasta 60 pasajeros y navegar el Agout partiendo del embarcadero ubicado en pleno centro de la ciudad.
Pasa por debajo del puente Miredames que es otro de los fabulosos atractivos locales y transita los meandros para llegar, en unos 20 minutos, al parque de Gourjade que es un bello paseo de 53 hectáreas en el cual hasta se puede jugar golf en un “nueve hoyos”. También nos acerca al Centro de Estudios e Investigaciones Arqueológicas, donde los sábados por la tarde se puede pasear en trencito. En el viaje de retorno, “Le Miredames” se luce circulando entre las casas de madera multicolores que tanto caracterizan a la pequeña ciudad de poco más de 40.000 habitantes.


Vista, oído y paladar.  Antes de darte un gusto con la gastronomía local, y ya satisfechos los requerimientos de belleza de los ojos, andá a la iglesia de Nuestra Señora de la Platé a darle gusto a tus oídos. Acercate a la ciudad exactamente a las 11.45 de cualquier día de la semana o si fuera un domingo, a las 11.00. A esa hora, alguno de los campaneros voluntarios que se turnan desde 1847, se sentará al teclado “tradicional flamenco llamado “a puñadas” que se halla bajo las campanas” y hará sonar el magnífico carrillón conformado por nada menos que 33 impecables piezas de bronce”. A menos que seas un empedernido admirador de los carrillones, es posible que esta sea tu única experiencia con este carísimo instrumento.
Nuestra Señora de la Platé es una de las cinco hermosas iglesias que tiene la ciudad, a pesar de su pequeñez. Podés trepar los 120 peldaños de la escalera de caracol, admirar la destreza de los campaneros y contemplar la ciudad desde una de sus mejores perspectivas.

Ahora ya estás listo para dar rienda suelta a tu gula, dicen que acá no es pecado.  Escogé cualquiera de los restaurantes en las callejuelas de Castres (o visitá algunos de los mercados que mencionamos más abajo)  y pedí la cerveza que elaboran acá, con un suave sabor a limón, mientras examinás la carta. Quizás te guste comenzar con una gama completa de embutidos con productos específicos como el melsat o la bougnette, como recomienda la web oficial de la ciudad. Si continuás con esa guía, pedí a continuación algo de caza, el pato y el cassoulet, que es un puchero a la usanza de Castres. También recomiendan el cerdo con fresinat, carne fresca de lomo cortada en dados y guisada con papas.
Escojas lo que escojas, no vayas a saltearte los hongos frescos que componen las salsas y de postre, acá se impone el poumpet.
Como decíamos, hay varios mercados alimentarios que te pueden dar vuelta la cabeza. Hay uno que funciona en la Plaza Jean Jaurés casi todos los días por la mañana. La plaza del Albinque también aloja el mercado ecológico Noctambio y el “marché au gras” a partir  de noviembre.  También hay mercados de antigüedades, ropa nueva y usada, así como todo tipo de curiosidades.