Los hermanos sean unidos
Aunque gobiernos, piqueteros y estúpidos varios nos quieran distanciar, los rioplatenses seguiremos unidos.
A veces son las desafortunadas declaraciones de un presidente, otras veces es la prepotencia de algún gobernante lo que pretende enturbiar la fraternidad. En ocasiones alguno saca el viejo tema de Gardel uruguayo y más recientemente el de Tita Merello nacida en San Ramón. O que el truco argentino se juega distinto o si la canasta argentina es más divertida que la canasta uruguaya.
O que de un lado del charco “fiaca” significa pereza y del otro significa hambre. O que el mate no se saca a la calle porque es incómodo andar con la pava, o que si le ponés azúcar es una porquería.
Lagarteando en Solanas o esperando la puesta de sol en Tio Tom
O yendo a cosas un poco más graves, que te firmo un tratado para incentivar el comercio bilateral y luego te freno tus importaciones porque ya no me conviene; o que si querés poner una planta de celulosa en Conchillas (Uruguay) tenés que ir a pedir permiso a Buenos Aires. Lo cual sería alguno de los poquísimos casos que daría como para enojarse de verdad… pero un poquito nada más ¿ehhh? Solo para que no digan que los hermanos no se pelean de vez en cuando pero no permiten que nadie de afuera hable mal del otro.
Ciertamente, también están los yoruguas fallados que resuellan por la herida y les cae muy espeso que en Argentina todo sea más grande, más acorde con su geografía y demografía. O los porteños que se quedaron en el insufrible “dame dos” y la sonrisita sobradora. ¿O vos te creés que en tanta cantidad de gente no va a haber tipos odiosos?
Con las canciones no hay problema porque son las mismas, igual que las barrigas rebosantes de mollejas. Siempre está Valeria Mazza para indicarnos cómo deberíamos lucir hasta en el más doméstico cumpleaños infantil.
Pero en Punta del Este no es la norma. En Punta del Este se da lo que están mostrando las fotos ubicadas en Facebook por queridos amigos de uno y otro lado del charco. Es una amistad de al menos siete años, aunque en algunos casos se remonta a la infancia. Y que quede constancia que al editor le permitieron publicar estas fotos que serán personales, pero muestran mejor que nada de qué cosa estamos hablando.
Basta que una uruguaya se radique en Buenos Aires y se case con un porteño, para que comience a crecer un fenómeno que en otras latitudes dejaría boquiabierto a psicólogos, sociólogos y fastidiosos de muchas otras disciplinas. Cada mes de enero, este grupo que llega a las 30 personas, se cita a mediodía para que todos se reúnan por ejemplo a las 6, en Solanas a la altura de la Inmobiliaria Capurro. Eso es porque cuando una generación infantil ya no necesita playas seguras, otra generación de reposición ya está haciendo cosas temerarias en la orilla.
O porque alguno o algunos, están estrenando moto de agua. Y si no, siempre está José Ignacio, o tirarse más lejos cruzando con la balsa, o hacer una escapada a los free shops del Chuy, o ir a visitar a otro grupo argentino-uruguayo que se asentó cerca de Pirlápolis. Entre tantos siempre a alguno se le ocurre alguna idea divertida; eso es lo bueno del comportamiento tribal en el Siglo XXI.
Por la noche la cosa viene de asados compartidos. Hoy me toca a mí, mañana te toca a vos; yo me encargo de hacer unas pizzas a la parrilla o dejalo a fulano que la paella le sale de novela. ¡Vas a ver el vino que llevo! No te vayas a olvidar de la guitarra. Esta noche no, mejor nos vamos al Conrad, al Mantra, a ver la puesta de sol en Tio Tom…
En fin, amistad de la buena, de la que se creía agonizante, por encima de todas las estupideces disociadoras, todos matrimonios de edades semejantes, que comparten la alegría de un nacimiento o la tristeza de una separación.
Estrenando cámara sumergible con los más chicos.
¿Pero es posible que no haya un solo factor homogeneizador aparte de esas amistades infantiles que se prolongan de una a otra orilla y acarrean a todas las relaciones nuevas? Sí, es posible, aunque con el tiempo apareció otro pretexto vincular por la vía religiosa.
No vayan a creer que es un grupo confesional, de ninguna manera. Pero resulta que uno de los viejos compañeros de colegio se hizo cura y como es uno de esos curas de impresionante vocación, durante todo el año se sumerge en la más absoluta pobreza de las villas miseria de Buenos Aires. Vive exactamente como ellos y sufre como ellos…
Sus amigos porteños y montevideanos no lo pudieron convencer de tomarse unas vacaciones en Punta del Este; hasta se les enojó. Pero les resultó fácil pedirle apoyo religioso, para que al menos una vez al año oficie misas para ellos, los sermonee como Dios manda y que además, comparta sus guitarreadas y le de a la guinda de punta, pues en el colegio era uno de los que mejor jugaba al fútbol. Lo que no quita que hoy por hoy, casa a las nuevas parejas y bautiza a los nuevos niños, lo cual ambienta nuevos encuentros por encima del anchuroso en cualquier estación del año.
¿Y entonces qué hacemos con esos presidentes que instigan, esos petulantes que se molestan, esos imbéciles de insulto fácil que pretenden negar una hermandad que estaba tan clara para Martín Fierro?
Mirá, te lo podría decir con todas las letras, pero capaz que me censuran la web.










