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Esta es para que la diáspora no se olvide

 


Que no joroben, Chicago es la ciudad de los vientitos. La de los vientos es Montevideo.

Me gustaría ver a la gente de Chicago cruzando la calle Florida a la altura de la plaza Independencia, uno de esos días cuando el Pampero se puso de mal humor. Y no  te digo de llevarlos a pasear por la rambla en medio de una sudestada. ¿Cuántas ciudades hay donde el viento levanta olas que atraviesan una gran avenida como la rambla y se estrellan contra los edificios de la acera de enfrente?

En una oportunidad estuve durante un huracán en Miami. Al menos así lo llamaban y no puedo desconocer que algunos de ellos son capaces de destruir esas casas de maderita que se pueden levantar y trasladar, como de hecho el viento logra hacer. A las de acá no se las mueve tan fácilmente. Hacía horas que estaba harto de esperar en el hotel y decidí caminar tres cuadras hasta una tienda Sears en Miracle Mile.

Levantaban los brazos horrorizados indicándome que me refugiara. Pero ¿qué quieren que les diga? A mi no me molesta despeinarme, he visto vientos peores en Aguas Dulces y la gente salía a juntar caracoles en la resaca.

El Céfiro, un viento con alas de mariposa, pero ¿a quién le ganaste?

El tema para el recuerdo nostalgioso es el de las sudestadas en la rambla. El viento del sudeste también les metía miedo a los griegos homéricos, que lo habían bautizado Euro y la moneda europea ahora le hace honor a su fama tormentosa. A diferencia del rabioso Euro, el romántico Céfiro andaba por ahí con alitas de mariposa.

Acá el sudeste no tiene nombre específico, aunque se lo suele acompañar con una maldición, correr para cerrar las ventanas y una mirada temerosa a los pinos que rodean la casa de playa. En días de sudestada algunos automovilistas evitan la rambla, seguros de que el viento les meterá agua salada hasta por debajo de la cataforesis. Las aberturas de las casas al sur de Avenida Italia se oxidan como nada, cosa que seguramente recuerdan los compatriotas de Barcelona, donde también hay ramblas pero no son como estas.

La playita Patricios, una pena que desapareciera, pero realmente algo justificado.

Sudestada brava fue la 1923 que arrancó numerosas viviendas que osaban desafiar al mar en la rambla montevideana de aquél entonces, de la cual no quedó casi nada. Entonces los montevideanos nos dimos el lujo de edificar una obra imponente, algo tan sólido que alejó para siempre el terror de un mar embravecido entrando al dormitorio. El proyecto escogido fue el del Ingeniero Fabini (licitaciones eran las de antes), una maravilla que perdura con pocas refacciones pese al embate permanente sobre todo en los barrios Sur y Palermo. Las ramblas al oeste fueron algo posteriores, pero igualmente admirables… si uno pasa por alto la arena que vuela desde las playas hasta los edificios frente al mar. Algún precio debían pagar para tener esa vista.

Fabini, pero los otros proyectos también, preveían la desaparición de dos playitas seguramente preciosas, que se ven en la foto y se llamaban Playa de Patricios y Playa Santa Ana. Claro que en aquél entonces en que se bañaban vestidos, cuando no se limitaban a mojarse los pies. ¡Ni un tobillo se podía espiar con lascivia!

La sudestada tal como la conocemos es un fenómeno exclusivo del Río de la Plata y suele producirse de manera vertiginosa, con una rápida rotación de los vientos fríos del sur cambiando hacia el sudeste. “Viento del Este, agua como peste”.  Y así es porque el viento trae copiosa humedad oceánica sin que nada se interponga en su curso. La lluvia es prácticamente inevitable porque el viento permanece varios días trayendo temperaturas bajas y condiciones propicias para las precipitaciones.

Palafito de material, que no deberían permitirse, aunque los de mader, inocuos, son super pintorescos.

Y eso no suele ser lo peor. Lo peor es que aunque con muchas características de estuario, el Río de la Plata es un río con toda la barba, que necesita realizar su torrentosa entrega cotidiana en el océano Atlántico. Que no corra vertiginoso como un río de montaña, no significa que tenga un impresionante caudal recogido en las entrañas de nuestra América regional. Entonces, la sudestada sopla con tanta fuerza que le impide al Plata continuar avanzando y sus aguas crecen y crecen. Desaparecen nuestras playas montevideanas, los yates anclados hasta en La Paloma se estremecen y con frecuencia terminan varados en las rocas y los audaces ranchos “palafitos” de Aguas Dulces y Valizas terminan arrancados de cuajo y se ponen a navegar.

La sudestada quiere entrar al Mercosur, o quizás al Casino.

La cosa no pasa a mayores si la sudestada dura pocos días, pero se transforma en un problema realmente grave si dura muchos. Entonces todo se inunda, desde la cuenca de nuestro Santa Lucía y, trepando por el Uruguay y el Paraná, la inundación llega a causar ingentes daños, como para que recordemos nuestra entrañable  hermandad los argentinos y los uruguayos. Y de paso, que le vayan a poner un piquete a estas crecidas de la sudestada a ver si las paran. Digo, para hacer algo positivo de vez en cuando.

Y así sucesivamente, hasta que lo que sople sea un Pampero.

http://cafemontevideo.com/rambla-sur-temporal-de-1923-montevideo-antiguo/