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Isla de las Gaviotas, antes y ahora

Cuando las gaviotas levantaban vuelo y buscaban la costa, agarrábamos los remos y salíamos disparados hacia la playa.

No es que hubiera riesgo grave, pero si lo que venía era una de esas sudestadas que duran tres días, se te podía acabar la reserva de agua y de comida. Además, algunas las muchachas se nos ponían nerviosas. Para algunos tipos muy experientes como Roberto Parodi, había claras señales previas de tormenta: las hormigas andaban de acá para allá acarreando sus huevitos, el aire cambiaba su aroma y las toninas rumbeaban quién sabe para dónde.

Recién después de todos estos anticipos, las nubes avanzaban oscureciendo todo y el río se encrespaba tanto que era peligroso enfrentarlo con aquellas canoas de madera y lona calafateada, casi siempre casera.

Esa era nuestra Isla de las Gaviotas. Los que salíamos de la Playa de los Ingleses teníamos que remar duro y esperar una ola para pasar por encima de la piedra que se interponía entre nosotros y la playita. Enseguida había que arrastrarla al menos tres metros y clavar el ancla bastante más arriba … porque uno nunca sabe.

Pero no era una isla traicionera, sino más bien muy acogedora aunque las palmeras eran muchísimo más bajas. Poníamos las carpas entre ellas y unos ligustros que resistían las crecidas y nos burlábamos de los primerizos que enseguida se subían a “la piedra de los bobos”, llamada así justamente por ese hábito infalible. Hacíamos fuego en un anillo de rocas y le pegábamos algunos gritos a los que comenzaban a caminar hacia el extremo opuesto a la costa, donde anidan las gaviotas y se refugian decenas de especies migratorias. ¡Los nidos son sagrados, esta isla no nos pertenece, es de los bichos y del mar!

Malvín multitudinaria con el espantoso aerocarril  de la costa; el otro estaba en la isla. Debajo, el cine en la playa de la Escuela Experimental de Malvín (¡qué maravilla!). Había otro en la propia escuela y se suponía que ambos ayudarían a solventar a una educación que era formidable, pero costosa. Era una de esas cosas que había que destruir cuanto antes si se quería que Uruguay tuviera mercado para las telenovelas y los horóscopos.

Si toda la gente hubiera sido como nosotros probablemente no habría necesidad de prohibir el desembarco durante muchos meses, particularmente entre junio y noviembre, que es cuando está más activa la fase reproductiva. Pero el hombre es un bicho increíblemente depredador, que cuando no anda espantando a las aves, se le ocurre construir un enorme y estúpido aerocarril entre la costa de Malvín y la preciosa isla. El adefesio estuvo agrediendo al paisaje durante años. No sirvió para nada porque no habían calculado que la curva catenaria tenía un ángulo insuficiente y hubiera sumergido a los pasajeros.

Y si ahora no lo tenemos, no es porque el hombre se haya vuelto prudente. No, así como lo construyeron, así lo derribaron. Fue tanta la dinamita empleada, que estallaron muchos vidrios de edificios de la rambla. ¡Imaginen lo que debe haber ocurrido con los nidos! Como las tercas aves se salvaron, luego autorizaron que se realizara un show de fuegos artificiales en la isla. Finalmente vinieron los ecologistas, que convocaron a boy scouts y niños de las escuelas para eliminar toda la resaca acumulada y dejar a la isla prolijita, prolijita … sin refugio para decenas o cientos de especies de bichitos que eran el alimento natural de las crías y varias especies. No hay otro depredador tan perseverante y eficiente como el hombre.

Pero eso sí: prohibieron drásticamente nuestras canoas, los kayaks y cualquier otra cosa divertida y deportiva. Era bastante innecesario, bastaba darle un poco de jurisdicción y autoridad al Club Acal que ya existía y siempre estuvo orientado por gente responsable. Unos más, otros menos, pero no les quepa la menor duda de que si en Malvín hay poquísimos accidentes marítimos comparado con Punta del Este, buena parte del mérito se lo lleva el simpatiquísimo club.

Podría ocurrir que como a mí, se te antoje burlar a la Prefectura y salir nadando para la isla que queda aunos 400 metros. No lo hagas. Parece fácil, pero cuando arranca la bajamar o la pleamar, una corriente fuertísima te arrastrará mar adentro por más buen nadador que seas. Y tendrías que tener mucha suerte para que alguien advierta tu problema.

Ahora que estoy tan viejo que el menor soplo me impediría mantener el rumbo de la canoa, me contento con mirar la costa con Google Earth y disfrutar de las fotos que amables usuarios colgaron en Panoramio. Seguramente muchos de esos muchachos tienen la misma inspiración que mi generación, o la de mi madre, que allá por 1925 llegaba a la isla en chalana y alguna vez también pernoctó. Lamentablemente siguen siendo un puñado ante la muchedumbre de depredadores.

Hay una entrada, lamentablemente insuficiente en la Wikipedia. Se asegura que hay 25 especies de gaviotas y se tomaron el trabajo de poner hipervínculos hacia cada una de ellas. ¡Excelente! Otras publicaciones llegan a 32 especies y todas ellas hacen notar que esta Isla, junto con la Isla de Flores y algunos sectores rocosos al oeste del Cerro, son los responsables de que Montevideo tenga gaviotas. Con cortesía omiten que las gaviotas nunca estuvieron más felices que cuando había basurales a cielo abierto junto al arroyo Carrasco y que todavía hoy, además de encargarse del saneamiento de las playas, también depuran otros lugares donde los humanos acumulamos nuestros vergonzantes desperdicios.

Pero les faltan los cisnes de cuello negro y hasta los flamencos que deambulaban entre los escollos del norte cada vez que algo los molestaba en sus humedales naturales. Faltan las miríadas de chorlitos que alborotaban la playita caminando más rápido que Chaplín. Faltan los ratoncitos marsupiales que uno de los compañeros de aquél entonces importó desde el Cabo Polonio y se reprodujeron como canguros. De hecho eran canguros en miniatura, desgraciadamente para ellos, muy amistosos. Faltan los gigantescos albatros que sin temor agitaban sus alas como velas alertando que nos habíamos aproximado demasiado.

Faltan muchas cosas, pero lo que más me apena es la falta de mención, la absoluta ausencia de recuerdo, acerca de las queridas toninas. En aquellos tiempos había al menos cuatro familias de toninas de por lo menos quince individuos cada una. Las veías venir en caravana directo a tu borda y la primera vez que te ocurría, se te ponían los pelos de punta, hasta que los veteranos te tranquilizaban. “Se van a desviar, solo tienen curiosidad”.

Su destino fue el mismo que el de los Charrúas en el arroyo Salsipuedes. Los pescadores las perseguían con rifles porque decían que comían mucho y  les rompían las redes, lo cual era mentira. Los biólogos marinos le dedican  páginas y páginas al copetudo delfín de Maldonado y Rocha, el delfín de la “gente bian”, la Franciscana. Pero a la tonina, más grandota y  seguramente más exótica queda feo investigarla, no tiene glamour ni para Green Peace; a ellos que les traigan bichos grandes como las ballenas pero que no vengan a fastidiar con un delfín que trillaba el área pequeño-burguesa desde la desembocadura del arroyo Solís, hasta la desembocadura del Santa Lucía, protegiendo bañistas y espantando tiburones durante siglos. ¡Qué ingratitud!

¿Los habrá exterminado la ignorancia o habrá sido el impacto del caño colector que juntó toda la porquería de Montevideo y se la tiró en su hábitat? Y otra reflexión que se me hace irrresistible, si es cierto que el calentamiento global derrite los polos y eleva el nivel de las aguas, ¿cómo es posible que el planeta haga una excepción con la Isla de las Gaviotas?

Acá van algunos lugares para ver más fotos y leer más información; abajo reproducimos un artículo del diario El País.

http://es.wikipedia.org/wiki/Isla_de_las_Gaviotas

http://www.panoramio.com/map/#lt%3D-34.908036%26ln%3D-56.096191%26z%3D2%26k%3D2%26a%3D1%26tab%3D1

http://www.clubacal.org.uy/home.html

http://kayakismoaguasabiertas.blogspot.com/2009_07_01_archive.html

http://www.skyscrapercity.com/showthread.php?t=540059&goto=nextnewest

CERCA PERO DESCUIDADA

La suerte de la Isla de las Gaviotas, un mojón de la costa montevideana y una de las vistas más características de la rambla de Malvín, dependió durante años del interés, la energía y la iniciativa del marino mercante Omar Medina Soca, quien además mantenía el Museo Marítimo Ecológico Malvín.

El marino organizaba viajes hacia la isla (en rigor, es un islote), realizaba informes para las autoridades sobre las condiciones de la flora y la fauna, difundía la importancia de preservar el medio ambiente en el lugar y, en general, se encargaba del cuidado y mantenimiento.

Por esas prestaciones, la Dirección Nacional de Medio Ambiente (Dinama) le pagaba una suma no especificada de dinero, definida por Mario Batalles, oceanógrafo de Dinama, como “modesta”. Cuando Medina Soca falleció en octubre de 2002, pasó lo de siempre: empezó el proceso de degradación.

Hoy varias dependencias públicas se pasan la responsabilidad entre sí en cuanto a la tarea de mantener en buen estado el islote y proteger plantas y animales del descuido o la depredación humana. Profauma, la ONG ambientalista que en un momento asistió a Medina Soca y luego continuó por la suya en esa tarea, ya no cuenta con los medios para seguir protegiendo a los animales y sus condiciones de vida.

La Isla de las Gaviotas es una reserva natural desde 1990. Batalles explica que esas zonas están bajo la órbita del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca (Mgap). Sin embargo, admite que la dirección para la cual trabaja tiene competencia sobre el lugar. “Es una jurisdicción compartida entre el Mgap y nosotros”.

El estatus de reserva significa, entre otras cosas, que está prohibido acudir a la isla sin la autorización previa de las autoridades. En este caso, es la Dinama quien otorga dicha licencia y según Batalles, el trámite suele dar como resultado que se permita la visita.

A pesar de la prohibición, son muchos lo que con canoa, lancha o velero desembarcan en ella sin haber sido autorizados. Y esto es un problema, no sólo porque las visitas informales suelen resultar en basura desparramada. También hay razones ambientales. Según la Dinama, durante el período que va de julio a noviembre las gaviotas ponen los huevos y anidan. La presencia de personas en ese período es perjudicial para el normal desarrollo del ciclo reproductivo de los animales.

Como el islote queda a apenas 400 metros de la costa de la playa de Malvín, es relativamente fácil divisar visitas humanas en períodos sensibles y hay quienes denuncian. El suboficial Julio Saravia, de Prefectura Naval, explicó que cuando hay una denuncia la prefectura acude y detiene a los infractores, pero que no le corresponde a esa dependencia encargarse del cuidado de la isla.

Daniel Del Bene, de Profauma, cuenta que por desconocimiento o malicia muchos no respetan ni los huevos de las gaviotas, y se los roban. “Para repostería, porque los huevos de las gaviotas dan un color especial a la comida”, señaló. Durante un tiempo, miembros de la ONG iban una vez por semana a cuidar de flora y fauna y limpiar, pero desde hace algo menos de un año esa tarea fue abandonada.

“Se nos rompió el motor de la lancha y aún no lo hemos podido arreglar”, comenta Del Bene. “No tenemos otros recursos que los que salen de nuestros bolsillos. No contamos con apoyo concreto de las autoridades. La dirección de la Dinama, por ejemplo, nunca nos atendió a pesar de que le pedimos varias veces una reunión”.

Además, agrega el activista, como Profauma no tiene autoridad, los integrantes de la organización no pueden ordenarle a los intrusos que se vayan. “Hacemos una vigilancia con largavistas, y cuando vemos que va alguien hacemos la denuncia, pero no siempre prefectura puede ir tampoco”, dice.

“Lo ideal sería que la tarea que llevaba a cabo Medina Soca continuara, que la gente pudiera ir en una forma controlada, para informarse y aprender del ecosistema ahí. La isla es importante para Montevideo y para el barrio”, afirma Batalles, de Dinama.

Del Bene, por su parte, agrega que el islote es uno de los tres únicos puntos de recreación de las gaviotas en Uruguay (los otros dos son Isla de Flores e Isla de Lobos). “A pesar de su pequeño tamaño, ese microsistema es muy rico. Ahí logramos recuperar 32 especies diferentes de aves. Y también ahí, en ese reducido espacio, recalan hasta gaviotas que vienen de la Antártida”. Para él sería importante que durante esos meses nadie desembarcara ahí. Como son tantas especies que comparten un espacio pequeño, cada persona que recorre la isla equivale una molestia para los animales. “Los pichones de las garzas, por ejemplo, se asustan y se ensartan en las puntas de las hojas de las palmeras cuando va la gente”, dice Del Bene.

Por el momento no hay planes que permitan pensar en que el legado del marino mercante será administrado de manera que contemple el legítimo interés en conocer directamente la isla por parte de los montevideanos, y el cuidado del hábitat de la flora y la fauna del lugar.