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La Shangrilá real existe, ¿existe?

 

No será la ciudad mítica que creó James Hilton, pero recibe tres millones de turistas al año.

La novela Horizontes Perdidos de 1933 se vendió bien, pero no tanto como Adiós, Mr. Chips que fue llevada al cine. Sin embargo, en aquella novela Hilton imaginó una ciudad tibetana con toda esa fantasía con que los occidentales imaginamos esa región del mundo. Era un lugar perfecto y filosófico; tan perfecto que no podía ser real; pero eso ¿qué importa?

En todo el mundo, los que leyeron la novela, los que leyeron los comentarios y los simplemente exóticos, aplicaron el nombre a lugares y fincas que imaginaban perfectos. Por ejemplo Shangri-la se llamó el lugar de descanso de los presidentes estadounidenses que hoy se denomina Camp David, políticamente más correcto dada la relación de China Popular con el Tibet.

Porque la Shangri-la de Hilton no estaba pasando el arroyo Carrasco, sino en las cumbres del Himalaya en medio de paisajes maravillosos, proclives a la contemplación, la meditación y la perfección interior. Decenas de agrupaciones musicales, organizaciones teosóficas y lugares de descanso asumieron esa denominación aunque ni siquiera conocieran la existencia de tal libro. Hasta una formidable cadena hotelera asumió ese nombre de fantasía. La fantasía es una cosa fantástica.

De hecho, varios países se disputaron tener sitios bien parecidos al Shangri-la de Hilton, pero solo uno de ellos tuvo la audacia de inventarlo con nombre y todo. El marketing pegó fuerte en la República Popular China desde que enterraron al Libro Rojo de Mao y se dedicaron a conquistar el bienestar.

Zhongdian era una empobrecida ciudad situada al noroestede la provincia de Yunnan, en plena montaña y en una zona hermosísima a pesar de la despiadada tala forestal, única fuente de ingreso aparte de la sacrificada actividad campesina de sus habitantes.

No encontré en Internet el nombre de quien tuvo la brillante idea de cambiarle el nombre que la transformó en un exitoso destino turístico que convoca a tres millones de personas cada año, el 90% de los cuales es de nacionalidad china y seguramente no tiene ni idea de quién era James Hilton. Valdría la pena contratarlo para que nos promocione a Uruguay.

Dice la sabia Wikipedia que la mayoría de los habitantes de la ciudad son de etnia Tibetana, aunque también los hay de las etnias Naxi, Lisu y Yi. El turismo está cambiando las cosas, pero el 60% de los vecinos todavía vive bajo el umbral de la pobreza.

En lengua tibetana el nombre de la ciudad es Gyelthang y no es una ciudad grande, pero si alta, altísima, a 3.380 metros. Con su actual desarrollo se transformó en uno de los más importantes puntos de partida de los viajes con destino al Tibet. En la zona se encuentran los denominados Tres Ríos Paralelos  (Nu, Lancang y Jinsha, para seguir la nomenclatura actual que sumió en el olvido al Mekong y al Yangtse) declarados Patrimonio de la Humanidad.

La hotelería está en pleno desarrollo, se ofrecen excursiones y turismo de aventura, pero tuvieron el tino de no destruir la formidable arquitectura de madera que caracteriza todavía a la ciudad. Algunas casas se transforman en posadas, otras en hoteles, hotelitos y restaurantes. Los guías turísticos se multiplican por doquier, ¿quiénes si no  iban a llevar a los viajeros hasta los impresionantes monasterios, los lagos escondidos entre los picos montañosos, o simplemente guiándolos entre las callejuelas que revientan de pintorescas y de leyendas tan creíbles como la Shangri-la de Hilton.

El más visitado es el Monasterio Gande Sumtseling Gompa, de 300 años de antigüedad, formado por 20 templos. Está ubicado a pocos kilómetros de la ciudad, es un impecable exponente de la arquitectura tibetana y uno de los más importantes en su estilo.