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San Francisco y la vuelta californiana 1

 

Antes de que se sumerja en el Pacífico, tenés que conocer esta ciudad apasionante.

Fue lo que hicieron Florencia Cornú, su esposo y un grupo de amigos, en un recorrido que de alguna manera contribuí a confeccionar pues el Editor también atesora una experiencia inolvidable de su viaje de Los Angeles a San Francisco, pasando a la ida por el Valle de la Muerte, el Cañón del Colorado, Las Vegas y Yosemite Park antes de regresar por la orilla del Pacífico donde te esperan experiencias completamente diferentes, pero no menos alucinantes.

A veces te da pena la gente que viaja y no aprovecha nada, que se saca fotos frente al hotel que pagaron un huevo y que no saben qué responderte cuando les preguntás acerca de qué cosas vieron. Todos sus recuerdos se resumen en las gangas que trajeron de los outlets y que te muestran como trofeos. Los que sabían de trofeos eran los jíbaros; pero ellos reducían cabezas ajenas, no laqs propias. .

En fin, no es ni remotamente el caso de Florencia Cornú, como podrás ver en esta primera entrega referida a San Francisco. La seguirá otra con centro en Los Angeles.

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Hoy me levante a las seis y media y me fui directo a la Union Square porque a las siete era la largada de la Nike Women Marathon: 22000 mujeres corriendo por las calles de San Francisco,  una fiesta.  Las corredoras iban dejando sus camperas al costado de la calle, las que luego serian juntadas por cuadrillas de voluntarios para ser donadas.
Si hay algo contagioso, afortunadamente, es el entusiasmo: daban ganas de ponerse los championes y arrancar a correr atrás de ellas en la bajada. Claro que también puede ser una cosa pasajera y en lugar de eso, enfilar para el Starbucks que está en la esquina del hotel, como hice yo. Y ahí me senté con mi cappuccino en la vereda, justo debajo de la Dragon Gate, que es la entrada al Barrio Chino. El aire de la mañana era fresco y todavía no había en la calle el bullicio que caracteriza esta zona de la ciudad. Pamela, una inglesa que vivió 20 años en San Francisco se sentó al lado mío. Me conto que está en un viaje de nostalgia. Que, aunque hace 10 años que volvió a Inglaterra, todavía siente que pertenece a este lugar. Me emociona hasta las lágrimas sentir en su voz la ternura con la que describe los sonidos urbanos, desde las campanas del Cable Car hasta un día de agosto bajo la espesa niebla que produce el encuentro entre el calor del continente y el frio del Pacifico. Porque ahora me entero que  también la niebla tiene voz en San Francisco.


Te hablaba del Cable Car. Es maravilloso.  Estamos acostumbrados a verlos en las películas, a toda velocidad y fuera de control por las bajadas de la ciudad. La verdad es que está todo bastante controlado por ahora, pero rodar por las colinas, al aire libre, sintiendo el viento que te alborota el pelo, inevitablemente te deja la sonrisa pintada en la cara. Además, es una de las pocas cosas en las que a los gringos se les escapan los esquemas: podes viajar sentado, parado o colgado, tratando de esquivar los espejos de los autos y el tránsito que viene a contramano! Y ahí, con la mitad del cuerpo afuera, trepando un repecho o bajando una cuesta, sentís que la vida te devuelve 20 años en un solo viaje.
Compramos un pase de tres días, que sirve para todos los medios de transporte y le sacamos punta: el F, que va todo por la Market  St. hasta los Pier, o para el otro lado, combinado con el 49 para  Alamo Square, volviendo con el 47 hasta el City Hall, combinando luego hasta Union Street, y con otro hasta Ghirardelli Square, donde definitivamente deje todos mis pruritos dietéticos y derrapé contra los helados más famosos de la ciudad. Caminamos un poco por las bahía, nuevamente hasta los muelles, volvimos a treparnos al Cable Car, bajar, subir otra vez para tomar el de California Street y luego otra vez hacia la Powell, que es una moderna Torre de Babel horizontal, donde confluyen todas las lenguas, los colores y los sabores del mundo y en donde uno termina a cada rato, casi sin darse cuenta.

Y así como nosotros, miles de personas. Hacía tiempo no veía tanta gente junta. Son apenas unas cuadras, entre la Unión Square y la Market, donde se concentran tiendas y restaurantes y la gente hace colas eternas para todo. El ruido del Cable Car, el de la música callejera, las voces de la multitud que camina, la música de los locales, los autos, los bomberos, todo combinado en una sinfonía que a pesar de lo ecléctica resulta disfrutable.


Los bomberos son otra historia! Están por todos lados y por cualquier cosa. Al principio, escuchábamos la sirena y nos disponíamos expectantes a ver el fuego, el mega rescate…pero no, se ve que tienen superabundancia y los mandan para todo. Ayer, sin ir más lejos, en el medio del gentío de Union Square, con las inscripciones de la maratón a todo trapo, con la ciudad entera en unas pocas cuadras, dos hombres se pelearon en una esquina, con bastante violencia. Nos llamo la atención lo que demoraba la policía en llegar y finalmente apareció un camión de bomberos con la sirena a todo trapo. La riña tuvo su origen en que el veterano, que al parecer era uno de los cientos que vagabundean por estas calles, donde no faltan, por supuesto, las contradicciones, tuvo la mala idea de dejar su almuerzo sobre el gorrito nuevo del otro, que venía caminando con la novia toda emperifollada por la Powell. Y ahí se trenzaron, se corrieron, se tiraron piedras, hasta que el ofendido,   bastante más joven y tatuado al mejor estilo mara salvadoreña, lo estampó contra el piso violentamente. La verdad es que me asusté bastante, porque el otro era viejo y parecía frágil. Por suerte cuando llego la policía se incorporó  y al parecer estaba bien. Eso si, la discriminación hizo su juego y el que termino esposado fue el vagabundo, obviamente.
Hablamos con Pamela respecto a este tema de la gente durmiendo en las calles, arrastrando sus pertenencias en carritos, sin norte, sin rumbo. Le comento que lo que me llama la atención es que solo he visto negros y blancos en esta situación: ni un solo asiático o latino, lo que me resulta extraño dada la incidencia que tienen en la población. Me explica que el tema de estos homeless no es solo económico, sino cultural y que la ausencia de asiáticos o latinos se explica por el peso de la comunidad, la forma en que mantienen sus lazos y valores, lo que resulta tan cristalinamente claro y extrapolable a tantas cosas. Pertenecer a algo, compartir, integrar y educar en pautas comunes de convivencia siguen siendo las claves ineludibles de una vida en sociedad sana.
Elegimos vagabundear, dejarnos llevar pero sin perdernos las postales.

Así marchamos a Alcatraz, una mañana bien temprano. Fuimos en un barco hasta la isla y luego hicimos la recorrida por el celdario. La verdad es que el paseo vale por las vistas de la ciudad, por las películas que uno ha visto y por sentir el agua brava debajo de uno, pero podría sustituirse perfectamente por un paseo en uno de esos veleros que salen de los muelles. Si uno no es especialmente afecto a la historia de la Roca, perfectamente puede saltearse el tour.

Fuimos también a conocer las Painted Ladies, que son unas casas estilo victoriano, todas iguales, pintadas en tonos pastel y que se han transformado en iconos de la ciudad. Conversamos con un vecino, que paseaba su perro y nos cuenta que la de la esquina se acaba de vender en siete millones de dólares. Ni lerda ni perezosa me dirijo a sacarme una foto en las escaleras y cuando estoy de lo más bobaina, posando para mi esposo, el dueño ¡abre la puerta! Resulto un señor de lo más amable, que se quedo conversando con nosotros. También conocía la ubicación de Uruguay por algunos amigos argentinos. Ves Tabaré, que no podés pelearte con los vecinos, que son los que nos ponen en el mapa?


Fuimos también a la Coit Tower, antigua sede del telégrafo, desde la que se tiene una vista estupenda de la ciudad y la bahía.  Arrancamos luego para la Lombard Street, otra postal de la ciudad, que tiene un tramo llamado Croocked Street, en el que la calle baja serpenteando entre jardines de hortensias. San Francisco es fascinante en todas las formas posibles, se te mete en la piel. Es una de esas ciudades, como Nueva York o Roma en las que es nunca te sentís extranjero.
Anoche cenamos en North Beach, en un restaurante delicioso por la comida y por el ambiente: jazz en vivo, luz tenue y un espíritu mundano que resultaba abrazador. Nos sentamos en una mesa alta, compartida con dos mujeres y dos hombres, con los que charlamos un rato. Ellos eran griegos, historiadores y no solo conocían Uruguay, sino que hasta conocían algo de su historia y su política actual. Como Pamela, adoptaron San Francisco como hogar y lo consideran el mejor lugar del mundo para vivir. No precisan decir mucho más para convencernos. Después de vagar unos días por estas tierras californianas, nos damos cuenta que no es que es San Francisco la que está lejos, sino el mundo, porque ellos realmente lo tienen todo.


Y me olvidaba del Golden Gate Bridge, que nos recibió la tarde en que llegamos, atravesando el Sonoma Valley. Entramos por Sausalito y nos detuvimos en Marin Headlands, unas colinas justo en frente de San Francisco, desde las que se tiene una vista hermosa de la ciudad y la bahía. El sol, mientras caía sobre la montaña, iba dejando su dorado sobre el puente, los edificios y el agua misma. Dado que el puente estaba muy congestionado, decidimos esperar la noche, sentados en un banco, dragoneando de lejos la ciudad. Todo fue recompensa: una luna redondísima, enorme y amarilla, se levanto en el cielo, transformando el oro en plata y nuestra espera en regocijo. La situación era perfecta, hasta que un ratón insolente y confianzudo apareció en la noche, con los ojitos brillosos, reclamando su localía y sin intención alguna de irse. Y ahí marchamos, el encuentro de San Francisco, que esperaba por nosotros.

Han pasado ya casi dos semanas desde que llegamos y te escribo porque temo que los recuerdos vayan cayendo al lado oscuro de la memoria: quisiera ser capaz de atraparlos todos y llevarlos en un bolsillo imaginario, para poder usarlos como refresco en cualquier resquicio de tiempo, en una sala de espera, en un embotellamiento del tránsito.